AVISO. POR LA NATURALEZA DE LOS TRABAJOS DE ESTE BLOG, EL ARGUMENTO E INCLUSO EL FINAL DE LAS PELICULAS SON REVELADOS.

domingo, 23 de septiembre de 2012

LAS HORAS (PARTE II): UNA REFLEXIÓN SOBRE EL SUICIDIO


N. Kidman como Virginia
No pasa desapercibido que el tema del suicidio es un tema clave en esta película: tenemos el suicidio de Virginia, el suicidio de Robert y el intento de suicidio de Laura. Esto nos plantea una reflexión interesante sobre el que, quizá se desconozca, es la tercera causa de muerte en el mundo y la tercera en España, con cifras que año tras año van aumentando. Quizá sorprenda indicar su espectacular aumento en adolescentes que lo convierten, por ejemplo en USA, en la tercera causa de muertes. La OMS opina, a nivel mundial, que la cifra de muertes por suicidio puede duplicarse en los próximos veinte años.... Y, sin embargo, un hecho como el suicidio, que es causante de más muertes que las producidas por los accidentes de tráfico, se constituye en un fenómeno desconocido del que apenas se habla, en el que el temor a invocarlo lo confina al más absoluto de los desconocimientos:

Nunca un problema tan grave recibió tan poca atención. El suicidio se cobra más vidas que los accidentes de coche en todo el mundo y el número de casos ha aumentado un 60% en los últimos cincuenta años. El sentimiento de sorpresa generalizado que se observa cuando alguien averigua estos datos revela el nivel de secuestro al que está sometida esta información. El grado de desconocimiento público sobre el suicidio es solo comparable a la importancia de la cuestión. Un millón de suicidios al año. Esa única cifra debería hacer saltar todas las alarmas y convertir el suicidio y la salud mental en prioridad absoluta para los gobiernos de todos los países. Porque, además, cada suicidio supone una devastación emocional, y a veces también social y económica, para una medida de seis familiares o amigos cercanos, cuyos dramas arrancan en el momento en el momento en el que el suicida decide poner fin a su sufrimiento quitándose la vida, por lo que la cifra de afectados rodaría la de siete  millones de personas al año. Y la tendencia sigue aumentando. [1]

Ed Harris como Robert Brown

Evidentemente la relación entre enfermedad y suicidio se hace obvia, por lo menos en la película: El trastorno bipolar y Virginia Woolf, La depresión mayor y Laura Brown, la enfermedad crónica (SIDA) y la depresión asociada en Robert Brown... En todo caso se hace obvia la relación entre depresión y suicidio. Sin embargo, y antes de seguir realizando algunas vinculaciones de nuestros protagonistas con el tema del suicidio me gustaría contemplarlo desde una perspectiva más filosófica y controvertidamente subversiva, como aquella que se deriva del pensamiento del filósofo rumano Emile Cioran.

1. CIORAN: UNA FILOSOFÍA DEL SUICIDIO Y LA LIBERTAD.

Hay en el pensamiento fragmentario, por aforístico, de este filósofo inclasificable una filosofía del suicidio que le confiere a éste una controvertida aunque interesante fuerza subversiva y que se resume muy claramente en un par de frases que dijo al respecto en una entrevista:

Me han preguntado porque no opto por el suicidio, pero, para mí, el suicidio no es algo negativo. Al contrario. La idea de que existe el suicidio me ha permitido soportar la vida y sentirme libre. No he vivido como un esclavo, sino como un hombre libre. [2]

Esta idea, con la que el autor fue consecuente, me parece mucho más interesante que aquella que especula con la muerte como una realidad potenciadora de la vida, la cual sólo tiene un sentido substancial cuando la muerte se hace presente como un Real. Una postura como la de Cioran ante el suicidio es la que le permitió también manifestar: He accedido a sufrir una relativa miseria con tal de preservar mi libertad. Cuestión esta finalmente esencial, la libertad como prioridad del ser humano. Esta postura ante el suicidio es perfectamente coherente con este vitalismo negativo que siempre exhibió Cioran:

La paradoja de mi naturaleza es la de que siento pasión por la existencia, pero al mismo tiempo todos mis pensamientos son hostiles a la vida.[3] 

O como diría más propiamente en su estilo aforístico:

Habiendo vivido día tras día en compañía del Suicidio, sería injusto e ingrato que lo denigrara ahora. ¿Existe algo más sano, más natural? Lo que no lo es, es el apetito rabioso de existir, tara grave, tara por excelencia, mi tara... [4]

Cioran es perfectamente consciente del conflicto entre la libertad del individuo y la presión social, y así escribe en Silogismos de la amargura:

La libertad es el bien supremo solamente para aquellos a quienes anima la voluntad de ser herejes.[5]

Emile Cioran
Y es aquí donde la visión de Cioran me parece original. Él no busca asustarse con la muerte para ser libre. Todo lo contrario. Se afirma en el acto de libertad de quitarse la vida para llevar a cabo su propio proyecto de hombre libre, lo cual confiere al suicidio un carácter esencialmente revolucionario y subversivo como pensamiento. La intensidad de la desesperación en Cioran (es famoso su aforismo El orgasmo es un paroxismo; la desesperación, otro. El primero dura un instante; el segundo una vida [6]) ya se manifiesta en su primera obra escrita con veintitrés años (En las cimas de la desesperación), y con ella ya va el germen de su filosofía que podría resumirse en libertad o suicidio. Ante la falta de sentido, la absurdidad de la existencia, la chapucería de la creación – palabras habitualmente suyas - sólo la libertad tiene sentido, y si ella no puede ser sólo queda el supremo acto de libertad: quitarse la vida, lo cual no sólo es el triunfo de la desesperación, sino también una acusación. Lo clarifica muy bien en la siguiente respuesta a una de las múltiples preguntas que le hicieron sobre su actitud hacia el suicidio:

Lo hermoso del suicidio es que es una decisión. [...] El del suicidio es un pensamiento que ayuda a vivir [...] He dicho que sin la idea del suicidio me habría matado desde siempre. ¿Qué quería decir? Que la vida sólo es soportable tan sólo con la idea de que podemos abandonarla cuando queramos. Depende de nuestra voluntad. Ese pensamiento, en lugar de ser desvitalizador, deprimente, es un pensamiento exaltante. En el fondo nos vemos arrojados a este universo sin saber por qué. No hay razón alguna para que estemos aquí. Pero la idea de que podemos triunfar sobre la vida, de que la tenemos en nuestras manos, de que podemos abandonar el espectáculo cuando queramos, es una idea exaltante [...] No necesitamos matarnos. Necesitamos saber que podemos matarnos. [7]

Lo original de su pensamiento se basa en esto: No necesitamos matarnos. Necesitamos saber que podemos matarnos. En esa idea se fundamenta el motor que en Cioran lleva a la libertad, por lo menos así en su caso.

Se podría argumentar facilmente que esto es una triquiñuela y, sin embargo, no lo es. La idea del suicidio como potenciador de la pasión por existir se fundamenta en que la existencia sólo tiene sentido desde la libertad. Cioran insta a preguntarnos si antes de la decisión final tenemos otras opciones, otros caminos, aunque en un cínico escéptico como él tome la forma de aforismos del tipo:

¿El secreto de mi adaptación a la vida? He cambiado de desesperación como de camisa. [8]

En todo caso nos insiste en  indagar, en persistir en la existencia... lo cual significa persistir en la libertad. La pasión de existir, o La tentación de existir (título de uno de sus libros más interesantes) sólo tiene sentido desde la pasión por la libertad.

2. EMILE DURKHEIM Y EL SUICIDIO.

En oposición al aspecto más individualista del suicidio destacado por Cioran, el sociólogo francés Emile Durkheim escribió un clásico sobre el tema que nos trae. En El suicidio (1897) Durkheim mantiene la posición de que el suicidio tiene su causa en factores sociales estableciendo una relación del individuo suicida como reflejo de una sociedad que denomina suicidógena. Desde esta perspectiva Durkheim destaca cuatro tipos de suicidio, cada uno de ellos en relación a un cierto tipo de modelo social:

- El suicidio altruista. Es el tipo de suicidio debido a una baja autoestima o a una  importancia devaluada del yo en relación con las necesidades o valores de una determinada sociedad. Obsérvese que, en cierta medida, esta visión del suicidio podría ser aplicable a los casos de Virginia y Robert en la película.

- El suicidio egoísta. Basado en la fragilidad de los vínculos, especialmente los familiares, y que implican una percepción de menor presión sobre la importancia del individuo en el mantenimiento y la cohesión de la sociedad.

- El suicidio anómico. Correspondiente a sociedades en vías o estado de desintegración... o de límites laxos y flexibles. La ausencia de referencias claras provoca un exceso de incertidumbre e inseguridad.

- El suicidio fatalista. Justamente el contrario del anterior. Es el propio de estructuras e instituciones rígidas y autoritarias que generan en el individuo la imposibilidad de ver salida más allá de ellas. Como un ejemplo que nos puede ilustrar este tipo de suicidio, poco desarrollado por Durkheim en su libro, podemos tomar el caso, del suicidio de Neil en el Club de los poetas muertos, quien siente imposible salir de la férrea disciplina y autoridad paterna en connivencia con la escolar. También, y desde esta perspectiva, se puede contemplar el caso de Laura y la posición de la mujer en la sociedad norteamericana de la posguerra en Las horas.


Neil, protagonista del Club de los poetas muertos.

çMás allá de las insuficiencias que se le pueden destacar a estas consideraciones de Durkheim, y algunos aspectos que ya se han superado de su visión, le queda el punto fundamental de haber destacado la importancia de lo social en su generación.

3. ENTRE CIORAN Y DURKHEIM.

Efectivamente, podríamos definir entre Cioran y Durkheim una zona de intersección intersección entre lo psicológico y lo sociológico, ya que lo primero es ineludible para que la presión de lo segundo lleve a ciertos individuos a considerar o ejecutar el suicidio. En todo caso, Cioran nos suministra el elemento psicológico básico que entra en juego en el suicidio: la desesperación; a la vez que Durkheim nos permite reflexionar sobre otro elemento importante: los factores desesperantes que una sociedad incluye. ¿Qué tercer elemento transforma el suicidio – como el caso de los abusos sexuales de la infancia – en un asunto ignorado por la sociedad? La respuesta está también implícita en las posiciones de Cioran y Durkheim: no hay duda que ésta tiene que ver con la acusación.

El suicidio no es sólo una forma de morir, es una acusación. Y en la incapacidad para replicar con la que nos deja el suicida radica la clave de la potencia de su acto [...]

Los ojos del suicida captan la imagen de un mundo despiadado, que le ha arrollado sin inmutarse. El que va a morir por su propia mano mira a la cara la muerte y nada detiene su incomprensible iniciativa porque absolutamente nada le reconforta. El suicida denuncia con su gesto todas las soledades, los abusos, la incomprensión, las injusticia y la violencia que quedarán sin resolver para siempre. Sus ojos han visto lo que duele vivir. Igual que petrifica la visión de Medusa, los ojos del suicida en el momento de morir nos congelarían el alma de tal modo que no podríamos sostener la mirada. En ellos se confunden la desesperación terminal con el reproche a un mundo que le ha vencido.[9]

Y es precisamente este comentario el que nos hace reflexionar sobre el por qué una da las causas que más número de muertes causa en el mundo sea uno de los más ignorados socialmente y con el que parece que no se tomen medidas como, por ejemplo, los accidentes de tráfico...  ¿Qué tabú social – como lo es también el tema de los abusos sexuales en la infancia – se ejerce sobre esta problemática?

4. EL SUICIDIO Y EL PODER.

Dimitris Christoulas
Una cosa que sorprende cuando se hecha una mirada a la problemática del suicidio es la postura que el poder social, político y religioso, sea del tipo que sea, siempre ha mantenido con él. Ya en tiempos de Grecia y Roma existía como un doble rasero para el suicidio: el suicidio honorable de las clases nobles era tolerado e incluso exaltado,  mientras que era despreciado y condenado cuando éste se daba entre los humildes y los esclavos, en lo que ya se refleja un claro sentido de posesión del amo sobre el esclavo. Esta actitud se mantuvo a lo largo de la historia  y se acrecentó desde que San Agustín viera en el suicidio un pecado a la voluntad de Dios -una variación más sobre la pareja amo – esclavo -. A la vez las penas y condenas eran cada vez más atroces: negación de la sepultura, descuartizamiento e incluso castigo a la familia y pérdida de propiedades. Y esa actitud, con más o menos excepciones y con mayores o menores intensidades en los castigos, se ha mantenido a lo largo de la historia. La posibilidad de que un individuo ejerza el uso de la libertad sobre la propia vida deviene en una de las revoluciones que potencialmente pueden conmover a una sociedad, aunque sea momentáneamente: recordemos el reciente suicidio de Dimitris Christoulas en Grecia, o las inmolaciones a lo bonzo de las que tantos testimonios hay en la historia. No se dice, pero Grecia ha pasado de tener la tasa de suicidios más baja de Europa a la más alta. De que nos habla todo esto... Como dice Juan Carlos Pérez:

La mera idea del suicidio es una acusación indirecta del poder político y, en su caso, también religioso. Es una evidencia de la ineficacia del poder a la hora de proteger, hacer justicia y proporcionar una vida satisfactoria a la población. Los suicidas desatan el remordimiento de  una sociedad incapaz de asegurar la felicidad de sus miembros... [10]

Y hay algo aun más sutil en el suicidio, algo que desde Freud está en la esencia del suicidio, una especie de asesinato del mundo:

¿A quién mata el melancólico, de quién se libera?. No se suicida él, sino que está asesinando al objeto amoroso que le ha abandonado. [11]

En palabras del analista junguiano Anthony Stevens:

Cuando se analizan los motivos de las personas que han intentado suicidarse, se  descubre generalmente un deseo de castigar al mundo que es más fuerte que el deseo de destruirse a sí mismo. Es el mundo de cada uno y su propia vida en ese mundo lo que se ha convertido en intolerable y lo que se ansia no es tanto la aniquilación personal como el cambio existencial.[12]

Todo esto indica, más que posiblemente que el poder teme el suicidio como lo que es: una medida de la insatisfacción del individuo en la sociedad que gestiona. Juan Carlos Pérez cita en su libro el caso que Colins Pritchard explica en su libro Suicide. The ultimate rejection (Suicidio. El rechazo final) acerca del malestar político de Margaret Thatcher cuando se publicaron en Inglaterra unas estadísticas que relacionaban claramente el aumento del índice de paro con el del aumento de suicidios.

El poder generalmente sólo ve en el ser humano un objeto de explotación o un objeto manipulación que lo confirme en su poder (eso es lo que se observa manifiestamente, con contadas excepciones, en las campañas electorales de las democracias parlamentarias)... Es por eso que el suicidio es un problema para el poder... porque ese acto terrorífico de libertad propia, de posesión de la propia vida hasta el punto de quitársela, se convierte de repente en una acusación frontal a los poderes que gestionan una sociedad.

Hay un factor que nos  habla claramente del miedo al suicidio por parte del poder y que sea la causa final por la que, más allá de la preocupación que genera en medios profesionales de la salud (psiquiatras, psicólogos, psicoterapeutas...), este sea un tema confinado socialmente al silencio y a la ignorancia: el factor de contagio.

5. SUICIDIO Y CONTAGIO: LA RELACIÓN ENTRE EL PODER Y EL SUPERYÓ.

Uno de los factores bajo el que se escuda la falta de información sobre este asunto es precisamente que el “conocimiento” del suicidio genera más suicidios... En algunos casos se ha asistido a lo que podríamos llamar verdaderas “epidemias” de suicidio. No obstante, más allá del hecho sobre el que se apoya o intenta justificarse la falta de información como “medida profiláctica” para que el suicidio “no se contagie”, eso nos tiene que hacer reflexionar sobre la naturaleza de la desesperación como un despertar a ese dolor del alma insostenible para la que el futuro, sentido como inevitable continuidad de un presente, se transforma en un sufrimiento insostenible para un ser humano. Así el conocimiento de los suicidios actuaría como una especie de golpe a la conciencia en la que un estado como el descrito, y como diríamos en gestalt, entra en confluencia con la muerte como liberación a la vez que como acusación. Una desesperación que transforma a la muerte en una seductora amante como en La canción de muerte de José de Espronceda de la que os paso la versión reducida que adaptó Paco Ibañez para ser cantada:


Débil mortal no te asuste
mi oscuridad ni mi nombre;
en mi seno encuentra el hombre
un término a su pesar.
Yo, compasiva, te ofrezco
lejos del mundo un asilo,
donde a mi sombra tranquilo
para siempre duerma en paz.

Soy la virgen misteriosa
de los últimos amores,
y ofrezco un lecho de flores,
sin espina ni dolor,
y amante doy mi cariño
sin vanidad ni falsía;
no doy placer ni alegría,
más es eterno mi amor.

Deja que inquieten al hombre
que loco al mundo se lanza;
mentiras de la esperanza,
recuerdos del bien que huyó;
mentiras son sus amores,
mentiras son sus victorias,
y son mentiras sus glorias,
y mentira su ilusión.

En términos clínicos podemos establecer que existe una relación basada en el mecanismo de defensa de la proyección entre el poder y la sociedad y el superyó del individuo. En este sentido parece importante contemplar este tema desde las siguientes palabras:

El superyó se sitúa entre la ley y el goce. La ley no prohíbe el deseo, prohíbe el goce. El yo del sujeto se identifica a la ley (superyó) y así continúa deseando. Renunciar al goce y seguir deseando es aceptar la castración. Pero, hay otro superyó alejado de la búsqueda del bien moral, que se empecina en el goce absoluto superando cualquier barrera o límite al mismo: Pulsión de muerte. Su origen debe remontar a algún tipo de traumatismo primitivo sufrido por el yo en un momento de rechazo de una palabra simbólica y que aparece como una figura feroz que generará una culpa como sentimiento inconsciente que necesita la expiación en forma de castigo. Se buscan obstinadamente culpas imaginarias sustitutas de la originaria. No es por ello extraño que el o la melancólica se vea envuelto en tramas y enredos que generan cierto grado de denuncia social, conflictos vecinales, amistades problemáticas…, y que al final llevan al: ¡Todo me pasa a mí!. Determinismo que denuncia que lo que se baraja en la culpa no es otra cosa que la tensión entre el Yo y el superyó. [13] 

Alejandra Pizarnik
A pesar de la dificultad del texto, en él se recoge que la tensión existencial que puede vivir un potencial suicida es producto de una percepción de su entorno de una dureza que, en todo caso, puede también referirse a la dureza con la que su propio superyó le persigue. De la misma manera que mediante la proyección ponemos fuera lo que está en nuestra propia psique, y de esa manera la voluntad de castigo del suicida es castigar su mundo, aniquilarlo, de cierta forma es también cierta que la reapropiación de la proyección nos debería indicar que el suicida aniquilándose a sí mismo quiere aniquilar a su superyó...  Alejandra Pizarnik, la poeta argentina que se suicidó a sus treinta y tres años parece definirlo muy bien en un fragmento de su texto titulado Sala de psicopatología (1971):

Para reunirme con el migo de conmigo y ser una sóla y misma entidad con él tengo que matar al migo para que así se muera el con y, de este modo, anulados los contrarios, la dialéctica supliciante finaliza en la fusión de los contrarios.
El suicidio determina
un cuchillo sin hoja
al que le falta el mango.
Entonces:
adiós sujeto y objeto,
todo se unifica como en otros tiempos, en el jardín de los cuentos para niños llena e arroyuelos de aguas prenatales,
ese jardín es el centro del mundo, es el lugar de la cita, es el espacio vuelto tiempo, y el tiempo vuelto lugar, es el alto momento de la fusión y el encuentro,
fuera del espacio profano donde el Bien es sinónimo de evolución de sociedades de consumo.
y lejos de los enmierdantes simulacros de medir el tiempo mdiante relojes, calendarios y demás objetos hostiles,
lejos de las ciudades donde se compra y se vende...

La desesperación, ese dolor profundo que nos deja sin recursos para perseverar en la existencia nos deja finalmente un último recurso, la fusión con la nada y que volviendo a Pizarnik en su constante revoloteo a la muerte y a la fascinación que ejerce le pone palabras como las que siguen:

La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante.

El silencio es tentación y promesa.

La noche, de  nuevo la noche, la magistral sapiencia de lo oscuro, el cálido roce de la muerte,  un instante de éxtasis para mí, heredera de todo jardín prohibido.

6. SUICIDIO E INFORMACIÓN.

Como tantos aspectos de nuestra sociedad occidental el problema del suicidio y de la información cuenta con una sencilla explicación:

... la sociedad contemporánea, exhibicionista hasta la médula, ha decidido esconder su herida más sangrante, ocultarla, avergonzada por una realidad que la cuestiona hasta lo insoportable.[14]

Con la misma hipocresía con la que cargamos contra el velo de la mujer musulmana corremos un tupido velo contra el continuo mercadeo del cuerpo de la mujer en nuestra sociedad: concursos de misses, cultura de la top model para nuestras hijas, pornografía humillante. Como dice Alain Badiou:

Es curiosa la rabia que varias señoras feministas (en Elle, por ejemplo) reservan a unas cuantas chicas con velo […] mientras que el cuerpo femenino prostituido está en todas partes; la pornografía más humillante es universalmente vendida; los consejos de exposición sexual de los cuerpos prodigado a lo largo y a lo ancho de las páginas de revistas para adolescentes. [15]

Refugiados en el miedo al contagio a nadie se le ocurre trabajar con la información adecuada (evidentemente no la que nuestros medios de información ofrecen en su mayoría, básicamente pendientes de “vender” noticias), ni tan siquiera reflexionar en términos de la prevención y el tratamiento adecuados de las enfermedades o trastornos psíquicos asociados que pueden llevar al suicidio. ¿Cuántos de nosotros sabemos que el día 10 de septiembre es el Día mundial para la prevención del suicidio desde el año 2007? ¿Cuántos gobiernos, cuantos medios informativos y periodísticos se han ocupado del asunto?



Creemos que por ocultar su existencia minimizamos sus efectos... pero esto es como utilizar la represión o la negación como mecanismo de defensa, y al hacerlo posiblemente también  favorecemos aun más su manifestación. Nuestra sociedad, fóbica al dolor, al sufrimiento, a la tristeza, pero generadora incesante de ansiedad, funciona negando su presencia o reduciéndola a “problemas psíquicos”... como si no fuera con ella. ¿Debe extrañarnos entonces  la cada día creciente epidemia que sufrimos de depresiones y de todo tipo de trastornos asociados a la angustia? ¿Si esto es así qué nos hace creer que no va a ocurrir lo mismo que con el suicidio? La represión social que se ejerce sobre el suicidio es muy posible que no sea más que una de sus causas al condenar al abandono a la persona necesitada de la adecuada prevención y ayuda.

7. HABLAR DEL SUICIDIO.

Si tienes un por qué para vivir, casi siempre encontrarás el cómo.
                                                                                        Nietzsche

Cartel sobre el caso de suicidio de un hombre
en Granada por deshaucio.

Nuestra sociedad ha desarrollado respecto al trastorno psíquico la misma política que con respecto a muchas cosas: reduccionismo a lo genético y a lo bioquímico... Y por lo tanto antidepresivos, antipsicóticos, ansiolíticos han tomado peso en su tratamiento. ¿Y el entorno, una variable indiscutible, qué hacemos con el entorno? Sorprende el olvido en el que quedan temas como la soledad o el abandono, o la falta de vínculos, o el peso de las exigencias y las expectativas sociales. Sin renunciar al tratamiento biológico y asu alcance, no deja de sorprender la creencia de que con sólo su utilización las cosas se solucionan, en todo  caso, y  como enunciaba en la anterior entrada, hay una tendencia a re-normatizar al ser humano, a devolverle mansamente a las normas y estilo de vida que justamente le han llevado a la enfermedad y a la desesperación.

Ahora bien... ¿No será éste un interesante punto de reflexión? El trastorno psíquico no estructural - y en cierta medida y con otros límites también en casos estructurales -, e incluso cuando amenaza con la ideación suicida,no deja de plantearse como una reflexión tras la que se oculta la necesidad de libertad, una necesidad que llevada al extremo de la desesperación conecta con la idea de la muerte como una acción liberalizadora, como un último bastión de libertad personal.

Sin embargo, esto no significa más que si en vez de re-normatizar seres humanos los acompañamos en un camino hacia una verdadera normalización, es decir, hacia la recuperación de sus propios recursos que le orienten a dar un mayor significado y contenido a su vida, esos individuos pueden salir de la desesperación (no recursos) a la confianza (recursos), al sentimiento de que tienen cosas que decir acerca de su vida, a elegir sobre ella y a poder manejarla. ¿Pero le interesa esto a nuestra sociedad? ¿De verdad creemos que a nuestra sociedad le interesan seres humanos con más libertad, con más capacidad de decisión? Esa es una pregunta profunda cuya respuesta puede provocar cierto terror responderla. A nuestra sociedad, y a nuestra industria farmacéutica, le interesa la creencia de la píldora milagrosa (¿no se vendió así, en su día, el famoso Prozac?), no como una píldora que lleva a nuestros afectados a más libertad, sino como una píldora que le dirige mansamente a aceptar las condiciones que una sociedad o  un sistema cada vez más discutible nos impone. E insisto, no tengo nada en contra de las píldoras si se las utilizan en su justa medida y en su justa aplicación – como disminuir el efecto nocivo de excesos depresivos y de excesos de angustia improductivos -, no como la solución del problema existencial que se oculta tras multitud de trastornos psíquicos y cuya orientación requiere de tratamientos más psicológicos o psicoterapéuticos. Ninguna pastilla puede sustituir lo que los vínculos afectivos y de acompañamiento comportan en la búsqueda hacia las propias respuestas.

El mensaje que puede ser problemático con respecto al suicidio es transmitir que hay otras opciones de experimentar la libertad en relación con la propia vida que no sea a través de la muerte como elección, que se puede perseverar en la pasión de existir si incorporamos mayores espacios de libertad en nuestra vida, mayores espacios de capacidad para decidir y que vayan dotando, como decía Jung, de un mayor significado y  sentido a nuestra vida.


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[1] Pérez, Juan Carlos. La Mirada del Suicida. El enigma y el estigma. Plaza y Valdés Editores, pág. 11
[2] Cioran, Emile. Conversaciones. Entrevista con Helga Perz. Tusquets editores. Marginales, pág.  28
[3] Ídem anterior, pág. 28
[4] Cioran, Emile. Ese maldito yo. Tusquets editores. Marginales, pág.
[5] Cioran, Emile. Silogismos de la amargura. Editorial Laia. El Barco de Papel, pág. 92
[6] Ver nota 4 
[7] Ver nota 2, Entrevista con Leo Gillet, pág. 73
[8] Ver nota 4, pág. 103
[9] Ver nota 1, pág. 15
[10] Ídem anterior, pág. 105
[11] Rebollo, Isidro. Melancolía. El dolor de existir. Enlace:
 http://www.xtec.cat/~irebollo/temas/melancolia.htm
[12] Stevens, Anthony. The roots of war and terror (Las raíces de la guerra y el terror). Continuum (London, 2004), págs. 232 y 233
[13] Ver nota 10
[14] Ver nota 1, pág.159
[15] Badiou, Alain. Filosofía del presente. Libros del zorzal, págs. 74 y 75.



lunes, 20 de agosto de 2012

LAS HORAS (PARTE I): UNA REFLEXIÓN SOBRE LA DEPRESIÓN Y LA CRISIS EXISTENCIAL


Con La película Las horas (2002) nos encontramos con cine en estado puro: una dirección de Stephen Daldry (Billy Elliot, The reader) en estado de gracia; un guion excelente de David Hare; la actuación de tres artistas mayúsculas: Nicole Kidman (Virginia Woolf), Julianne Moore (Laura Brown) y Meryl Streep (Clarissa Vaughan) apoyadas por secundarios de lujo como Ed Harris (Richard Brown) o Stephen Dillane (Leonard Woolf); y finalmente una banda sonora espléndida que capta la esencia del tema de la película compuesta por Philip Glass.

Las horas toma como punto de referencia la obra de Virginia Woolf “La señora Daloway”. Este libro es el nexo de unión de tres historias que ocurren en tres momentos distintos en el tiempo: la historia de Virginia Woolf con su enfermedad psíquica, el trastorno bipolar; la historia de Laura Brown, una ama de casa que vive desolada y sin sentido de la Norteamérica de después de la segunda guerra mundial, y posiblemente aquejada de un trastorno severo de depresión mayor; y finalmente de Clarissa Vaughan, una mujer situada en nuestros tiempos y que vive refugiada en la enfermedad de Richard Brown – su amor platónico de juventud -, un poeta y escritor víctima del SIDA a quien se esfuerza por cuidar.

La película constituye una profunda reflexión sobre la depresión, la crisis existencial y el sentido de la propia vida, el amor, la muerte y la libertad. Empezaremos por las historias de cada uno de sus personajes.

1. LOS PERSONAJES.

1.1. VIRGINIA WOOLF Y LEONARD WOOLF.

Se nos presenta a la escritora inglesa confinada en Richmond, un pueblo de los exteriores de Londres a causa de su enfermedad viviendo con su abnegado y amante esposo Leonard quien cuida de ella. La película empieza precisamente con su suicidio y con una parte del texto de la carta que dejo a Leonard, un texto ahora universalmente conocido que dice:

Virginia Woolf
Siento que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez. Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme. Así que hago lo que me parece lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que cualquiera podría ser. Creo que dos personas no pueden ser más felices hasta que vino esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo —todo el mundo lo sabe. Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo.

La enfermedad que aquejaba a Virginia era lo que actualmente se diagnostica como Trastorno bipolar, el antiguamente llamado ciclo maníaco-depresivo. Ella también representa el elemento reflexivo que se esconde detrás de todas las vivencias de los protagonistas de la película y que implica una difícil reflexión sobre los actos humanos cuando están implícitos la vida, la muerte, el amor y la libertad. Virginia se siente una muerta en vida que, involuntariamente, arrastra a Leonard en su infierno. Un momento crítico y precioso de la película es cuando Virginia quiere tomar el tren para marcharse de Richmond y volver a Londres. Justo entonces llega su esposo a la estación… El diálogo que se establece no tiene pérdida pues nos muestra ambos sufrimientos unidos por el amor y el miedo a la muerte: el del cuidado y el del cuidador. La necesidad de libertad de Virginia, y la de Leonard para que ella mantenga su equilibrio y su salud. Veamos algunos momentos de este diálogo:

Leonard: ¡Tú tienes una obligación con tu cordura!
Virginia: ¡Soy atendida por médicos! ¡A todas horas soy atendida por médicos que me informan de mis propios intereses!
Leonard: ¡Porque ellos los conocen!
Virginia: ¡¡Eso no es cierto!! ¡No conocen ni un ápice de lo que me interesa…!
Leonard: Virginia… Yo puedo entender que… que […] que es difícil para una mujer de tu talento aceptar que no es la más adecuada para juzgar su estado […] ¡Tienes un historial! ¡Un historial de confinamiento por tus continuos ataques, desmayos, las voces que oyes…! Te trajimos aquí para salvarte del irrevocable daño que pretendías hacerte… ¡Has intentado suicidarte dos veces! Vivo a diario con esa amenaza… Monté la imprenta… Montamos la imprenta no sólo per el hecho en sí, no estrictamente por eso, si no para que tuvieras a mano una fuente de ocupación y rehabilitación…
Virginia: ¿Cómo el punto de cruz? – responde irónicamente –
Leonard: ¡¡Todo se hizo por ti, se hizo para que mejoraras!! ¡¡Se hizo por amor!! Si no te conociera diría que esto es ingratitud…
Virginia: ¿Soy una ingrata? ¡Me estás llamando ingrata… A mi me han robado mi vida. Vivo en un pueblo que no deseo y vivo una vida que no deseo llevar […] Si pensara con claridad Leonard podría decirte que estoy luchando sola y envuelta en la oscuridad y que sólo yo conozco, solo yo comprendo mi propio estado… Y tu vives, dices que vives con la amenaza de mi extinción. Leonard, yo también vivo con ella. Ejerzo mi derecho, el derecho de todo ser humano, elijo no el asfixiante anestésico de los suburbios sino la violenta sacudida de la capital, esa es mi elección. A la paciente más humilde, a la más modesta le permiten dar su opinión en el modo de seguir su tratamiento. Así define su humanidad. Desearía por ti ser feliz en esta tranquilidad… pero si debe elegir entre Richmond y la muerte elijo la muerte.
Leonard: Muy bien… pues Londres. Volveremos a Londres.

Virginia no puede evitar contemplar el sufrimiento con el que Leonard dice esta última frase... La dureza de la situación se refleja en estas últimas imágenes en silencio de Virginia y Leonard, cuando se hace patente que se haga lo que se haga implica el sufrimiento del otro.


Nicole Kidman como Virginia Woolf

El silencio de Virginia revela su comprensión final: la dificultad de la libertad reside en situaciones como ésta, cuando libertad y amor no se encuentran por el sufrimiento que media entre ellos. Cuando la libertad es el sufrimiento del amor, o el amor es el sufrimiento de la libertad. Al final, la solución que halla Virginia es el suicidio, ya no como elección sobre la anestésica Richmond, sino como liberación de su propia muerte en vida y también de la de Leonard. La decisión de Virginia alrededor de esta situación es, desde su punto de vista, de una claridad impecable. Dice en otro momento a Leonard al hablar de la necesidad de que alguien debe morir en su obra La señora Daloway: Alguien tiene que morir para que los demás valoremos la vida. Establece un contraste.

Stephen Dillane como Leonard Woolf

Efectivamente, como iremos viendo con cada uno de los personajes la vida se reafirma ante la muerte: Leonard ante la de Virginia, Laura ante la amenaza de cáncer de una amiga suya y Clarissa ante la muerta de Richard Brown.



1.2. LAURA BROWN.

Laura es una ama de casa que ha perdido el sentido de su vida. Presa de una crisis existencial profunda, posiblemente aquejada de un trastorno depresivo mayor, siente su vida absolutamente vacía a pesar de tener un buen marido, un hijo y de estar esperando a otro. Presa de su mundo árido y perdido Laura tiene dificultades para expresar afecto, algo que su hijo, que luego la película nos revela como el poeta enfermo de sida Richard Brown – el protegido de Clarissa -, sigue constantemente a su madre, como si intuyera que esta pudiera desaparecer en cualquier momento. Laura es otra  muerta en vida confinada en su familia como lo era Virginia en Richmond. La película nos narra su abandonado intento de suicidio y como luego, tras la muerte de su hijo Richard, se revela que finalmente abandonó a su familia. El diálogo que establece con Clarissa es otra secuencia sin pérdida:

Tenía mis dos hijos. Les abandoné… Es lo peor que puede hacer una madre […] Hay momentos en que estás perdida y crees que lo mejor es suicidarte… Una vez fui a un hotel. Esa misma noche tracé un plan. Planeé dejar mi familia cuando naciera mi segundo hijo. Y eso hice. Me levanté una mañana, hice el desayuno, fui a la parada del autobús y subí a él. Había dejado una nota. Conseguí un empleo en una biblioteca en Canadá. Quizá sería maravilloso decir que te arrepientes, sería fácil. ¿Pero tendría sentido? ¿Acaso puedes arrepentirte cuando no hay alternativa? No pude soportarlo y ya está. Nadie va a perdonarme. Era la muerte, yo elegí la vida.


Julianne Moore como Laura Brown


3. CLARISSA VAUGHAN Y RICHARD BROWN.

La historia de Clarissa transcurre en 1991 y ella representa en la película la auténtica señora Daloway…  De hecho su día empieza como el de la protagonista del libro de Virginia Woolf, teniendo que organizar una fiesta para celebrar la entrega de un premio de poesía para Richard… Clarissa, como la señora Daloway, vive un mundo banal, un mundo en el que parece que vive más para Richard que para ella misma y en el que parece esforzarse para que tenga sentido y sea feliz para todos… excepto para ella misma.

Meryl Streep como Clarisa Vaughan

En un primer encuentro con Richard – quién la llama señora Dalloway – éste le dice algo muy significativo acerca de la fiesta que organiza para él: ¡Ah señora Dalloway… siempre organizando fiestas para disimular el vacío! Y un poco más adelante la conversación toma el siguiente giro:

Richard: ¿Te enfadarías si…?
Clarissa: ¿Si me enfadaría si no aparecieras en la fiesta?
Richard: ¿Te enfadarías si me muriera?
Clarissa: ¿Si murieras?
Richard: ¿Para quién es esa fiesta?
Clarissa: ¿Cómo para quién es… qué quieres hacer, qué estas insinuando?
Richard: No insinuo nada… Lo digo… Creo que sólo sigo vivo para satisfacerte.
Clarissa: Bueno… Eso es lo que hacemos todos. Lo hace todo el mundo… seguir vivos por los demás.
[…]
Richard: ¿Cuántos años hace que vienes ayudarme? ¿¡Qué pasa con tu vida!? ¿Qué pasa con Sally – la hija de Clarissa -? ¿Qué harás cuando me muera? Tendrás que pensar en ti misma. ¿Cómo reaccionarás?


Ed Harris como Richard Brown

Efectivamente Richard pone de relieve la realidad de Clarissa. Ella le necesita para dar sentido a una vida que transcurre vacía y sin sentido… Es algo que posteriormente se manifiesta definitivamente en un diálogo con su hija:


Clarissa: ... Voy a montar una fiesta... ¡Lo único que quiero es montarle esta fiesta! [...] Esta mañana me ha  vuelto a hacerlo... Me ha mirada de esa manera [...] Como diciéndome tu vida es trivial. Tú no eres tan trivial. Sólo haces cosas cotidianas, horarios y fiestas... y minucias. Eso me dice, me lo dice con esa mirada.
Sally: Eso sólo importa si crees que es verdad... (silencio de Clarissa) ¿¡Qué!? ¿Lo crees? Dímelo.
Clarissa: Cuando estoy con él... si, me siento viva. Y cuando no estoy con él... si, todo me parece un poco absurdo.

Clarissa se nos presenta como una personalidad confluente que vive a través del otro, que a través del otro participa de algo que no encuentra en ella misma, de un algo que no es más que el vacío experimentado como falta de sentido... El vacío estéril del que habla la gestalt, el vacío del que no logra emerger la propia fertilidad. En un momento de ese diálogo con su hija Clarissa dice: Aun recuerdo aquella mañana... Me desperté al amanecer, se abría ante mí un mundo de posibilidades... ¿Conoces esa sensación? Y recuerdo que me quedé pensando: Así que esto es el comienzo de la felicidad, donde empieza, y siempre habrá más. Nunca se me ocurrió que no era el comienzo, que era la felicidad. Un punto importante de reflexión, puesto que la felicidad son momentos y mucho con ella depende de cómo vivimos o aprovechamos estos momentos. Su hija antes la había respondido al respecto que eso es porque fuiste joven. Ese es un gran tema, el gran tema al que el ser humano se enfrenta con el paso del tiempo... La juventud nos ofrece un potencial de posibilidades, luego el paso del tiempo nos ofrece aquello que hemos hecho con ese potencial y las respuestas que hallamos no son siempre fáciles y satisfactorias. Frente a ese mundo de posibilidades se enfrenta el mundo de las decisiones, decisiones que poco a poco irán configurando un camino... hasta un momento en que el propio camino nos interroga acerca de su sentido y de cómo este da testimonio de nuestra propia vida. Este suele ser un momento complejo.

Como la señora Daloway de Virginia Woolf, la vida de Clarissa pasa entre las minucias y formalidades de una sociedad perdida en la imagen y los estereotipos, en los roles sociales, conceptos, todos ellos, en los que tanto énfasis ponemos en la gestalt como fuente de enfermedad psíquica e insatisfacción, finalmente el vacío de ser.

Ahora podemos ver como la serie de las tres historias de Virginia, Laura y Clarissa nos permiten reflexionar sobre las fronteras de la depresión y de su relación con las crisis existenciales.

2. LAS HORAS, LA DEPRESIÓN Y LA CRISIS EXISTENCIAL.

Hay como una reflexión implícita entre las tres mujeres y la depresión que puede establecerse como la frontera que hay entre la crisis existencial y la depresión (de Clarissa a Laura), y la depresión y las depresiones estructurales (de Laura a Virginia).

2.1. CLARISSA Y LA NEUROSIS: La pre-depresión o la crisis existencial.

Clarissa nos muestra el tipo de persona que puede desarrollar una depresión a menos que antes no tome consciencia de qué le ocurre a su vida, o lo que es lo mismo, el atreverse a preguntarse qué vida es la que se está llevando. El atreverse a preguntar si realmente estoy realizando, en la medida de lo posible, la vida que deseo o no hago más que llevar una vida en el fondo impuesta por las presiones sociales: se nos enseña muy bien a hacer los que “debemos” hacer. Como decía Lacan acerca de los regímenes políticos, sean del bando que sean todos marcan deberes, ninguno dice: ¡deseen! Clarissa vive para los otros y a través de los otros, no a través de sí misma. Recordemos: Eso es lo que hacemos todos. Lo hace todo el mundo… seguir vivos por los demás. Richard la descubre cuando le dice aquello de “organizando fiestas para así disimular el vacío”. Se observa en ella, hasta el momento en que se desmonta, la negación como mecanismo de defensa de evitación del dolor. A partir del diálogo con Richard, luego con Paul (el ex de Richard) y su hija, y finalmente tras escuchar a Laura, la madre de Richard, parece que Clarissa se da cuenta de la mentira en la que vive y a través de la que su propia vida se pierde. Es significativa esa escena en la que tras escuchar la historia de Laura y retirarse a su habitación besa apasionadamente a su compañera Anne como la primera manifestación en todo el film de su deseo...

Clarissa representa el estado de pre-depresión al que suelen en muchas ocasiones llevar nuestras neurosis que no son más que cárceles del ser, cárceles del ser que tienen el origen de su construcción ya en nuestra infancia (como con la depresión y el abandono posterior de Laura con el que probablemente se empezó a configurar la cárcel de Richard). Clarissa representa así la entrada en ese estado pre-depresivo que no es más que el desmoronamiento de las defensas neuróticas manifestándose como crisis existenciales, el malestar por la falta de contenido de la propia vida, ese estado que ya Jung definió como las crisis de la madurez o de la mitad de la vida, esas crisis que llevan a algunos a preguntarse qué estoy haciendo con la propia vida, con el tiempo que se nos ha dado. Generalmente son una encrucijada entre los cambios o la depresión, es decir, si uno  no se atreve a realizar algunos cambios respecto a su vida y a la actitud que mantiene hacia ella el riesgo es la enfermedad psíquica, la caída en la depresión. Al final de la película, y como cierre, Virginia dice unas palabras dirigidas a Leonard  que parecen hacer una exacta referencia al problema de actitud que aquí comentamos ahora y que también parece incluir una mayor comprensión de la vida humana en sí misma:

Querido Leonard mirar la vida a la cara... Siempre hay que mirarla a la cara y conocerla por lo que es. Así podrás conocerla, quererla por lo que es. Y luego guardarla dentro. Leonard guardaré los años que compartimos, guardaré esos años siempre, y el amor siempre, y las  horas...


Siempre que releo estas palabras me emocionan porque siento que mirar la vida a la cara es el mayor acto de vulnerabilidad que puede hacer un ser humano. Mirar la cara de la vida y de su increíble misterio desde la consciencia de ese ser que somos  para conocerla y quererla por lo que es, no por lo que nos gustaría que fuese o por las fantasías que nos hacemos acerca de lo que es, ambas siempre al servicio de nuestro narcisismo. Mirar la vida por lo que es, conocerla y quererla por lo que es, es tomar consciencia de su fragilidad, de su finitud en lo particular y su infinitud en lo genealógico, de su fuerza como fenómeno y de la fragilidad y provisionalidad de sus creaturas. Mirar la vida a la cara creo que es como mirar a Dios, una experiencia numinosa que nos coloca por delante nuestra pequeñez y nuestra vulnerabilidad ante la grandiosidad del misterio y la majestad de la existencia y la creación. Mirar  la vida a la cara es mirar lo que hay en ella de insondable como quererla es querer lo que hay en ella de inaprensible e incomprensible y guardar aquello que ella nos ha permitido vivir y que tan bellamente expresa Virginia: guardaré los años que compartimos, guardaré esos años siempre, y el amor siempre, y las  horas...

Antes esas palabras de Virginia, su mirar a la cara a la vida recuerdo dos momentos importantes. Uno la spalabras de Jung en su libro autobiográfico escrito con Aniella Jaffé:

Cuando se dice que soy sabio o un “erudito” yo no puedo aceptarlo. Una vez alguien llenó un sombrero con agua de un torrente. ¿Qué significa esto? Yo no soy este torrente, pero yo no hago nada. ¿Qué significa esto? Los demás hombres están junto a este torrente, pero piensan las más de las veces que ellos mismos lo hicieron. Yo no hago nada. No pienso nunca que soy quien ha de velar para que las cerezas tengan rabo. Estoy ahí maravillándome de lo que la naturaleza es capaz.

Existe una antigua hermosa leyenda de un rabí ante el que acudió un discípulo y le preguntó: “Antiguamente hubo hombres que vieron a Dios; ¿por qué hoy no los hay?” El rabí respondió: “Porque hoy nadie puede humillarse tanto”. Hay que humillarse algo para sacar agua del torrente.[1]

Jung esculpiendo piedra en Bollingen

Esa visión puede complementarse con los versos de Walt Whitman:

Me siento a contemplar todos los dolores del mundo, y toda la
       Opresión y vergüenza,
oigo los sollozos compulsivos, secretos, de los jóvenes en
       Conflicto con ellos mismos, arrepentidos de sus actos,

veo en el arroyo a la madre ultrajada por sus hijos, que muere
       Abandonada, extenuada, desesperada,
veo la mujer ultrajada por su marido, veo al infame seductor
       de las jóvenes,

observo el encono de los celos y del amor desdeñado que intenta
      ocultarse, veo estos espectáculos sobre la tierra,
veo los efectos de las batallas, de la peste, de la tiranía, veo
      a los mártires y a los prisioneros,

observo el hombre del mar y a los marineros echando suertes
      para ver cual morirá para salvar la vida de los otros,
observo las humillaciones y degradaciones impuestas por los
     orgullosos a los obreros, a los pobres, a los negros;

todas estas cosas, todas las vilezas y agonías sin fin me siento
     a contemplar,
a ver, a oír, y permanezco mudo.

¡Oh mi yo! ¡Oh vida!, de sus preguntas que vuelven,
del desfile interminable de los desleales, de las ciudades llenas
      de necios,
de mí mismo, que me reprocho siempre (pues, ¿quién es más
      necio que yo, ni más desleal?)
de los ojos que en vano ansían la luz, de los objetos despreciables,
      de la lucha siempre renovada,
de los malos resultados de todo, de las multitudes afanosas y
        sórdidas que me rodean,
e los años vacíos e inútiles de los demás,
la pregunta, ¡Oh mi yo!, la pregunta triste que vuelve – qué
       de bueno hay en medio de todas estas cosas, oh, mi yo, oh
       vida?

Que estás aquí – que existen la vida y la identidad,
Que prosigue el poderoso drama, y que puedo contribuir con un
       verso.[2]

Walt Whitman escribiendo sus poemas

Y que se conjugan en las siguientes palabras de Jung:

El mundo en el que nacemos es rudo y cruel y al mismo tiempo de belleza divina. Es cuestión de temperamento creer qué es lo que predomina: el absurdo o el sentido. Si el absurdo predomina se desvanecería en gran medida el sentido de la vida en rápida evolución. Pero tal no es – o me parece ser – el caso. Probablemente, como en todas las cuestiones metafísicas, ambas cosas son ciertas: la vida es sentido y absurdo o tiene sentido y carece de él. Tengo la angustiosa esperanza de que el sentido prevalecerá y ganará la batalla.[3]

Veamos por lo tanto que para el ser humano vida y sentido se dan la mano... ese parece ser ese elemento insondable que oculta el rostro de la vida: ¿tiene sentido? Jung y Whitman parecen darnos una pista sobre ello: la respuesta está en nosotros, en cada uno de nosotros. La respuesta parece vincularse a qué sentido la daremos nosotros a nuestra propia vida. Clarissa representa la pérdida de sentido, del propio sentido, precisamente porque ha perdido la capacidad de mirar a la vida de frente... por eso corre el riesgo de enfermar, por eso se halla en ese estado pre-depresivo que caracteriza las crisis existenciales, una interrogación sobre que sentido le está dando ella a su propia vida.


Es importante, no obstante, destacar que tanto Virginia como Robert se suicidan y en ambos está la visión de que con su muerte se produce una liberación (el poeta debe morir, el visionario dice Virginia)... Dice Virginia en su carta de despedida a Leonard: No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé. Y le dice Richard a Clarissa: Creo que sólo sigo vivo para satisfacerte. Ambas decisiones se enmarcan dentro de esa frase de Virginia a Leonard hablando del desenlace del libro de La señora Daloway: Alguien tiene que morir para que los demás valoremos la vida. Establece un contraste.

Más allá de esta consideración en la segunda parte que le dedicaremos a esta película abordaremos la relación que en ella se plantea entre libertad, amor, vida y muerte.

2.2. LAURA Y LA DEPRESIÓN.

Laura es la persona que al no poder tomar decisiones (más allá del momento histórico y de la dificultad de la mujer en aquellos días de los años 50 correspondientes a la posguerra) cae plenamente en una depresión severa (un trastorno depresivo mayor)  que se observa en distintos aspectos de su comportamiento y que, desde un punto de vista gestáltico, se caracteriza por un estado general de desenergetización... una desenergetización vital en toda la regla que se manifiesta como tristeza, sentimientos de vacío y sinsentido, irritabilidad, desesperanza, sentimientos de culpabilidad, melancolía y aridez afectiva... y que en muchas ocasiones viene acompañado de su consecuencia más grave como son los pensamientos de suicidio y los intentos (un 66% de los casos piensa en ello y un 15% lo intenta). Recordemos que en un momento de la película Laura se prepara en un motel para suicidarse. Más allá de los tratamientos bioquímicos con antidepresivos y ansiolíticos que, en su justa medida, ayuda a su tratamiento, una depresión, como opinan muchos psicoterapeutas de distintas orientaciones no deja de ser una oportunidad. ¿Una oportunidad de qué? Adecuadamente tratada y bien seguida y aceptada, una depresión es una oportunidad para el cambio. De hecho en el fondo de  una depresión de estas características está la necesidad de cambio. Ver la depresión como una consecuencia de una vida sin sentido o, peor aun, basada en falsos sentidos, nos da la oportunidad de contemplarla como una reacción psíquica consecuencia de llevar una vida, o de aparentar una imagen - La señora Daloway -que no tiene tanto que ver con nosotros. Cabe ver en la depresión una forma reactiva de la psique por la que un individuo se ve lanzado a cuestionarse su vida, puesto que la vida que hasta ahora ha llevado es la que le ha abocado a la depresión. El analista junguiano Thomas Moore nos da una adecuada visión de las depresiones existenciales, no estructurales, cuando dice:

Debido a su doloroso vacío, suele ser tentador buscar una forma de salir de la depresión. Pero penetrar en el estado de ánimo y los pensamientos que la caracteriza puede ser profundamente satisfactorio. A veces se describe la depresión como un estado en el que no hay ideas… nada a lo cual aferrarse. Pero tal vez tengamos que ampliar nuestra visión y advertir que el sentimiento de vacío, la pérdida de los puntos de referencia familiares y de las estructuras vitales y la desaparición del entusiasmo son elementos que, aunque parezcan negativos, pueden ser apropiados, y que es posible usarlos para aportar una nueva imaginación a la vida. [4]

Ortega y Gasset [5] transmite con más intensidad la vulnerabilidad implícita en ese “mirar de frente a la vida”. En el estremecedor relato de Laura a Clarisa, de quien es su  justo opuesto, se observa el náufrago que halló finalmente el lugar donde agarrarse y que la llevó a ordenar su vida aunque ello implicara decisiones dolorosas, muy dolorosas: ¿Acaso puedes arrepentirte cuando no hay alternativa? No pude soportarlo y ya está. Nadie va a perdonarme. Era la muerte, yo elegí la vida.

Hay un momento especialmente delicado y tierno cuando Laura asiste al entierro de Richard y tras su diálogo con Clarissa, ya en la habitación que se ha dispuesto para ella, que es la habitación de Sally, recibe la visita de ésta y tras unas breves palabras donde Laura se disculpa por quitarle momentáneamente su lugar, Sally se dirige a ella y la abraza ante su evidente sorpresa...

El abrazo de Sally a Laura

Cuando tanto impera el juicio banal, simple, barato e ignorante el abrazo de Sally deviene una bocanada de aire fresco, oxígeno para una atmósfera densa, una mirada más profunda y sensible que contempla la historia de una vida no desde la simpleza superficial de los hechos, sino de los significados y motivaciones que se ocultan tras estos... Cuando hoy asistimos a políticos que gestionan cuestiones humanas como burócratas encartronados en sus miopías morales, cuando no con un cierto ribete sádico inquisitorial como es el caso de nuestro ministro de justicia Alberto Ruiz Gallardón, el abrazo de Sally, la más joven, nos llega como una profunda enseñanza, un abrazo que de manera intuitiva parece comprender la dificultad, el dolor y el sufrimiento que se hallan tras ciertas decisiones que marcan una vida, un abrazo mucho más espiritual que toda esta serie de hipocresías religioso-político-sociales que tanto vociferan en nuestra sociedad atreviéndose a cuestionar la libertad individual única que hay implícitas en ciertas decisiones sobre la propia vida.

2.21. LA DEPRESIÓN: ENTRE LA NORMATIZACIÓN Y LA NORMALIZACIÓN.

El tratamiento de una depresión no estructural nos abre a una de las dicotomías que ya en su día Fritz Perls puso de relieve en general dentro de todos los marcos que envuelven al ser humano. ¿De qué se trata este asunto? El tratamiento de la depresión nos lo plantea: ¿se trata de curar cuanto antes al enfermo en el sentido de normatizarlo, de devolverlo a la sociedad de la misma manera por la que entró en la depresión, o se trata de normalizarlo, de que el individuo desarrolle una cura basada en un cambio de actitud que le ponga más de acorde con su propia vida? No hace falta reflexionar mucho para comprender que nuestro estilo de sociedad desea seres normatizados que no se planteen grandes cosas sobre la propia vida, sobre sus deseos y la actitud con la que quieren afrontarla... Nuestro estilo de sociedad nos ánima a no mirar de frente a la vida, a no querer conocerla ni quererla, porque quién lo hace ya no puede sostener la falsedad y la  hipocresía sobre la que se sustenta nuestro estilo de sociedad. Quizá por ello no nos debe extrañar que nuestra sociedad es la sociedad angustiada y depresiva por excelencia (ahí están las estadísticas para mostrarlo). Como dice Thomas Moore:

En una sociedad que se defiende contra el sentimiento trágico de la vida, se presenta la depresión como un enemigo, como una enfermedad irredimible; y sin embargo, en una sociedad como ésta, consagrada a la luz, la depresión adquiere, en compensación, una fuerza excepcional. [6]


No es de extrañar que en los últimos tiempos hayan surgido algunos libros como el de Erik G. Wilson titulado Contra la felicidad. En defensa de la melancolía y en el que se nos ofrecen reflexiones interesantes alrededor de la depresión y la melancolía:

Al ser víctimas de la tristeza, inevitable como el respirar, debemos aceptar un hecho que el mundo odia: estamos incompletos y siempre lo estaremos, no somos sino fragmentos de un todo inasible. Nuestra naturaleza inacabada – nunca somos realidades puras, sino vagas posibilidades – vive en lucha constante, en un combate con lo que es permanentemente desconocido. Pero esa extensión en el abismo es también nuestra salvación. No ser sino un fragmento es esforzarse siempre por algo que está más allá de uno mismo, por algo trascendente, por una posibilidad inexplorada, por una avenida desconocida. Ese esforzarse es siempre un acto de libertad, optar por un camino en lugar de otro. Aunque es una labor ardua, requiere prestar atención constante a nuestros interiores misteriosos y cambiantes, y también es extática, un sondeo casi infinito de los enigmas del Ser. [7]

O el excelente libro sobre Melancolía del filósofo Laszlo Földeny, del que nos ocuparemos en la parte II dedicada a esta película, y que refuerzan las palabras de Thomas Moore cuando dice:

podemos ver la melancolía más bien como una manera válida de ser que como un problema que es necesario arrancar de raíz. La madurez destaca los aromas y sabores de una personalidad. El individuo emerge con el tiempo, tal como crece y madura la fruta. En la visión del Renacimiento, la depresión, la maduración y la individualidad van juntas: la tristeza de envejecer forma parte del proceso de convertirse en individuo. Los pensamientos melancólicos van tallando un espacio interior donde la sabiduría puede instalar su residencia. [8]


Pero eso sólo es posible si el tratamiento y el seguimiento de la depresión es el adecuado, teniendo en cuenta el dolor y el sufrimiento que el proceso comporta. Y lo adecuado, una buena combinación del tratamiento bioquímico y del psicológico, es el tratamiento dirigido a "normalizar" y  no a "re-normatizar" al paciente. La comprensión más profunda de este proceso lo abordaremos más definitivamente en la próxima entrada en la que relacionaremos la depresión y la melancolía con la libertad, el amor, la vida y la muerte.


3. VIRGINIA Y LA DEPRESIÓN PSICÓTICA.

El caso de Virginia Woolf, posiblemente aquejada de un trastorno bipolar I, nos enfrenta con una temática de otro orden al encontrarnos con eso que denominamos depresión estructural, es decir, esa frontera existente entre lo neurótico y lo psicótico. Tanto Virginia como Richard manifiestan en distintos momentos de la película que oyen voces, un síntoma presente en las psicosís y en ocasiones en los episodios maníacos del trastorno bipolar. El caso de Virginia y Leonard, como en cierta  medida el de Clarissa y Richard (no sólo aquejado de depresión sino de SIDA) nos enfrenta al problema de la relación del enfermo con la enfermedad psíquica crónica que le aqueja y a la relación del enfermo psíquico crónico con sus seres queridos y con la sociedad que le rodea. Y más cuando el tipo de relación que la enfermedad psíquica a la que aquí nos referimos tiene que ver con aquello que tradicionalmente ha sido identificado con el fenómeno de la locura.

Quizá el fenómeno que nos tiene que hacer reflexionar al respecto, cosa que choca una vez más con nuestra sociedad occidental, tiene que ver en como integrar a esa persona y no en como marginarla, aunque a veces sea una marginación disimulada en ropajes de seda. El alegato de Virginia “Ejerzo mi derecho, el derecho de todo ser humano, elijo no el asfixiante anestésico de los suburbios sino la violenta sacudida de la capital, esa es mi elección. A la paciente más humilde, a la más modesta le permiten dar su opinión en el modo de seguir su tratamiento. Así define su humanidad” es un alegato complejo en tanto en cuanto implica a los seres que les acompañan... Es esa mirada de Victoria a Leonard cuando éste accede a volver a Londres a la vez que también muestra su desesperación. Ese momento claro en el que se hace presente que la decisión de uno implica el sufrimiento del otro. Hoy por hoy no tengo clara cual es la respuesta a esta complejidad... aunque sospecho que algo de la solución pasa por complementar los distintos tratamientos con el desarrollo del elemento creativo, formas de expresión artística del complejo mundo simbólico del psicótico, algo que, en su monento, Jung vio con precisa claridad y que tiene su máxima expresión en su conocido Libro rojo.

El libro rojo de Jung: imagen de Filemón

Si bien no tuvieron nunca el seguimiento adecuado, artistas de los que, por ejemplo como en Virginia, se sospecha la bipolaridad, hallaron sus mejores momentos cuando canalizaron su energía en la expresión artística: Van Gogh o Jackson Pollock son dos ejemplos.

Jackson Pollock en plena creación

Los poemas del último Hölderlin irían también por ese camino. Así también William Blake, Von Kleist, Camille Claudel, Robert Schumann, Mark Rothko, Antoni Artaud, etc. Hay algo en la visión de la locura que se empareja con la visión del genio, el problema es la contención y los límites, por ello el control y el tratamiento es imprescindible para que lo creativo no derive en sí mismo en destructivo. Hablaremos más de ello en el siguiente artículo que dedicaremos a esta película. Este aspecto de lo creativo como soporte terapéutico tiene también sentido para la depresión no estructural.



[1] Jung, C. G. Recuerdos, sueños y pensamientos. Editorial Seix Barral,  pág. 359
[2] Whitman, Walt. Hojas de hierba
[3] Ver nota 1, pág.
[4] Moore, Thomas. El cuidado del alma. Todo el capítulo 6. Ediciones Urano
[5] El texto completo de Ortega y Gasset en la Rebelión de las masas dice:  La persona de cabeza clara es la que se libera de esas “ideas” fantasmagóricas y mira de frente a la vida, y se hace cargo de que todo en ellas es problemático, y se siente perdida. Como esto es la pura verdad – a saber, que vivir es sentirse perdido -, el que lo acepta ya ha empezado a encontrarse, ya ha comenzado a descubrir su auténtica realidad, ya está en lo firme. Instintivamente. Lo mismo que un náufrago, buscará algo a que agarrarse, y esa mirada trágica, perentoria, absolutamente veraz, porque se trata de salvarse, le hará ordenar el caos de su vida. Estas son las únicas ideas verdaderas: las ideas de lo náufragos. Lo demás es retórica, postura, íntima farsa. El que no se siente de verdad perdido se pierde de forma inexorable; es decir, no se encuentra jamás, no topa nunca con la propia realidad.
[6] ïdem nota anterior
[7] Wilson, Erik G. Contra la felicidad. En defensa de la melancolía. Editorial Taurus, pág. 177
[8] Ver nota 4.

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ALGUNAS PELÍCULAS DE INTERÉS: CREATIVIDAD Y DEPRESIÓN.



EL LOCO DEL PELO ROJO (1956)

Director: Vincente Minnelli
Actores: Kirk Douglas, Anthony Quinn, James Donald

Película basada sobre la vida y obra de Van Gogh. Kirk Dougles - practicamente un doble de Van Gogh . interpreta convincentemente el mundo inestable por el que transitó la vida y la obra de este genio de la pintura.







POLLOCK (2000).

Director: Ed harris
Actores: Ed Harris, Marcia Gay Harden, Val Kilmer

Película basada en la vida y obra de Jackson Pollock que cuenta con dos grandes interpretaciones de Ed Harris (Pollock) y de la que fue su pareja Lee Krasner, interpretada por Marcia Gay Harden.





LA PASIÓN DE CAMILLE CLAUDEL (1988).

Director: Bruno Nuytten
Actores: Isabelle Adjani, Gérard Depardieu

Pelicula basada en la tormentosa relación de Camille Claudel y Rodin, así como en su obra y posterior enfermedad de Camille.






SHINE, EL RESPLANDOR DE UN GENIO (1996).

Director: Scott Hicks
Actores: Geoffrey Rush, Armin Mueller-Stahl, Lynn Redgrave

Película basada en la vida, enfermedad y recuperación - dentro de los márgenes de su enfermedad - del pianista David Helfgott (Geoffrey Rush). Muy impactantes las imágenes acerca de la relación en su infancia con su padre (extraordinario Armin Mueller-Sthal)





LLÁMAME PETER (2004).

Director: Stephen Hopkins
Actores: Geoffrey Rush, Charlize Theron, Emily Watson


Película basada en la vida del actor Peter Sellers (Geoffrey Rush) que pone énfais en su difícil relación con su madre y la mujer en general.