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miércoles, 26 de junio de 2013

AMOR (Amour, Michael Haneke -2012 -): los difíciles lugares del amor.

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Hace tiempo que no veía una película que me emocionara tanto como esta de Michael Haneke: Amor (Amour, 2012). Me es difícil trasladar en palabras lo que esta película me sugiere. Para ello creo que la mejor manera de empezar es diciendo algo que me parece destacable: en una película titulada amor, esta palabra, o cualquier conjugación de su verbo no se utiliza ni en una sola ocasión. Quizá esto ya nos indica algo que tiene que ver con el amor, algo que no tiene tanto que ver con la palabra como con el gesto (tan presente en la película). No me parece tampoco extraño que Haneke haya situado este complejo sentimiento del amor en una historia en la que los protagonistas son una pareja de ancianos, profesores de música jubilados, interpretados soberbiamente por un increíble y lleno de matices Jean-Louis Trintignant (Georges) en una de esas inmortales interpretaciones que nos son raras de contemplar, y la no menor de Emmanuelle Riva (Anne). El amor aparece en esta historia ligada a la vejez, ligada, en este caso, a la enfermedad y al sufrimiento, y finalmente a la muerte. También a la soledad. En su trabajo, y en el papel de Eve, su hija, también dedicada a la música como su pareja y sus hijos, les acompaña la siempre excepcional Isabelle Huppert. 

Lejos del habitual romanticismo, aunque no exento de él - ya hablaremos de ello -, Amor se rodea de una historia que quizá en su sencillez y austeridad claramente diseñada por Haneke,  sin música de acompañamiento, excepto la propia de las escenas en las que la hay por necesidad del guión, simplemente apoyada en la humanidad de sus protagonistas, ya nos habla de los lugares en los que el amor habita: lejos de todo tipo de excesos y, en ocasiones, en los lugares más oscuros y recónditos. 

I. LA ANCIANIDAD como camino final del amor.

¿Por qué Haneke ubica esta historia de amor en la ancianidad? Para ello quizá debamos interrogarnos acerca de qué  lleva a un ser humano a amar a otro. El amor al otro es un sentimiento que se crea con el tiempo, que requiere tiempo. Deseo y enamoramiento son sus fuegos artificiales aunque no por ello menos importantes, son las chispas que nos abren a la posibilidad del amor. Deseo y enamoramiento son dos afectos relativamente efímeros y volubles que, sin embargo, nos abren a ese sentimiento más permanente y estable por el que el otro pasa a ser alguien importante en nuestra vida, alguien a quién sentimos querer a nuestro lado: alguien con quien construir camino. Veo en ese aspecto el por qué Haneke situa el amor en nuestra pareja de ancianos, una pareja que no sólo ha construido camino sino que se halla - pasados los ochenta - ya en sus últimas andaduras... Aquellas que quizá sean las más difíciles de su trayectoria.

Michael Haneke con Enmanuelle Riva y Jean-Louis Trintignant



Georges y  Anne son una pareja de ancianos, ambos profesores de música retirados y de una gran cultura que viven en su piso parisino, y cuya vida se ve notablemente perturbada a causa de una intervención quirúrgica desafortunada que sufre Anne - obstrucción de la carótida - y que la deja hemipléjica, paralizada del lado izquierdo de su cuerpo y en silla de ruedas. "Hemos pasado por mucho tu madre y yo. Esto es nuevo", le dice a su hija antes de que Anne vuelva al apartamento, frase que inaugura algo en lo que el amor va a estar implicado. Ya anticipa esto un momento clave en la vuelta de Anne a casa cuando le hace prometer a Georges que no la volverá a llevar al hospital. Sin embargo, cito la frase de Georges para indicar como la idea de camino va unida a la de superación de los problemas, la asunción de los conflictos que conlleva precisamente esta íntima convivencia y la posibilidad de crecer como individuos y como pareja. Georges muestra una gran claridad cuando indica que "esto es nuevo". 

La película continúa con algunas escenas donde observamos a Georges cuidando de Anne si bien pronto también se articulan los primeros problemas, en especial cuando Anne manifiesta que ya no vale la pena vivir: "No hay nada por lo que seguir viviendo. Sé que sólo puede empeorar. ¿Porqué imponernos esto a tí y a mí?". El diálogo que sigue es de interés:

Georges: A mi no me impones nada...
Anne: Nadie te obliga a mentir Georges.
Georges: Bueno... Ponte en mi lugar, No se te ha ocurrido que podría haberme pasado a mi.
Anne: Si, claro. Pero la imaginación y la realidad tienen poco en común.
Georges: Además cada día mejoras...
Anne: No quiero seguir. Agradezco tus esfuerzos pero no quiero seguir de este modo. Y lo digo por mi, no por tí.
Georges: No te creo. Te conozco. Crees ser un peso para mi... Pero si estuvieses en mi lugar qué harías.
Anne: No lo se. No quiero ponerme en tu lugar. Estoy cansada. Quiero acostarme.


"No hay nada por lo que seguir viviendo. Sé que sólo puede empeorar.
¿Por qué imponernos esto a ti y a mi?"

La entrada en el mundo de la enfermedad y el sufrimiento será una de las pruebas que el amor de Anne y Georges deberán afrontar en este momento final de sus vidas. La del propio sufrimiento de Anne y el de Georges, el sufrimiento de quien contempla el del ser amado. La posición de Anne nos recuerda la de Virginia Woolf en Las horas (Stephen Daldry, 2002) y en cuya entrada que dediqué a esta película escribía:

La dificultad de la libertad reside en situaciones como ésta, cuando libertad y amor no se encuentran por el sufrimiento que media entre ellos. Cuando la libertad es el sufrimiento del amor, o el amor es el sufrimiento de la libertad. Al final, la solución que halla Virginia es el suicidio, ya no como elección sobre la anestésica Richmond, sino como liberación de su propia muerte en vida y también de la de Leonard. La decisión de Virginia alrededor de esta situación es, desde su punto de vista, de una claridad impecable. Dice en otro momento a Leonard al hablar de la necesidad de que alguien debe morir en su obra La señora Daloway: Alguien tiene que morir para que los demás valoremos la vida. Establece un contraste.

Bueno... Ponte en mi lugar. No se te ha ocurrido que podría haberme pasado a mi.

- La pesadilla de Georges.

El sufrimiento que Georges lleva en silencio se hace patente en una pesadilla que le sorprende durante la noche:

Mientras Georges se está cepillando los dientes suena el timbre de la puerta. Georges se dirige hacia ella y pregunta quién es. Nadie responde. Abre la puerta y no encuentra a nadie. Ante él se ofrece una extraña imagen. La puerta del ascensor aparece barrada por maderos clavados en el exterior. Se oye entonces la voz de Anne gritando: "¿Qué ocurre? ¿Quién es?". Georges mira entoces por el pasillo del replano y pregunta si hay alguien. Mientras sigue andando se oye la voz de Anne preguntarle de nuevo que ocurre. George sigue andando por el pasillo y al girar se encuentra de repente con el suelo encharcado y en ellos sus pies mojándose. De repente y de detrás de la puerta que está tras él surge una mano que le tapa la boca. Georges se despierta gritando en la cama mientras Anne intenta tranquilizarlo.

La pesadilla de Georges
El sueño bien nos puede ofrecer el escenario psíquico que Georges está viviendo. El ascensor barrado puede significar una situación vivida como sin salida, una angustia latente que George se implica al intentar mantener la compostura ante Anne y su enfermedad y sufrimiento. Como en todo sueño Anne es una proyección del propio soñante y nos muestra precisamente esta parte angustiada. ¿Qué ocurre? ¿Quién es? no son más que preguntas que Georges se dirige a sí mismo, que corresponden a esta angustia que le habita. ¿Qué me ocurre? ¿Quién soy?  Estas son las preguntas que su inconsciente trata de llevar a su consciencia, aquello de lo que pretende que se de cuenta. Esta es la respuesta que le ofrece el sueño en forma de pesadilla en su segunda parte, cuando al doblar la esquina del rellano de repente se mojan sus pies en el agua que anega el suelo. A riesgo de ser interpretativo las aguas simbolizan en ocasiones el mundo emocional, un mundo emocional que George mantiene a raya durante toda la película con una excepción de la que ya hablaremos más adelante. George sofoca su sufrimiento hecho de miedo, de tristeza y de dolor en una entereza que es la admiración de los vecinos. Una entereza figura de un fondo de soledad bajo el que se oculta su sufrimiento reprimido que sólo parece captar Anne, quien también consciente de que no hay salida por ello siente que no hay nada por lo que seguir viviendo.

Esta escena tiene su referente en una escena anterior donde George le cuenta a Anne un episodio de su infancia después de haber visto una película de época de corte romántico:

... recuerdo que estaba muy conmovido al salir. Tardé un largo rato en calmarme. En el patio de la casa donde vivía mi abuela había un chico asomado. Me preguntó de dónde venía. Tenía unos años más que yo y era de esos que fardaban y me intimidaba mucho. Del cine - le dije yo -. [...] ¿Y qué has visto? Empezé a contarle la historia, y mientras hablaba me fui emocionando. No estaba dispuesto a llorar delante de él. Era imposible. Ahí estaba en el patio, llorando. Y le conté el drama hasta el final [...] Recuerdo los sentimientos. Me avergonzaba llorar. Pero al contar los sentimientos volvían las lágrimas con más fuerza que cuando veía la película. No podía parar.

Las lágrimas que nos relata aquí Georges son las que ahora no puede vertir como tampoco puede dar cauce a sus emociones y sentimientos presos en su angustia. No en vano Anne al oir este relato le dice: "No vas a estropear tu imagen ahora que has llegado a la vejez". Un Georges soprendido le pregunta: "¿Oye,,, cuál es mi imagen?" A lo que Anne le responde amorosamente: "A veces eres un monstruo, pero eres bueno".

Uno de los aspectos que observamos es también la dificultad que entraña pasar del hacer al estar. Se observa en especial cuando Eve esta sentada delante de su madre tendida en la cama y ya mermada por el segundo ataque. Eve le habla de historias financieras... como si nada ocurriera. Cuando Anne habla no logra entenderla. Eve nos pone de relieve esa dificultad que experimentamos los seres humanos cuando ya no podemos "hacer" nada más que "estar" - algo que Georges va a asumir admirablemente -, que acompañar al otro en su camino hacia la muerte en un camino donde el sufrimiento es explícito. En una escena posterior tenemos un diálogo entre padre e hija interesante:

Eve: ¡Mamá desvaría! [...] ¿Qué está ocurriendo? No podemos dejarla tumbada sin más. Ni la reconozco, es de locos.
Georges: No se puede hacer más por ahora. Sigue un tratamiento, toma la medicación. No hay otro tratamiento.
Eve: ¿¡Cómo que no hay otra posibilidad!? Y si la ingresas en el hospital.
Georges: Ha tenido otro ataque. Vertier la examinó y cree sinceramente que debemos evitar llevarla al hospital. Además no se la quedarían, la mandarían a una residencia y lo que hacen allí puedo hacerlo yo aquí. Y... además, no irá a una residencia. Se lo prometí.
[..]
Eve: La verdad, no puede ser que hoy en día no tenga la posibilidad de un tratamiento más eficaz.
Georges: Nada te impide averiguarlo... Supongo que me creerás si digo que quiero a tu madre tanto como tú. Y te lo ruego, no me trates como un tarado incapaz de tomar decisiones lógicas.
Eve: No he dicho eso, pero dudo que tenerla aquí sea lo mejor...


Finalmente Georges eleva su tono de enfado ante lo que parece estar pasando un examen ante su hija y su yerno... Mientras unos hablan de lo que es "operativo" - cosa de la que George ya se encarga en realidad -, Georges habla de la importancia de respetar la voluntad de Anne y de "estar" con ella. El clíma de máxima tensión entre ellos es hacia el final de la película, donde la emoción de Eve, que es una emoción de desesperación y no exenta de sentimiento de culpabilidad, sigue sin reconocer la elección de Georges:

Eve: ¿Y que va a pasar ahora? - de nuevo el examen -
Georges: ¿Qué que va a pasar? La enfermera viene tres veces a la semana, cada quince días el doctor Vertier y la peluquera. ¿Es lo que querías saber...? Todo seguirá como hasta ahora. Irá de mal en peor y así hasta que un día se acabe.
Eve: No puedes seguir de este modo papá. No...
Georges: ¿Y qué me propones?
Eve: ¡No podemos hablar en serio los dos!
Georges: ¿A qué llamas hablar en serio? ¿Quieres llevártela a tu casa o quieres mandarla a una residencia? ¿Es eso? ¿Eh? ¡Vamos... hija! ¡Vamos, háblame en serio!


Como vemos, este tema nos plantea hoy también la problemática de los ancianos en una sociedad como la nuestra en la que, paradójicamente, y al mismo tiempo sintomáticamente, el aumento de la esperanza de vida ha venido unido con el deterioro de su calidad y sobretodo de su dignidad.

Eve: ¿Y ahora qué va a pasar?

II. AMOR E INTIMIDAD: El camino que construye un espacio.

De la misma manera que antes dijimos que el amor requiere tiempo, el amor que se construye con el camino también requiere de un espacio, el espacio de la intimidad. La sobriedad y la sencillez de Haneke es, como ya dije, lo que da una fuerza especial a esta película. El apartamento y sus dos protagonistas llenan la película de una intimidad conmovedora. Eso es algo que Haneke  nos introduce al principio de la película cuando Anne es intervenida en el hospital. El director alemán nos muestra entonces distintos planos del apartamento solitarios y oscuros, de un extraño inmovilismo, como adentrándonos en el espacio en el que sólo la presencia de Anne y Georges lo va a transformar en un espacio de intimidad donde sus presencias se van a encontrar en ese algo nuevo de lo que Georges nos habla. Me recuerda su planteamiento a las odas de Pablo Neruda, odas a objetos inanimados que parecen tener alma... el alma que les confiere precisamente su contacto con el ser humano. El alma que para ese apartamento son Anne y Georges.

Entre las paredes de ese apartamento y sus objetos vamos a asistir a una intimidad hecha no de grandes movimientos dramáticos ni de sentimentalismos superfluos, sino una intimidad hecha del amor entre dos seres humanos cada uno de los cuales se nos muestra con las peculiaridades y limitaciones de su caracter. Al no ser personajes emocionalmente intensos, el amor gana entre ellos una presencia sumamente especial en el transcurrir de la película en los pequeños gestos, las miradas, pequeños gestos y miradas que de repente nos hacen percibir la verdadera fuerza del amor más alla de cierta torpeza emocional, y como a pesar de esta, el amor se torna cierto en una situación tan sumamente dramática como lo es la invalidez y el deterioro en la vida de una pareja de ancianos. Es justamente esa torpeza emocional, una torpeza tan frecuente en todos los seres humanos, en unos por defecto, en otros por exceso, que por ello se torna tan conmovedora... La historia de estos dos ancianos nos muestra el amor que se construye a pesar de los límites del caracter, no un amor inflacionado hecho de grandes manifestaciones sino un amor real hecho de pequeños gestos posibles para cada uno de sus protagonistas.

Hay varias escenas conmovedoras en la película, pero hay una de ellas que cuando la ví me hizo saltar unas pequeñas lágrimas - en esa película todo es pequeño y por ello conmovedor - y que, cada vez que la veo, me las sigue haciendo saltar, porque en su sencillez rezuma la expresión del verdadero amor que sienten dos seres que han construido una vida en común y que ahora se enfrentan a un duro final de trayecto. La escena corresponde a cuando Anne ya ha sufrido un segundo ataque y está considerablemente mermada. Georges esta sentado en la cama mirándola mientras ella balbucea algunas palabras con suma dificultad. Él sigue animándola a pronunciarlas... Anne entonces levanta su mano y extendiéndola la pone cuidadosamente sobre la de Georges. Este baja su mirada y contempla la mano sobre la suya. Unos instantes después él le pone su otra mano encima y se quedan mirándose ambos en silencio... Hay más amor e intimidad en esa imagen que en todas las definiciones que podamos dar del amor y que en todos los grandes abrazos y besos que se han contemplado en la gran pantalla. Ese momento es verdadera poesía hecha imagen.


Amor
Amor hecho gestos y miradas, amor encarnado, amor que trasciende la emoción para ser puro sentimiento discreto, silencioso, sutil...

Pero la intimidad no sólo está hecha de momentos tiernos sino también de los momentos duros, pues en la intimidad de una pareja transcurre todo lo que sucede entre dos seres que conviven. El amor tiene también sus momentos crueles, como en la escena en la que Anne se niega a beber - como testimonio de su voluntad de morir - y acaba con Georges dándole una bofetada ante su testaruda persistencia al escupir el agua que pretende hacerle beber. Es impactante la mirada que hace Anne a Georges cuando este le dice: "Vamos Anne, si no bebes morirás. ¿Eso quieres?" En su mirada está la respuesta. "No puedes obligarme a dejarte morir de sed" - le dice Georges -. Si te empeñas deberé llamar al doctor Vertier y te ingresará en un hospital. Te alimentarán artificialmente. ¿Eso quieres? Te prometí que no pasaría pero ayúdame... Esto me supera... Vamos Anne". Vuelve a intentar darle de beber pero Anne sigue cerrando la boca. Georges pierde la paciencia y la fuerza a beber, pero Anne escupe el agua y Georges le da una bofetada... "Lo siento... perdóname" -  le dice conmocionado por el hecho sucedido -. ¿Qué hacer cuando el amor pide dejar morir y cuando el amor no quiere dejar morir? De nuevo la temática que ya introdujimos en Las horas entre Virginia Woolf y su esposo Leonard se nos hace muy presente. Estos son ejemplos de los lugares espinosos por los que el amor debe transitar en ocasiones, lugares donde un acto aparentemente violento como la bofetada sólo es comprensible desde el amor y las difíciles frustraciones con las que nos enfrenta como la voluntad de morir de Anne o el cumplimiento de la promesa que Georges le hace de no llevarla más a un hospital.

No puedes obligarme a dejarte morir de sed.

III. SOBRE LOS LÍMITES DEL AMOR.

                                                                              Todo lo que se hace por amor, se hace más
                                                                              allá del bien y del mal. (F. Nietzsche)


Llegamos así al final de la película. Anne gritando "duele", como ocurre en otras ocasiones. Georges acude a cuidarla y le cuenta una historia suya de infancia para calmarla... La calma, y justo en ese instante, tras un corto momento de duda, coge un colchón y la asfixia. Con el amor pasa como con la verdadera democracia, la única real, la de los pueblos... Está por encima de las leyes. Los actos que suceden por amor no pueden leerse bajo prismas convencionales, y la muerte de Anne a manos de Georges hay que leerla por encima de lo convencional. Esta muerte es una muerte por amor que reconcilía la voluntad de morir de Anne con la promesa de fidelidad hecho por George sobre  no ingresarla y, finalmente, a su deseo de no perder a su compañera de viaje, de vida. Por eso finalmente no cabe más que añadir a la muerte de Anne su propia muerte. No es ni tan siquiera un acto de compasión en el sentido que una lectura sobre la eutanásia podría hacer. No se trata de eso.

El motor que mueve a Georges a poner fin a la vida de Anne no es la compasión, es el amor, el amor en su máxima expresión, por eso el final de la película no podía ser de otra manera, un final romántico a la manera de Haneke con Georges mirando sorprendido a una Anne lavando platos y saliendo por la puerta del apartamento tras ella como cuando iban de concierto... Un final romántico austero y sencillo de un George que con su muerte se une a la de Anne en una revisión del trágico concepto del amor romántico que no se pudo vivir en vida y que si lo hace tras la muerte. Aquí, sin embargo, este amor es una continuidad del amor que ambos si construyeron y vivieron en vida. Un final romántico que se construye sobre un amor cierto y vivido, hecho camino y proyecto con todas sus vicisitudes y continuado en la muerte y tras la muerte con la misma sencillez y complejidad cotidiana con la que posiblemente se vivió.

Amor tras la muerte.

Tras poner fin a la vida de Anne, Georges se ocupa de ofrecerle un lecho con flores y pétalos y la viste con uno de sus elegantes vestidos. Escribe una carta que, fácil es de imaginar, es para Eve. En ella le relata el episodio de la paloma. Una paloma que entra en el apartamento a través de una ventana abierta. Georges relata que es la segunda ocasión. En esta última, George la coge atrapándola en una  manta. La acaricia y luego cuenta que volvió a soltarla. Bonita imagen que anuncia simplemente lo que sigue, ese final romántico que he relatado anteriormente. Ya no es tiempo para que el amor "duela" encerrado solitario en el apartamento... Es tiempo para que el amor "vuele" y continúe más allá de la vida y se una a Anne. 

Michael Haneke ha hecho una notable contribución a la comprensión del amor, quizá la única posible, puesto que el amor posiblemente no se define, no se entiende, y más allá de la reflexión religiosa, filosófica, psicológica, biológica... Haneke nos ha ofrecido un pequeño tesoro, quizá el más importante: el amor se ve y se oye, se siente... y quizá tan sólo hay que tener ojos para ver y oídos para oír, corazón para sentirlo.

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OTRAS PELÍCULAS COMENTADAS DEL AUTOR


LA CINTA BLANCA (2010)
Pulsar aquí para acceder a la entrada










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ENTRADA RELACIONADA.

LAS HORAS (Stephen Daldry, 2003)
(Parte I. Una reflexión sobre la depresión y la crisis existencial)
(pulsa aquí para acceder a la entrada)

martes, 4 de octubre de 2011

2. EL MANANTIAL (THE FOUNTAINHEAD 1943): figura y fondo en el tema social y el tema romántico.

PARTE II. EL TEMA ROMÁNTICO 

Tan interesante como Howard Roark es la figura femenina de Dominique Francon (excelente interpretación de Patricia Neal), en especial por el tipo de relación que establece tanto con el propio Roark como con la que también establece con Wynand. Podemos dividir esta historia en cuatro estadios en relación con el personaje femenino:

2.1. El hombre que se anhela es un hombre inalcanzable.

En la aparición de Dominique por primera vez en el film la vemos lanzando al vacío a través de una ventana una escultura clásica… Más adelante tras la llegada de Wynand a su apartamento asistimos al siguiente diálogo:

Dominique: ¿Sabe qué hacía cuando ha llegado usted? Tenía una estatua que compré en Europa. La estatua de un dios. Creo que estaba enamorada de ella.
Wynand:     ¿La ha roto?
Dominique: ¡La he tirado por la ventana!
Wynand:     ¿Por qué?
Dominique: ¡Para no tener que amarla! No quiero estar atada a nada… La he destruido para que no formara parte de un mundo donde la belleza, el ingenio y la grandeza no tienen oportunidad. El mundo de las masas y del Banner (el periódico de Weyland).

Es muy interesante esta reflexión de renunciar a aquello que se ama porque no tiene lugar en este mundo… Y que esto se halle representado a través de la estatua de “un dios”.  Hay algo en esa expresión que tiene que ver con una imposibilidad, con un tipo de relación imposible que Dominique establece entre este mundo y el otro mundo… Lo curioso es que esta percepción la extrapola también en la relación con el hombre… ¿o con el superhombre?

Esto parece derivarse del primer encuentro entre Howard y Dominique… Un encuentro curiosamente no fundamentado en su obra sino en una dimensión más titánica, más muscular, pues Dominique lo observa evidentemente turbada mientras Howard trabaja como perforador en una cantera de mármol. El físico parece transmitir la percepción de Dominique de un dios. A partir de este momento, breves encuentros que no hacen más que acrecentar la turbación de Dominique. Howard adquiere para ella la dimensión de un dios griego… y como tal la atormenta entre su deseo y su imposibilidad.

Howard Roark en la cantera de mármol

2.2. El amor imposible.

El segundo encuentro entre ambos protagonistas es ya tras la inauguración del edificio Enright y, por lo tanto, como arquitecto. En éste encuentro se produce un diálogo que pone de relieve ciertos momentos a destacar. En primer lugar la reiteración en la imposibilidad de su amor, la tortura de desearle encontrar y la de intentar evitarle. Veamos las siguientes palabras de Dominique:

Si le causa placer saber que me está torturando le daré más satisfacción aun… Le quiero Robert. ¿Sabía que he vivido un martirio todos estos meses esperando no encontrarle y al mismo tiempo deseando volver a verle? Sí, claro que lo sabía, y eso es lo que quería que yo soportara […] Usted ha ganado. No me queda orgullo para detenerme. He venido precisamente a decírselo y a decirle también que no volverá a verme nunca más… Usted es la imagen del hombre que siempre he admirado y por eso me esforzaba en no conocerle y aun ahora prefiero no hacerlo para ver como le destruye un mundo en el que no tiene cabida.

Tras la mutua declaración de amor se produce  otro momento interesante y que podemos llamar “la falsa solución”, donde Dominique le propone a Howard lo siguiente:

Howard no ves que no quiero dejarte… Casémonos… Quiero estar a tu lado. Tendremos una casa propia y yo la cuidaré para ti. No te rías, se hacerlo. Guisaré, lavaré la ropa, fregaré el suelo y tú dejarás la arquitectura. Si lo haces permaneceré contigo para siempre pero no puedo ver como te diriges hacia un terrible desastre. No puedes tener otro final, sálvate de una tragedia. Busca un trabajo anónimo, viviremos sólo el uno para el otro.

El diálogo continua tal y como sigue:

Howard:       Ojalá pudiera decirte que es una tentación
Dominique: Howard ¿sí o no?
Howard:    No. Has de aprender a no sentir miedo del mundo, a ser valiente. Debo dejar que aprendas, cuando  la hayas hecho volverás a mí. No me destruirán… Te quiero, te lo digo ahora por todos los años que tendremos que esperar.
Dominique:  Haré cualquier cosa para escapar de ti.

Y efectivamente tras esta escena vemos a Dominique aceptando una propuesta de matrimonio que le había hecho anteriormente Wynand.

¿Qué cabe reflexionar acerca de Dominique  alrededor de esta temática? El trasfondo que se oculta no es tanto el sufrimiento que Dominique puede sentir por el destino de Howard sino el resultado de una paradoja en la que pide el hombre que admira por sus cualidades que por ella renuncie a sus metas. Dominique sabe que para ese tipo de hombre su misión es lo más importante y que por ella es capaz de llegar a destruirse… una entrega que – como bien le deja patente - no considera hacer por ella. O no sería para Roark una especie de destrucción en vida aceptar curiosamente una vida anodina en la que como bien dice Dominique: viviremos sólo el uno para el otro… refugiados en la masa. Nos encontramos en uno de los clásicos temas en donde la mujer entiende el amor por  su capacidad para cambiar al hombre, y en la que el hombre lo hace a través de su aceptación por parte de la mujer. Una de las posibles reformulaciones de la fórmula lacaniana de que no hay relación sexual posible en el sentido en que debemos comprender dicha fórmula como opuesta a la metáfora de la media naranja complementaria. Entre hombre y mujer no hay complementariedad sino una asimetría que más bien impide esta “unión de opuestos” que preconizó como origen del amor Platón en su Banquete.

Un ejemplo cinematográfico de la misma época en este mismo sentido, pero con un final trágico, es la excelente película  De amor también se muere (Humoresque, Jean Negulesco, 1946) donde una grandiosa Joan Crawford encarna una complicada mujer (Helen Wright) que se enamora de Paul Boray un virtuoso violinista (otra excelente actuación del pronto malogrado John Garfield) al que hace de mecenas para que pueda proyectarse en su carrera musical… La película acaba con la imposibilidad de conciliar la música y el amor, lo que la lleva, en su desesperación, a suicidarse lanzándose al mar. Todo transcurre mientras él, paralelamente, interpreta una no menos adecuada melodía: la romanza de amor sobre Tristán e Isolda (ver momentos de cine 16). Veamos un momento, cuando en uno de sus diálogos, Helen le dice a Paul:

¿Por qué no lo dices? No tienes valor para hablar, no puedes decir que no me amas y que no quieres volver a verme […] Tú ya estás casado con tu música, con tu trabajo, jamás lo estarías conmigo, No olvides tu música Paul, no olvides jamás tu música. ¡Detesto la  música! ¡La odio!

John Garfield en el papel de Paul Boray.

Helen odia la música por el mismo motivo que Dominique le pide a Howard que abandone la arquitectura…  Porque el alma de ambos hombres sirve a sus respectivas misiones. Ambas comparten esa fascinación por el hombre entregado a su causa, y al mismo tiempo esa fascinación les aparta de ellos. Helen le dice a  Paul el otro lado de algo que Dominique le ofrece a Howard a cambio de que deje la arquitectura (Casémonos… Quiero estar a tu lado. Tendremos una casa propia y yo la cuidaré para ti. No te rías, se hacerlo. Guisaré, lavaré la ropa, fregaré el suelo y tú dejarás la arquitectura). Helen pone su incidencia en el precio que pagaría siendo la mujer del músico:

Quieres a alguien que cuide de ti, necesitas un lugar donde te adoren por tus virtudes humanas, a parte de tu música…

Dominique elige otra solución para huir de su amor por Howard: casarse con Gayle Wynand. Se une, curiosamente a un hombre que representa lo que odia (me pregunto, curiosamente, porque no elige refugiarse como oficinista que se costea su pequeño apartamento en un barrio sencillo), no obstante el amor cierto que Gayle le procesa. Y aquí curiosamente creo que el mensaje inconsciente inscrito en el suicidio, o en el hecho de casarse con Wynand, el hombre al que no se ama, son formas, como también ocurre en Los puentes de Madison, del amor imposible que acaba siendo el más fuerte de los amores, un amor que se eterniza en su imposibilidad, un instante dentro de una vida que en esa imposibilidad de continuidad constituye y estructura la experiencia del amor sublime.

2.3. El triángulo: el amigo y el enamorado.

Gayle, tras ver distintas construcciones de Howard, le contrata para que precisamente construya una casa para Dominique y él… Así se constituye el trío que perpetua la imposibilidad del amor de Howard y Dominique… Su presencia es justamente su imposibilidad y Gayle es el límite. La creciente amistad entre ambos deriva en los celos de Dominique que se manifiestan en la misma escena en la que Gayle le propone a Howard ir de crucero:

Dominique: Howard… No vayas con él, no puedo soportarlo más. Estoy celosa de ti, de cada momento que le das, de vuestra amistad imposible. No quiero que vengas aquí ni simpatices con él.

En realidad los celos que plantea Dominique son porque teme que la amistad de Howard con Gayle aleje su amor cuya intensidad y perdurabilidad se basa en su imposibilidad, pero esa imposibilidad requiere también de la lejanía, la no proximidad. Esta situación irrumpe en el universo de Dominique para destruir el refugio que construyó para su amor por Howard.  El tema de la película se inscribe dentro del clásico tema del amor cortes tan  bien analizado por Lacan en su Seminario VII, La ética del psicoanálisis. En cambio para Howard es una manera no sólo de estar cerca de Dominique sino también de castigarla en la misma manera que él se siente castigado por su matrimonio con Gayle.

2.4. La solución final: el suicidio de Gayle.

La trama de la película sigue entonces unos derroteros en los cuales el amor de Howard y Dominique se soluciona restaurándose los distintos elementos que causan la lejanía:

2.41. En un momento dado Dominique le dice a Howard que le ama y que quiere estar con él… Veamos sus siguientes palabras:

Me aparté de ti unos años. Intenté olvidarte… No pude… Sabías que no podrías […] Nunca creí que sería Gayle quién te acercara a mí. ¡No ves que no puedo soportarlo más! Vivo en una casa que tu diseñaste. Tengo que verte como a un extraño, sin derecho a mirarte, hablarte, a decirte […] Lo recuerdas, una vez dijiste… por todos los años que tengamos que esperar… Lo sé cariño, como tú sabes lo que yo siento por ti… Eso no podemos cambiarlo ni tú ni yo. Voy a dejar a Gayle. Puedes verte a verme pero voy a dejarle.

¿En realidad que otra opción le queda a Dominique para salvar su amor por Howard? Lo peor que le podría ocurrir es la amistad entre Gayle y Howard, la amistad entre lo que más odia y lo que más ama. Esto pone de relieve una de las causas del dolor asociado a la pérdida del amor: el dolor que procede del derrumbe de la fantasía que me une al ser amado.[1]  Precisamente esto es lo que significa esta amistad, el derrumbe de la fantasía que Dominique proyecta como en un espejo sobre Howard. Este es el momento adecuado para incluir unos comentarios a este respecto de Juan David Nasio que nos ofrece algunas reflexiones interesantes en este tipo de dolor así asociado. En primer lugar veamos el siguiente comentario:

¿Y cuáles son las principales imágenes de mí mismo que me devuelve ese espejo interior? Son imágenes que, al ser percibidos, inmediatamente hacen nacer un sentimiento. A veces percibimos una imagen enaltecedora de nosotros mismos que refuerza nuestro amor narcisista; otras veces percibimos una imagen decepcionante que alimenta la auto-desaprobación y con frecuencia vemos una imagen de sumisión y de dependencia del amado que nos provoca angustia.[2]

 ¿No es acaso todo ello aplicable a Dominique? ¿En qué medida es Howard una imagen del valor que ella no encuentra en sí misma? ¿En el mismo sentido en qué medida la amistad de Howard y Gayle no es un reflejo de cómo ella se esconde de su amor y de una sociedad que no le satisface justamente conviviendo con aquello que más la representa? Por ello es aún más significativa la siguiente observación:

tiene que ver con el encuadre de la imagen inconsciente del amado, es decir, la manera en que lo imaginamos, no ya en relación con nuestros afectos, sino según nuestros valores. Pienso en los diversos ideales que muchas veces, sin saberlo, atribuimos a la persona elegida. Anclamos y desarrollamos nuestro apego manteniendo implícitos en el horizonte esos ideales […] ¿cuáles son esos ideales situados en la intersección de lo simbólico y lo imaginario? Destaquemos los principales:

- Mi elegido debe ser único e irremplazable.

- Debe permanecer invariable, es decir, nunca debe cambiar, salvo que nosotros mismos lo cambiemos.

- Debe resistir y sobrevivir, inalterable, a la pasión de nuestro amor devorador o de nuestro odio destructivo.

- Debe depender de nosotros, dejarse poseer y mostrarse siempre disponible para satisfacer nuestros caprichos.

- Pero si se somete, debe saber conservar su autonomía para evitar convertirse en una molestia…[3]

¿No suena todo esto a lo que Dominique pone en juego en su relación con Howard? Nasio concluye así:

El elegido es ante todo un fantasma que nos habita, que regula la intensidad de nuestro deseo (insatisfacción) y nos estructura, No es solamente una persona viva y exterior, sino también una fantasía construida con su imagen, espejo de nuestras imágenes (imaginaria), penetrada por la fuerza del deseo (real), enmarcada por el ritmo de esa fuerza (simbólica) y apuntalada por su cuerpo vivo (también real) fuente de excitación de nuestro deseo (recordar las imágenes iniciales en la cantera) y objeto de nuestras proyecciones imaginarias.[4]

La amistad entre Gayle y Howard amenaza todo esta gran proyección y por ello debe Dominique reestructurar la relación, bien sea por llegar a Howard definitivamente, bien sea por llevar de nuevo la lejanía. Pero para la primera opción  algo de Howard debe también cambiar.

2.42. Howard, cuando es acusado de la destrucción de los hogares Coartlandt al no respetarse su diseño, realiza toda una estrategia para que Dominique no pueda ser involucrada en el asunto por su amor a Howard… Veamos sus palabras a Dominique:

Howard: Eres la Sra. Wynand… Estás fuera de sospecha. Todo el mundo cree que estabas allí por casualidad. Si dejas que se sepa que nos queremos será como confesar que eras mi cómplice.
Dominique: Por eso me pediste que te ayudara… para evitar que así ahora me una a ti.
Howard: Dominique, si me condenan quiero que sigas al lado de Gayle y no deberás decirle nada de lo nuestro porque os necesitaréis mutuamente.
Dominique: está bien si esto es lo que quieres… ¿Pero y si te dejan libre?
Howard: No podemos hablar de esto ahora.

¿Qué se repara con esto? La unión de Dominique y Gayle propiamente al pasar a ser resultado del amor de Howard… Su acto le da una dimensión distinta al matrimonio Dominique-Gayle (¡con que facilidad se conforma Dominique!) que pasa de ser una huida del amor de Dominique a un resultado del amor de Howard y así la imagen interna que habita como un fantasma de Dominique se puede restituir.

2.43. Ahora bien… Howard es declarado inocente tras el famoso discurso que ofrece al final de su juicio, con lo cual nos encontramos ante la pregunta de Dominique… ¿Pero y si te dejan libre? La película halla una solución fácil: el suicidio de un Gayle ofuscado por su rendición final ante la presión del consejo de administración del periódico y que le obliga, tras prácticamente dejarse la piel en defender a Howard, a traicionarlo. Es significativo que el acto de suicidio viene unido al cierre del periódico… Que nos ofrece esta solución. La lectura simple se puede ver como el suicidio del “parásito” que, y consecuentemente como tal, falla ante el amigo, la esposa y a sí mismo, dejando así libre el amor de Howard  y el de Dominique para iniciar su final trayectoria.

Sin embargo, si se contempla el suicidio de Gayle como aquello que libra a Howard de reconocer su falsa posición como amigo que oculta la real dimensión de lo que para él significa Dominique, y a Dominique de reconocer la utilización que hace de él como refugio de su amor imposible y como refugio de su cobardía, resulta que ese acto de suicidio deviene el verdadero acto de integridad. La integridad de aquel que sabe que traicionó la amistad del amigo, el amor de la esposa, y su última posibilidad de redención, como bien reconoce a Dominique cuando le dice acerca de la defensa que piensa emprender con su periódico sobre el caso de Howard:

Esa batalla la voy a librar yo solo. Sé lo mucho que tengo que redimir, será mi revolución. El Banner va a defender una causa justa…

La cuestión es que hubiera ocurrido de no suicidarse… ¿Cuál era la salida para Howard y Dominique? ¿Qué hacer con la frase de Howard “si me condenan quiero que sigas al lado de Gayle y no deberás decirle nada de lo nuestro porque os necesitaréis mutuamente”? ¿Qué pasa entonces con esa necesidad mútua? Por otro lado si Dominique y Howard se separan de Gayle por su traición, aun por reconocimiento de su amor, qué hacer con la traición de una amistad interesada y la de una relación de utilidad. ¿Qué diferencia hay entonces entre Gayle, Howard y Dominique? Ni la desesperación de Dominique ni el espíritu de Howard salen especialmente bien parados de todo este asunto… Sólo el acto de integridad extrema de Gayle – al final, y a mi entender, el verdadero héroe de la película – ahorra esa mancha turbia que la verdad silenciada constituye para Howard y Dominique en su papel de amigo y esposa.

El final de la película acaba con la imagen de Dominique, ya como señora Roark, subiendo a lo alto de un rascacielos donde un heroico Howard la espera en su cúspide… imagen metafórica en la que se sigue demostrando que Howard sigue representando el papel de fantasma, de imagen interna de la psique de Dominique… quizá por eso, y como los cuentos de hadas, la película acaba aquí… con un “vivieron felices y comieron perdices”.

Escena final de El manantial

Obviando que esas imágenes situadas allí, en lo alto del rascacielos, tienen su contrapartida en la película citada anteriormente De amor también se muere, cuando tras el suicidio de la heroína, Paul Boray, el violinista dice también desde las alturas de su apartamento: 

Helen me pregunto que se sentía aquí, el punto de vista de Paul Boray… ¡Que soledad! Antes parecía todo tan sencillo… Vive tu vida, haz tu trabajo, así de sencillo, pero luego averiguas que no es tan fácil. Nunca recibes nada gratis, de una forma o de otra, siempre pagas por lo que eres…

Y la película acaba con un Paul Boray sólo en la gran ciudad en una bella imagen de la desolación.

De amor también se muere (Humoresque, 1946)


[1] Nasio, J. D. El dolor de amar. Gedisa editorial Psicoanálisis.
[2] Ídem anterior, pág. 61
[3] Ídem anterior, pág. 62
[4] Ídem anterior, pág. 63