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lunes, 23 de febrero de 2026

LAS TRES HIJAS (Azazel Jacobs, 2023): Acompañando en el sufrimiento y el camino hacia la muerte.


Las tres hijas (Azazel Jacobs, 2023) es una muestra nítida de que se puede hacer gran cine desde la contención: un espacio casi único, un guion sutil —capaz de rozar el humor sin perder gravedad— y, sobre todo, la calidad interpretativa de sus protagonistas. La acción transcurre prácticamente en el piso de Vincent “Vinny” (Jay O. Sanders), padre de tres hijas —Katie (Carrie Coon), Rachel (Natasha Lyonne) y Christina (Elisabeth Olsen)— que se reúnen para cuidarle y acompañarle durante la fase terminal de su enfermedad.  

Aunque algunos comentarios la presentan como una película “sobre el duelo”, a mí me resulta más ajustado leerla como un relato sobre el acompañamiento del sufrimiento y de la muerte, y sobre cómo —ante ese hecho— cada hija se aferra a un rol para sostener lo insoportable: controlar, evitar, mediar.

Es importante destacar que Rachel —hija de una segunda pareja del padre — es quien convive con él y quien lo ha cuidado la mayor parte del tiempo, mientras Katie y Christina llegan desde fuera. Desde la primera escena se percibe la tensión entre Katie y Rachel: la primera ocupa una posición persecutoria y normativa (lo que en lenguaje gestáltico llamamos el “perro de arriba”, una versión operativa del superyó), mientras que la segunda se protege desde una aparente evasión (fuma marihuana) y desafío (el “perro de abajo”, una versión operativa del ello). Entre ambas, Christina intenta hacer de mediadora y amortiguadora afectiva, como si su función fuera impedir que el vínculo estalle. Un ejemplo temprano lo muestra con claridad:

Katie: Vas bien colocada, huele toda la casa a hierba.
Rachel: Voy muy ciega, me pongo fina. Lo primero que hago es liarme un peta. Me fumo mínimo cuatro al día. El motivo: me sale del higo.
Katie: Me da igual lo que fumes, pero no está bien fumar en la casa de un enfermo.
Rachel: A papá no le importa. He fumado a su lado todo este tiempo y no le ha importado nunca. De hecho le gusta el olor. Él me lo ha dicho,
Katie: ¡Es por el humo! ¡El humo le afecta, salte fuera, se está muriendo!
Rachel: Menos de cinco minutos, poco has tardado en meterte en mi vida. No has dicho que no querías liarla.

Christina: Ya... ya. Chicas, os tomáis las cosas a la tremenda... Dejad ya el temita. (3' 20'' a 4' 00'')

La dificultad de sostener emocionalmente el acompañamiento a la muerte lo observamos también al inicio de la película cuando Ángel (Rudy Galván), el médico de paliativos, les dice: "No son sólo los cuerpos los que determinan cuanto tardamos en morir [...] La mente es igual de importante que el cuerpo. Y aquí es donde  pueden serle de ayuda por si está aguantando y no quiere irse por miedo. Pueden ayudarle haciéndole saber, asegurándole que puede irse en paz. La mente no cura o retrasa la enfermedad, no en este estadio, pero si ve que todo va bien, que ustedes se llevan bien, se lo facilitará." Mientras Ángel habla la cámara enfoca a cada hermana y podemos ver en ellas la angustia que sus palabras les genera.


Katie, Christine y Rachel

Veamos ahora el posicionamiento de cada hermana ante el hecho de la próxima muerte de su padre.

I. LAS TRES HERMANAS.

I.1. Katie.

Encarna la defensa por control: ante la inminencia de la muerte, transforma la angustia en gestión. Su frialdad y operatividad no es ausencia de afecto, sino un modo de no desbordarse emocionalmente a base de norma, orden y protocolo. Sin embargo, pronto se hace patente la tensión con Rachel, a la que podemos ver como su opuesto. Como suele ocurrir en estos casos, el ideario del “programa” que Katie propone:

Lo que quiero, espero, no es complicarle innecesariamente la vida. Que no nos tomemos a mal nada. Si no estamos de acuerdo lo solucionamos, sin liarla, sin gritar y nada que le moleste. Lo hablamos como adultas. Ya tenemos una edad. 

entra répidamente en conflicto frontal con su reactividad proyectiva, que la vuelve especialmente agresiva con Rachel. Y, como suele suceder, ocurre lo contrario de lo propuesto:

El pasado quedó en el pasado. No importa ahora. Si hay algo que hablar ya se hará. Espero que lo entiendas. Estoy muy triste. Tú también. Las tres. Es duro. Duele. No hay que complicarlo.

para, de inmediato, mostrar su disgusto y entrar en conflicto por no haber gestionado la ONR (Orden de No Reanimación), poniendo de relieve —como ya vimos— su posición persecutoria y normativa de manera casi compulsiva: emite juicios sin profundizar en las causas de aquello que enjuicia.

I.2. Rachel.

Se presenta como “pasota”, sarcástica y fumadora; pero esa máscara funciona como defensa ante dos cosas: (a) la desubicación identitaria (no pertenecer del todo al “núcleo” biológico de las otras dos) y (b) el contacto con la decadencia del padre (la habitación, el cuerpo, el final). Por eso alterna la evitación (habitación propia, banco en la calle, marihuana) con una especie de desafío insolente que, en realidad, la protege.

En relación con Katie se posiciona como su opuesto: pasota y descarada, representa con precisión la posición del “perseguido” que, mediante rebeldía y desdén, desafía a su perseguidor sacándolo de sus casillas. Por ejemplo, ante la acusación de Katie de fumar y “colocarse” estando su padre enfermo, le responde:

Voy muy ciega, me pongo fina. Lo primero que hago es liarme un peta. Me fumo, mínimo, cuatro al día. El motivo: me sale del higo [...] A papá no le importa, he fumado a su lado todo este tiempo y no le ha importado nunca, de hecho le gusta el olor, siempre me lo ha dicho.



I.3. Christina. 

La hermana mediana se nos muestra —valga la redundancia— como la hermana mediadora. Emocional y sensible, con una dimensión espiritual y armónica, en ocasiones un tanto impostada y complaciente (como si necesitara que el dolor sea “bien llevado” para que no la desorganice). Dentro de estos parámetros también se presenta como una “gran madre” de su hija Mirabella, y orgullosa de su familia. Precisamente esa dimensión parece ser su modo de afrontar —y compensar— el dolor del acompañamiento a la muerte del padre.

Como le dice a Rachel: “Esta habitación —en relación a la del padre— te saca de la realidad. Es bueno salir y ver la vida.” Vemos aquí una escisión significativa entre muerte y vida, pues ambas forman parte de lo real: la muerte y la vida, Vinny y Mirabella.

A pesar de su actitud más comprensiva y próxima hacia Rachel, no deja de hacerse patente un factor diferencial que la une a Katie como hija del mismo padre y de la misma madre. Con todo, Christina será la detonante para que se sienten juntas y, precisamente, puedan hablar de ese “pasado que no queda en el pasado”, sino que continúa activo en el presente.

II. LAS TRES HIJAS.

El punto de inflexión surge en lo que podríamos llamar el paso de las tres hermanas a las tres hijas: cuando el centro ya no es solo el roce entre ellas, sino la relación de cada una con el padre que se está muriendo. En ese desplazamiento aparece un tercer término —Vinny como eje— que reordena lo fraterno: obliga a nombrar pertenencias, heridas antiguas y, finalmente, a reconocer un vínculo común.

II.1. Esclarecimiento de la realidad de los vínculos a partir del padre.

En una conversación cargada de tensión, Christina intenta formular un deseo de lazo con Rachel:

Christina (a Rachel): Esperaba crear un vínculo real contigo para empezar...
Rachel: Ah... Que bondadosa... y sincera. Yo pensaba que ya lo teníamos.
Christina: No, uno de verdad.
Rachel: Esto es lo que hay... Chicas, no hay que forzarlo, somos muy distintas. Pero vosotras sois de la misma madre...
Katie: Y padre.

Esa puntualización final de Katie nombra el punto ciego del sistema familiar: la diferencia de origen que, aun cuando no se verbalice, organiza la desubicación de Rachel. Ella lo capta y lo devuelve con una emoción que no discute el amor, sino la legitimidad del lugar: "Ya lo sé. Él también es mi padre. También es mi padre. Es tan mío como vuestro... " 

Pero la frase de Katie (“Tu padre es otro”) vuelve a fijar la diferencia como frontera. Rachel entonces dice en voz alta lo que siempre ha estado de fondo:

Ahí lo tenéis. Esto es lo que siempre ha estado de fondo. Yo tenía un padre y murió, y Vinny me adoptó. Lo entiendes. No me parece tan difícil de entender. Es Vinny quien me adoptó, por lo que es mi padre y el vuestro. El que está aquí muriéndose es mi padre. Es mi padre.

Y con ello despeja otra sombra: ella no está en esa casa “por la casa” —como si fuera una ventaja o un privilegio— sino por el padre; y, aun así, repite más de una vez que no desea quedarse.

II.2. El padre de todas.

El siguiente paso será la escritura de una esquela en la que cada una de ellas empieza a manifestar su experiencia del padre. A la versión formal de Katie aparece la versión humorística de Rachel para acabar con la más espiritual de  Christine, quien dice unas palabras de su padre acerca de la muerte: "la única forma de resumir la vida, la única forma de ponerla en perspectiva, lo que la persona era, como amaba y cuanto... La única forma de expresar lo que es la muerte es la ausencia. Lo demás son fantasías." 

Y aquí es muy interesante la reflexión de Rachel a Katie en relación a esta última frase (y en relación también con su hija), en el sentido de que solo la ausencia del otro, al que nos somete la muerte, nos permite verle como un todo sin estar sujetos a la parcialidad del momento en el que lo vivimos. 

La muerte es ausencia y que “lo demás son fantasías”, pone en primer plano un fenómeno muy clínico: el paso de la figura al fondo. Mientras el otro está, lo vivimos por recortes: lo que hoy nos falta, lo que hoy nos hiere, lo que hoy nos irrita. La ausencia, en cambio, fuerza una integración: el otro aparece como totalidad y el conflicto pierde parte de su tiranía. Por eso, a partir de ahí, Katie puede aflojar el control y la culpa deja de buscar un culpable; la relación empieza a moverse del juicio a la presencia.

Y es por ello que, en ese momento Katie puede abrir a Rachel sus emociones (en ese momento la ve toda): "Siento no haber venido para ayudarte con papá - llora - .... Se que es difícil. Y espero que no te vayas del piso [...] porque quiero que permanezca en la familia". Entra entonces Christine - quien las ha escuchado - y les propone entrar las tres juntas a ver a papá.

La cámara enfoca la puerta entreabierta de la habitacion del padre, y mientras sueña el pitido del monitor de control se oye sus voces diciendo: "Hola, papá. Mira con quien estás. Con tus tres niñas..."


II.3. El padre con todas.

De pronto parece que el padre quiere salir de la cama. Las tres lo ayudan a sentarse en un butacón, y asistimos a una ensoñación intensa en la que Vinny convoca a sus hijas y también a Bliss, un amor de juventud que no quería que ellas dejaran de conocer: “un amor que me cambió para siempre”.

En el camino hacia la muerte —tanto de quien se dirige hacia ella como de quienes lo acompañan— se revela algo esencial: mientras hay vida, hay vida. Y a veces, en el último tramo, la muerte potencia la vida hasta el último hálito, ofreciendo una oportunidad de cerrar aquello con lo que uno se va y aquello con lo que otros se quedarán.


En unos pocos minutos vibrantes de Jay O. Sanders, Vinny dice aquello que no pudo decir, mostrando la importancia de nombrar el amor cuando aún es posible. Su frase clave reorganiza el sistema: Rachel es vuestra hermana. Es mi hija. No la crié como si lo fuera, es mi hija. Si la sangre hubiera sido importante tendriais un padre muy distinto. 

A Katie le habla de lo mucho que en realidad la quiere Rachel, y de que el problema viene de lo mucho que se parecen (la enantiodromía, o los opuestos que se rozan, se invierten y se tocan): "Quiero que lo intentéis cuando me vaya. Sé que podéis llevaros mejor que en el pasado." 

Y a Christina le reconoce una carencia antigua: la poca atención que recibió de él, su dolor por la muerte de la madre (que ella parecía llevar bien, pero que tan sólo lo parecía), y su propio punto ciego por estar atrapado en su duelo, y porque luego se enamoró de la madre de Rachel. A la vez, la valida como madre y como continuidad:"Pero a tu niña no le faltará de nada. Te he visto, veo el amor que sientes por ella - Mirabella - , por David, por quien sea que venga por si decides tener más hijos. Te doy las gracias, ¡gracias por hacerlo mejor que tu padre, por hacerlo bien!

Por fin, como hijas, ahora son hermanas. Tras su muerte, vemos como cada una de ellas vuelve a su vida, pero ahora saben que son una familia: "PAPA PATO DIJO: BEEP, BEEP, BEEP... Y A LAS TRES PATITAS LOCAS VIO REGRESAR."



III.  CONCLUSIÓN

“La muerte es ausencia”. En esa frase cabe todo: lo que se va no es solo un cuerpo, sino una voz, una rutina, una posibilidad de reparar. Y, paradójicamente, es esa ausencia futura la que permite ver al otro entero, no por partes: no ya como “el padre de ellas” o “mi padre”, sino como un todo que sostiene —y también hiere— a cada una de maneras distintas. Cuando el tiempo se acorta, las hijas comprenden que la disputa es un lujo: lo real es lo que quedará. Y por eso el vínculo, de pronto, se vuelve urgente y sencillo: estar, decir, despedirse. En Las tres hijas, ese paso —de la crispación a la presencia— es el que convierte a las tres hermanas en tres hijas y, finalmente, permite que vuelvan a ser hermanas.

Una película que tanto en sus medios, como en su argumento, nos hace comprender que, en muchas ocasiones, la profundidad se halla en la sencillez.



lunes, 3 de agosto de 2015

LA CINTA BLANCA (DAS WEISSE BAND, Michael Haneke, 2009): La identificación con el agresor y la génesis del mal.

Necesitamos más entendimiento de la naturaleza humana, porque el único verdadero peligro que existe es el hombre mismo, él es el gran peligro, y es una lástima que no estemos conscientes de ello. No sabemos nada sobre el hombre, sabemos muy poco. Su psique debería ser estudiada ya que somos el origen de toda maldad posible. (C. G. Jung)

En este ocasión me dispongo a comentar una película del CINE en mayúsculas. Se trata de La cinta blanca (Das weisse band, 2009), del director alemán Michael Haneke. Rodada originalmente en color y "lavada" posteriormente en un fascinante blanco y negro, su argumento nos muestra como la violencia toma al ser humano partiendo de entornos opresivos y autoritarios donde la humillación y la continua vejación a la dignidad y al respeto constituyen el caldo de cultivo ideal para los fundamentalismos de todo tipo. El argumento transcurre en el pequeño y aparentemente idílico pueblo de Eichwald (un lugar ficticio), entre julio de 1913 y agosto de 1914, es decir, el mismo mes y año en el que se desencadenó la primera guerra mundial. Haneke traza una obra de precisión en las relaciones de los más de veintidós personajes que forman parte del argumento de la película, veintidós personajes que, magistralmente, adquieren una especial densidad caracteriológica.

La Cinta blanca nos ofrece una dura explicación y reflexión sobre la generación de la violencia que partiendo de los estratos más autoritarios de la sociedad se extienden como un tsunami hacia todos sus recovecos. Efectivamente, hay dos figuras fundamentales en los que ley y violencia se dan la mano: el barón (Ulrich Tukur),  amo y señor del pueblo y de sus tierras, un personaje egoísta y despótico y la baronesa (Ursina Lardi), personaje cuyo contacto con los jornaleros y campesinos es objeto de desprecio y desdén; y el líder espiritual - como el mismo se define -, el pastor (un excelente Burghart Klaussner). Las actitudes injustas, caprichosas en la administración de sus leyes del primero ante una serie de sucesos que le afectan y la implacabilidad sádica del segundo actúan como un virus sobre todas la población, pero especialmente, y como se verá en el desarrollo de la película, entre sus jóvenes adolescentes.

I. LEY Y VIOLENCIA.

- Sobre la situación de la infancia y la adolescencia.

Los sucesos son narrados por el maestro de escuela (Christian Friedel). Todo empieza con un accidente premeditado que sufre el médico del pueblo quien cabalgando su caballo es derribado por un fino cable, prácticamente invisible, con el que el animal tropieza. Sigue entonces la película con dos escenas donde ya se nos ofrece el trato que es deparado a los niños y adolescentes por parte de los adultos. Especialmente dura es la segunda de ellas, en las que el pastor nos introduce a la relación que los introyectos (las creencias que son "tragadas" sin ningún tipo de discriminación o flexibilización) tienen con la generación de la culpa y la aplicación del castigo. Transcribámosla para comentarla luego :

El pastor
Ninguno hemos cenado nada hoy en esta mesa. Al ver que se hacía de noche y no aparecíais vuestra madre ha salido llorando a buscaros por el pueblo. ¿Creéis que podíamos comer y beber creyendo que os había pasado algo? ¿Creéis que podemos comer y beber ahora que os presentáis y que nos soltáis una mentira como disculpa? No sé que es más triste, o vuestra ausencia o vuestro regreso. Nos acostaremos con el estómago vacío. Estaréis de acuerdo conmigo que vuestro comportamiento no puede quedar impune si queremos convivir respetándonos mutuamente. Así que mañana por la mañana a esta misma hora os daré diez golpes de vara delante de vuestros hermanos. Mientras reflexionar sobre la gravedad de vuestra falta [...] Vuestra madre y yo pasaremos una mala noche porque mañana os tendré que hacer daño. Los golpes nos dolerán a nosotros más que a vosotros [...] Cuando eráis pequeños vuestra madre os ponía una cinta en el pelo u os la ataba al brazo. El color blanco de la cinta os recordaba la inocencia y la pureza. Creía que a vuestra edad la virtud y la decencia llenaba vuestros corazones y que ya no necesitábais tal recordatorio. Estaba equivocado...

Los hijos adolescentes del pastor, Martin (Leonard Proxauf) y Klara (Maria-Victoria Dragus) son sus protagonistas. En este párrafo tenemos un claro ejemplo de la relación del introyecto con el juicio, la culpa y el castigo, o más concretamente, la carga de la culpa y la vinculación del castigo con la humillación y la vejación. Simplemente brutal. A la falta propiamente, se le añaden las cargas por el dolor causado ya no sólo por el sufrimiento de la familia, sino que, además, se les hace responsables a los jóvenes infractores de que como consecuencia de este malestar esta noche "nos acostaremos con el estómago vacío". Esta noche nadie cenará. También se les hace responsables del dolor de tener que aplicar el castigo y, junto a todo esto, la humillación de su aplicación - a la vez que ejemplo - ante la madre  y los hermanos, así como la renovada utilización de la marca de la "cinta blanca". Paradójico el discurso de la inocencia y la pureza ante una actitud y unos hechos tan extremadamente sádicos.

"Nos acostaremos con el estómago vacío"

Posteriormente asistimos a una típica escena de Haneke donde lo que no se ve, pero se oye, nos muestra el horror aun más si cabe. Tal y como el pastor anuncia, al día siguiente, a la misma hora, se inicia el ritual del castigo. Primero vemos a la madre acompañando a Clara y Martin, los dos hijos castigados, hacia el salón donde aguarda el resto de la familia. Luego vemos salir a Martin y dirigirse al despacho del padre del que sale con la vara de castigo y volver a entrar en el salón. La puerta se cierra e instantes después empezamos a oír los golpes de la vara y, un poco más tarde, los gritos de dolor de uno de los hijos.

A todo esto los sucesos siguen aconteciendo. Una mujer muere de un extraño accidente en la serrería del barón, lo que genera una cadena de acontecimientos que afectará especialmente a la familia del granjero Felder (Branko Samarowsky), quien a raíz de la acción de su hijo Max al vengarse este de la muerte de su madre destruyendo el campo de coles del barón, perderá su trabajo así como la de su hija Frieda (Birgit Minichmayr)  en casa del barón. Sin trabajo y con ocho bocas que alimentar acabará suicidándose al ahorcarse. La violencia también se observa entre padre e hijo a raíz de estas consecuencias. Las bofetadas y el maltrato físico se hace presente en cada situación que Haneke nos presente.

La familia del granjero Felder.
Paralelamente a estos sucesos desaparece también el hijo del barón, Sigi (Fion Muter), quien es encontrado posteriormente en la vieja serrería "atado, con los pantalones bajados y las nalgas ensangrentadas por los azotes que le habían dado" (narra el maestro de la escuela). A raíz de todo esto, las consecuencias no son sólo para la familia Felder . si bien se demuestra que no es Max, el hijo del granjero quien maltrató a Sigi -. También resultan despedidos, sin ninguna razón, el tutor de Sigi y Eva (Leonie Benesh), tutora de los mellizos del barón y la baronesa y la mujer de la que se enamora el maestro que nos narra la historia. Una vez más la arbitrariedad fascista en el ejercicio de la autoridad.

Entre estas escenas va surgiendo también la figura del pastor y el ejercicio brutal y humillante de la autoridad, esta en nombre de Dios, sobre sus hijos adolescentes. Asistimos así a una segunda escena donde una vez más contemplamos la relación de la ley con la humillación y la violencia con la que vemos al pastor interrogando a su hijo Martin para que reconozca que su extraña actitud en los últimos tiempos viene determinado por un comportamiento pecaminoso: la masturbación. Con un supuesto ejemplo tomado de otra comunidad de la que es pastor le relata todas las desgracias de un joven. Y así le dice:

¿De dónde crees tú que procedían los cambios que llevaron al muchacho a tan terrible final? [...] El muchacho había visto a otro abusar de los nervios más delicados de su propio cuerpo. Ahí donde la ley de Dios ha elevado barreras sagradas. El chico imitó tales acciones, y era incapaz de dejarlo. Destruyó todos lo nervios de su cuerpo y eso le llevó a la muerte. Solo quiero ayudarte. Te quiero con todo mi corazón. Se sincero Martin... ¿Por qué te has puesto rojo al oír la historia del pobre muchacho?

Martin... por qué lloras. ¿Quieres que te ahorre la confesión?

Martin finalmente confiesa que si se masturba, y la ayuda de aquel que "le quiere de todo corazón" se concreta en ligarle las manos a unas correas cada noche al ir a dormir.

Más tarde será  Klara quien sufrirá otro de los escarnecimientos de su padre en los que la lógica de la humillación y la culpabilización a través del dolor llevará a su hija a que se desvanezca. Tras llegar a una clase en la que los chicos están jugando alborozados, sigue otro de los torturantes discursos del pastor:

El día de hoy es muy triste para mí. Dentro de muy poco vamos a celebrar la fiesta de vuestra confirmación. Desde hace meses me esfuerzo por familiarizaros con la palabra de Dios y en convertiros en personas responsables según su espíritu. ¿Y con quién me encuentro hoy al llegar aquí? ¡Con monos gritando, sin disciplina ni dignidad, tan infantiles como los niños de siete años con los que compartís esta aula! Sin embargo, lo que me entristece más es el hecho de que mi propia hija tenga el papel protagonista de este lamentable espectáculo. Durante el último año le puse una cinta blanca en el pelo. El blanco es, como todos sabéis, el color de la inocencia. Esa cinta debía ayudar a Clara a evitar los pecados, el egoísmo, la envidia, la impudicia, la mentira y la pereza. A comienzos de este año fui lo bastante ingenuo como para creer que en el año de su confirmación habría madurado y que no necesitaría la cinta. Creí en su sentido de la responsabilidad como hija del líder espiritual (Es en este momento que Clara, de cara a la pared al fondo de la clase se desvanece).


Creí en su sentido de la responsabilidad como hija del líder espiritual.


Una vez más nos encontramos con la misma fórmula: humillación pública, y públicamente es mostrada la tristeza y frustración de una hija que defrauda sus expectativas y compromete su posición como líder espiritual.

- Sobre la situación de la mujer.

Un elemento importante en la película es también el trato deparado a la mujer en aquellos tiempos. Voy a citar textualmente unos párrafos de Peter Handke (un coetáneo de Haneke. Ambos nacieron en 1942, en plena guerra mundial) quien partiendo de la historia y suicidio final de su madre, describe impecablemente que era el ser mujer en estos entornos:

Nacer mujer en un mundo así ya es de antemano algo mortal. Sin embargo, se puede decir también que es tranquilizador; por lo menos no hay ningún miedo al futuro. En las ferias, las mujeres que echaban la buena ventura solo se lo tomaban en serio cuando leían el futuro en la mano de los chicos; en las mujeres este futuro no era más que una broma.

Ninguna posibilidad, todo previsto de antemano: pequeños coqueteos, una risa ahogada, unos momentos de azoramiento. Luego, por primera vez, la cara lejana, controlada con la que una empezaba de nuevo a ocuparse de la casa; los primeros hijos; quedarse un poco después del trabajo de la cocina; que por principio no la escuchen a una; ir dejando cada vez más de escuchar a los otros; hablar sola, luego las molestias en las piernas, varices, un murmullo en el sueño solo, cáncer de matriz, y con la muerte se cumplen por fin los destinos de la Providencia. No olvidemos que los distintos pasos de un  juego al que en aquella región jugaban mucho las niñas se llamaban así: Cansancio / Agotamiento / Enfermedad / Enfermedad grave / Muerte. [1]


Observamos este mundo de la mujer en toda la película precisamente por sus silencios (que por principio no la escuchen a una). Lo observamos en Eva, cuidadora de los mellizos del barón, una joven de diecisiete años tímida y aun espontánea. Lo observamos en Frieda, la hija mayor del granjero Felder, pero especialmente en la señora Wagner (Susanne Lothard), que cuida del doctor y sus hijos y que tiene un hijo retrasado, que también es su amante y a la que desprecia brutalmente. Lo observamos también la hija del doctor, Anna (Roxane Duran), la joven adolescente de 14 años víctima de los abusos sexuales de su padre. Todas las mujeres con el pelo recogido, vestidas de negro desde el cuello hasta la punta de los pies... La escena entre el doctor y la señora Wagner es esencial en este sentido.

Escena del doctor con la señora Wagner

Violencia, rencor, envidias, venganza, perversidad... todo se da en el "idílico" pueblo de Eichwald.

II. VIOLENCIA Y PROYECCIÓN.

El final de la película nos va mostrando poco a poco el papel que los adolescentes tienen en la trama de violencia. Vemos a Klara, tras el desmayo sufrido, matando el pajaro de su padre y dejándoselo sobre la mesa con las tijeras clavadas en forma de cruz.



Posteriormente la joven Erna (Janina Fautz) habla de manera sospechosa con el maestro acerca de sus "sueños premonitorios" sobre algunos accidentes que sucedieron: dijo haber soñado algo que realmente sucedió, que alguien dejaba una ventana abierta en pleno invierno en la habitación donde dormía su hermano recién nacido. Previamente se había observado el disgusto de uno de los hermanos ante su nacimiento.También dice que ahora ha soñado que a Karli, el  hijo retrasado de la señora Wagner, le sucederá algo muy grave, cosa que efectivamente sucede cuando lo hallan víctima de una paliza brutal.



Unas escenas más tarde vemos una nueva escena de violencia que tiene como víctima de nuevo a Sigi, a quien el hijo adolescente del administrador lo tira en al río para robarle su flauta.


El maestro, intrigado por la repentina desaparición del pueblo de la señora Wagner (quien dice que Karli sabe quienes fueron sus verdugos) y del doctor y sus hijos, y tras reflexionar sobre el comportamiento de algunos jóvenes y por "los sueños premonitorios" de Erna, empieza a ligar cabos y a establecer la temible conexión entre los actos violentos sucedidos y los jóvenes adolescentes como Klara, Martin, los hijos del administrador y otros... Algunas escenas se relacionan entonces con claridad, como el disgusto del joven hijo del administrador al saber el nacimiento de su hermano, o que la violencia infringida a Sigi es la misma que la que sufrieron Klara y Martin (los golpes en las nalgas)... Evidentemente nada se puede demostrar, si bien se hace evidente. Y mientras todos estos hechos se suceden, Haneke los liga con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, espoleta desencadenante de la primera guerra mundial con las posteriores declaraciones de guerra del Imperio Austro-Húngaro a Serbia y de Alemania a Rusia y Francia mientras invadía Bélgica. El maestro intenta comentar estos hechos al Pastor quien le amenaza con denunciarle por plantear tamaña "atrocidad".


Las palabras finales del maestro dicen: "El pastor no volvió a mencionar nuestra conversación y su amenaza de denunciarme al parecer nunca la llevó a cabo. El año 1917 me llamaron a filas. Después de que acabara la guerra vendía la casa de Wassendorf, heredada de mi ya difunto padre y con ese dinero abrí una sastrería en la ciudad. ¡Nunca volví a ver a nadie del pueblo!".



III. IDENTIFICACIÓN CON EL AGRESOR. RAÍCES DE LA VIOLENCIA Y LA SUMISIÓN.

SANDOR FERENCZI.
Esta película es un excelente ejemplo de uno de los posicionamientos posibles en relación con las introyecciones. Efectivamente, y como vemos en la película, un tipo de autoridad como la ejercida por padres al estilo del Barón, el Pastor, o del administrador, o el doctor, o incluso la del granjero Felder, que a parte de violencia incluye el abandono emocional, genera un tipo de introyectos altamente violentos, cargados de sentimiento de culpa y castigo, así como de una fuerte agresividad que puede manifestarse en dos direcciones, una introyectada hacia uno mismo como autoinculpación y autocastigo  (forma autoagresiva), que implica también el desarrollo de una forma extrema de sumisión y acatamiento que incluyen el control y la hipersensibilidad hacia el agresor, y cuya descripción parte esencialmente de los trabajos de Sandor Ferenczi; y otra proyectada hacia lo exterior como tendencia a culpar y ejercer la misma agresividad sufrida hacia otros (forma heteroagresiva), postulada esencialmente por Anna Freud, y a la que, en todo caso, cabe considerar como una extensión de los estudios de Ferenczi (generalmente y durante mucho tiempo no reconocido por el psicoanálisis freudiano). El mecanismo, tal y como se ha descrito, recibe el nombre de identificación con el agresor. A nuestros efectos me parece sumamente interesante el siguiente texto de Anna Freud en relación nuestra película:

ANNA FREUD.
Un yo que, con el auxilio de este mecanismo de defensa, atraviesa esta particular vía de desarrollo, introyecta las autoridades críticas como superyó y puede así proyectar hacia afuera sus impulsos prohibidos. Tal yo será intolerante con el mundo externo antes que severo consigo mismo. Aprende lo condenable, pero mediante este proceso de defensa se escuda contra el displacer de la autocrítica. La indignación contra los culpables del mundo externo sírvele como precursor y sustituto de sus sentimientos de culpa; y automáticamente se acrecienta cuando la percepción de la propia culpa cobra mayor intensidad. [2]

Es decir la identificación con el agresor surge de la combinación de la introyección de las leyes formuladas por poderes superiores que actúan como autoridades humillantes y violentas, también por lo que Ferenczi llamó terrorismo del sufrimiento (obvio en el caso del Pastor) y la proyección de la culpa. Es de esa manera que, como dice Anna Freud "continua el ataque activo sobre el mundo externo". Este mecanismo es el que hallamos fundamentalmente en los actos violentos que cometen los adolescentes de la película (Klara, Martin, los hijos del administrador y otros...)

La versión de la identificación con el agresor propuesta por Ferenczi tiene un claro ejemplo en las mujeres de la película que tan precisamente nos describió Peter Handke. En palabras del psicoanalista Jay Frankel, quien ha profundizado en los estudios de Ferenczi, destaca que la identificación con el agresor también se basa en las actitudes de complacencia, acomodación y sumisión, destacando las tres acciones que constituyen la identificación con el agresor:

Primero, nos sometemos mentalmente al atacante.  Segundo, este sometimiento nos permite adivinar los deseos del agresor, penetrar en la mente del atacante para saber que está pensando y sintiendo, para poder anticipar exactamente lo que el agresor va a hacer, y de esta manera saber como maximizar nuestra propia supervivencia. Y tercero, hacemos aquello que sentimos que nos salvará: por lo general, nos hacemos desaparecer a nosotros mismos a través de la sumisión y una complacencia calibrada con precisión, en sintonía con el agresor. Todo esto sucede en un instante. [3]

Los abusos del doctor a su hija Anna.

Obviamente la identificación con el agresor no asegura por sí misma librarse de la agresión de éste, por lo cual el único recurso que queda es encontrar como hacer tolerable o sostenible lo verdaderamente insoportable, Es por ello que junto a la identificación hallamos  dos mecanismos que suelen acompañarlo para sopotar esta insoportabilidad como son la disociación y la introyección.

- El paso de lo individual a lo colectivo: la banalidad del mal.


¿Por qué Haneke vincula estos "hechos" de un pequeños pueblo con el desencadenamiento de la primera guerra mundial, o con las posteriores hechos que determinaron el desarrollo de movimientos totalitarios como el fascismo o el stalinismo? Fue Erich Fromm quien ya exploró el tema en su libro "Miedo a la libertad" (1941) sobre la renuncia a la propia libertad a cambio de apoyarse en figuras fuertes y poderosas. Buscamos refugio en algo más grande que nosotros para evitar que la condición humana se las tiene que ver con la soledad y la responsabilidad sobre la propia vida y las propias decisiones. Así nos encontramos con movimientos de masa como los descritos en este blog en el comentario a la película "La ola" (pulsa aquí para acceder a la entrada) inspirados en figuras autocráticas como lo fueron Hitler o Stalin, o como también lo fueron Mussolini o Franco. Jay Frankel hace el siguiente comentario en su extenso estudio:

Estamos todo el tiempo borrando nuestra particularidad en nuestras interacciones sociales con figuras simbólicamente fuertes en cuya presencia nos volvemos temerosos, dóciles, enmudecidos o tontos: médicos, jefes, celebridades, expertos, gente que lleva uniformes o trajes. Nos volvemos pacientes complacientes, empleados dóciles (incluso si estamos resentidos), consumidores voraces, anuncios corporativos andantes, ciudadanos pasivos. La identificación con el agresor desempeña un papel cuando nos quedamos helados por el tono enfadado de alguien, probablemente incluso si se nos tranquiliza con una sonrisa seductora. La amenaza que recorre todas estas situaciones es que automáticamente ponemos a un lado nuestros propios pensamientos, sentimientos, percepciones y juicios, y hacemos (y lo más importante, pensamos y sentimos) lo que se espera de nosotros. Dado lo extendido que en definitiva puede estar cierto grado de identificación con el agresor, sugiero que la identificación con el agresor forma generalmente parte de los aspectos inconscientes de la comunicación que transcurre de manera continua entre las personas que intercactúan. [4]

Observemos que las palabras de Frankel prácticamente consituyen el soporte psicológico de la banalidad del mal propulsada por la filósofa Hannah Harendt (ver entrada en este blog pulsando aquí). Es más, encontramos aquí la relación entre la sumisión descrita por Ferenczi y la agresividad descrita por Anna Freud y que, bajo ciertas circunstancias hace que ciertos individuos aparentemente "normales" pueden llegar a ser capaces de cometer atrocidades. El caso de Adolf Eichmann fue el modelo ejemplar del tema que inspiró a la filósofa. La identificación con el agresor y la psicología de masas se juntan aquí para dar cuenta de ese aspecto destructivo que anida en ese aparente "hombre normal".

La línea de continuidad que va del pueblo de ficción de Eichwald y sus personajes a la primera guerra mundial y al surgimiento de los totalitarismos como el nazismo o el stalinismo y sus consecuencias, es la línea maestra que traza Haneke desde lo individual a lo colectivo. Es por ello que quisiera concluir esta entrada con unas palabras dichas en el que podemos considerar el escrito fundacional de la identificación con el agresor, palabras de Sandor Ferenczi:

... me agradaría que a partir de ahora concedieran más importancia a la manera de pensar y hablar de sus niños, de sus pacientes y de sus alumnos, tras los cuales se ocultan críticas, de forma que pudieran aclarar la confusión de lenguas y aprovecharan la ocasión para aprender muchas cosas. [5]
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[1] Handke, Peter. Desgracia impeorable. Editorial Alianza. Biblioteca Handke, págs. 19 y 20
[2] Freud, Anna. El yo y los mecanismos de defensa. Paidós psicología profunda, pág. 131
[3] Frankel, Jay. Explorando el concepto de Ferenczi de identificación con el agresor. Su rol en el trauma, la vida cotidiana y la relación terapéutica. Ver artículo pulsando aquí.
[4] Ídem anterior
[5] Ferenczi, Sandor. Confusión de lenguas entre el adulto y el niño. En Tomo IV OC. Editorial Espasa-Calpe, pág. 149

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