La dificultad de sostener emocionalmente el acompañamiento a la muerte lo observamos también al inicio de la película cuando Ángel (Rudy Galván), el médico de paliativos, les dice: "No son sólo los cuerpos los que determinan cuanto tardamos en morir [...] La mente es igual de importante que el cuerpo. Y aquí es donde pueden serle de ayuda por si está aguantando y no quiere irse por miedo. Pueden ayudarle haciéndole saber, asegurándole que puede irse en paz. La mente no cura o retrasa la enfermedad, no en este estadio, pero si ve que todo va bien, que ustedes se llevan bien, se lo facilitará." Mientras Ángel habla la cámara enfoca a cada hermana y podemos ver en ellas la angustia que sus palabras les genera.
Veamos ahora el posicionamiento de cada hermana ante el hecho de la próxima muerte de su padre.
I. LAS TRES HERMANAS.
I.1. Katie.
Encarna la defensa por control: ante la inminencia de la muerte, transforma la angustia en gestión. Su frialdad y operatividad no es ausencia de afecto, sino un modo de no desbordarse emocionalmente a base de norma, orden y protocolo. Sin embargo, pronto se hace patente la tensión con Rachel, a la que podemos ver como su opuesto. Como suele ocurrir en estos casos, el ideario del “programa” que Katie propone:
Lo que quiero, espero, no es complicarle innecesariamente la vida. Que no nos tomemos a mal nada. Si no estamos de acuerdo lo solucionamos, sin liarla, sin gritar y nada que le moleste. Lo hablamos como adultas. Ya tenemos una edad.
entra répidamente en conflicto frontal con su reactividad proyectiva, que la vuelve especialmente agresiva con Rachel. Y, como suele suceder, ocurre lo contrario de lo propuesto:
El pasado quedó en el pasado. No importa ahora. Si hay algo que hablar ya se hará. Espero que lo entiendas. Estoy muy triste. Tú también. Las tres. Es duro. Duele. No hay que complicarlo.
para, de inmediato, mostrar su disgusto y entrar en conflicto por no haber gestionado la ONR (Orden de No Reanimación), poniendo de relieve —como ya vimos— su posición persecutoria y normativa de manera casi compulsiva: emite juicios sin profundizar en las causas de aquello que enjuicia.
I.2. Rachel.
Se presenta como “pasota”, sarcástica y fumadora; pero esa máscara funciona como defensa ante dos cosas: (a) la desubicación identitaria (no pertenecer del todo al “núcleo” biológico de las otras dos) y (b) el contacto con la decadencia del padre (la habitación, el cuerpo, el final). Por eso alterna la evitación (habitación propia, banco en la calle, marihuana) con una especie de desafío insolente que, en realidad, la protege.
En relación con Katie se posiciona como su opuesto: pasota y descarada, representa con precisión la posición del “perseguido” que, mediante rebeldía y desdén, desafía a su perseguidor sacándolo de sus casillas. Por ejemplo, ante la acusación de Katie de fumar y “colocarse” estando su padre enfermo, le responde:
Voy muy ciega, me pongo fina. Lo primero que hago es liarme un peta. Me fumo, mínimo, cuatro al día. El motivo: me sale del higo [...] A papá no le importa, he fumado a su lado todo este tiempo y no le ha importado nunca, de hecho le gusta el olor, siempre me lo ha dicho.
I.3. Christine.
La hermana mediana se nos muestra —valga la redundancia— como la hermana mediadora. Emocional y sensible, con una dimensión espiritual y armónica, en ocasiones un tanto impostada y complaciente (como si necesitara que el dolor sea “bien llevado” para que no la desorganice). Dentro de estos parámetros también se presenta como una “gran madre” de su hija Mirabella, y orgullosa de su familia. Precisamente esa dimensión parece ser su modo de afrontar —y compensar— el dolor del acompañamiento a la muerte del padre.
Como le dice a Rachel: “Esta habitación —en relación a la del padre— te saca de la realidad. Es bueno salir y ver la vida.” Vemos aquí una escisión significativa entre muerte y vida, pues ambas forman parte de lo real: la muerte y la vida, Vinny y Mirabella.
A pesar de su actitud más comprensiva y próxima hacia Rachel, no deja de hacerse patente un factor diferencial que la une a Katie como hija del mismo padre y de la misma madre. Con todo, Christina será la detonante para que se sienten juntas y, precisamente, puedan hablar de ese “pasado que no queda en el pasado”, sino que continúa activo en el presente.
II. LAS TRES HIJAS.
El punto de inflexión surge en lo que podríamos llamar el paso de las tres hermanas a las tres hijas: cuando el centro ya no es solo el roce entre ellas, sino la relación de cada una con el padre que se está muriendo. En ese desplazamiento aparece un tercer término —Vinny como eje— que reordena lo fraterno: obliga a nombrar pertenencias, heridas antiguas y, finalmente, a reconocer un vínculo común.
II.1. Esclarecimiento de la realidad de los vínculos a partir del padre.
En una conversación cargada de tensión, Christina intenta formular un deseo de lazo con Rachel:
Christina (a Rachel): Esperaba crear un vínculo real contigo para empezar...
Rachel: Ah... Que bondadosa... y sincera. Yo pensaba que ya lo teníamos.
Christina: No, uno de verdad.
Rachel: Esto es lo que hay... Chicas, no hay que forzarlo, somos muy distintas. Pero vosotras sois de la misma madre...
Katie: Y padre.
Esa puntualización final de Katie nombra el punto ciego del sistema familiar: la diferencia de origen que, aun cuando no se verbalice, organiza la desubicación de Rachel. Ella lo capta y lo devuelve con una emoción que no discute el amor, sino la legitimidad del lugar: "Ya lo sé. Él también es mi padre. También es mi padre. Es tan mío como vuestro... "
Pero la frase de Katie (“Tu padre es otro”) vuelve a fijar la diferencia como frontera. Rachel entonces dice en voz alta lo que siempre ha estado de fondo:
Ahí lo tenéis. Esto es lo que siempre ha estado de fondo. Yo tenía un padre y murió, y Vinny me adoptó. Lo entiendes. No me parece tan difícil de entender. Es Vinny quien me adoptó, por lo que es mi padre y el vuestro. El que está aquí muriéndose es mi padre. Es mi padre.
Y con ello despeja otra sombra: ella no está en esa casa “por la casa” —como si fuera una ventaja o un privilegio— sino por el padre; y, aun así, repite más de una vez que no desea quedarse.
II.2. El padre de todas.
El siguiente paso será la escritura de una esquela en la que cada una de ellas empieza a manifestar su experiencia del padre. A la versión formal de Katie aparece la versión humorística de Rachel para acabar con la más espiritual de Christine, quien dice unas palabras de su padre acerca de la muerte: "la única forma de resumir la vida, la única forma de ponerla en perspectiva, lo que la persona era, como amaba y cuanto... La única forma de expresar lo que es la muerte es la ausencia. Lo demás son fantasías."
Y aquí es muy interesante la reflexión de Rachel a Katie en relación a esta última frase (y en relación también con su hija), en el sentido de que solo la ausencia del otro, al que nos somete la muerte, nos permite verle como un todo sin estar sujetos a la parcialidad del momento en el que lo vivimos.
La muerte es ausencia y que “lo demás son fantasías”, pone en primer plano un fenómeno muy clínico: el paso de la figura al fondo. Mientras el otro está, lo vivimos por recortes: lo que hoy nos falta, lo que hoy nos hiere, lo que hoy nos irrita. La ausencia, en cambio, fuerza una integración: el otro aparece como totalidad y el conflicto pierde parte de su tiranía. Por eso, a partir de ahí, Katie puede aflojar el control y la culpa deja de buscar un culpable; la relación empieza a moverse del juicio a la presencia.
Y es por ello que, en ese momento Katie puede abrir a Rachel sus emociones (en ese momento la ve toda): "Siento no haber venido para ayudarte con papá - llora - .... Se que es difícil. Y espero que no te vayas del piso [...] porque quiero que permanezca en la familia". Entra entonces Christine - quien las ha escuchado - y les propone entrar las tres juntas a ver a papá.
La cámara enfoca la puerta entreabierta de la habitacion del padre, y mientras sueña el pitido del monitor de control se oye sus voces diciendo: "Hola, papá. Mira con quien estás. Con tus tres niñas..."
II.3. El padre con todas.
De pronto parece que el padre quiere salir de la cama. Las tres lo ayudan a sentarse en un butacón, y asistimos a una ensoñación intensa en la que Vinny convoca a sus hijas y también a Bliss, un amor de juventud que no quería que ellas dejaran de conocer: “un amor que me cambió para siempre”.
En el camino hacia la muerte —tanto de quien se dirige hacia ella como de quienes lo acompañan— se revela algo esencial:
mientras hay vida, hay vida. Y a veces, en el último tramo, la muerte potencia la vida hasta el último hálito, ofreciendo una oportunidad de cerrar aquello con lo que uno se va y aquello con lo que otros se quedarán.
En unos pocos minutos vibrantes de
Jay O. Sanders, Vinny dice aquello que no pudo decir, mostrando la importancia de
nombrar el amor cuando aún es posible. Su frase clave reorganiza el sistema:
Rachel es vuestra hermana. Es mi hija. No la crié como si lo fuera, es mi hija. Si la sangre hubiera sido importante tendriais un padre muy distinto.
A Katie le hasbla de lo mucho que en realidad la quiere Rachel, y de que el problema viene de lo mucho que se parecen (la enantiodromía, o los opuestos que se trozan, se invierten y se tocan): "Quiero que lo intentéis cuando me vaya. Sé que podéis llevaros mejor que en el pasado."
Y a Christina le reconoce una carencia antigua: la poca atención que recibió, su dolor por la muerte de la madre (que ella parecía llevar bien, pero que tan sólo lo parecía), y su propio punto ciego por estar atrapado en su duelo, y porque luego se enamoró de la madre de Rachel. A la vez, la valida como madre y como continuidad:"Pero a tu niña no le faltará de nada. Te he visto, veo el amor que sientes por ella - Mirabella - , por David, por quien sea que venga por si decides tener más hijos. Te doy las gracias, ¡gracias por hacerlo mejor que tu padre, por hacerlo bien!
Por fin, como hijas, ahora son hermanas. Tras su muerte, vemos como cada una de ellas vuelve a su vida, pero ahora saben que son una familia: "PAPA PATO DIJO: BEEP, BEEP, BEEP... Y A LAS TRES PATITAS LOCAS VIO REGRESAR."
III. CONCLUSIÓN
“La muerte es ausencia”. En esa frase cabe todo: lo que se va no es solo un cuerpo, sino una voz, una rutina, una posibilidad de reparar. Y, paradójicamente, es esa ausencia futura la que permite ver al otro entero, no por partes: no ya como “el padre de ellas” o “mi padre”, sino como un todo que sostiene —y también hiere— a cada una de maneras distintas. Cuando el tiempo se acorta, las hijas comprenden que la disputa es un lujo: lo real es lo que quedará. Y por eso el vínculo, de pronto, se vuelve urgente y sencillo: estar, decir, despedirse. En Las tres hijas, ese paso —de la crispación a la presencia— es el que convierte a las tres hermanas en tres hijas y, finalmente, permite que vuelvan a ser hermanas.
Una película que tanto en sus medios, como en su argumento, nos hace comprender que, en muchas ocasiones, la profundidad se halla en la sencillez.