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miércoles, 15 de julio de 2026

VALOR SENTIMENTAL (Joachim Trier, 2025): DEL TRAUMA INTERGENERACIONAL Y EL ARTE COMO CAMINO DE REPARACIÓN.

 

... no había usado "reñían", si no que sus padres hacían  ruido. Y si había algo que a la casa le gustaba aun menos que el ruido era el silencio. (Valor Sentimental )

Valor Sentimental (Joachim Trier, 2025) fue una de las películas revelación del 2025 y una de las películas más galardonada en Europa. Multinominada para los premios Oscar, finalmente recibió el Oscar a la mejor película internacional. Bajo la dirección, y también coguionista con Eskil Vogt, de Joachim Trier, la película aborda la difícil relación de un padre, Gustav Borg (como siempre, un excelente Stellan Skarsgard) con sus dos hijas, Nora y Agnes (también excelentes Renate Reinsve e Inga Ibsdotter). Calificada de una película de corte bergmaniano, no obstante, presenta sus peculiaridades y su sello distintivo.

Efectivamente, cuando fui a verla iba un tanto determinado por ese sello "Bergman" con la que me había llegado en comentarios y en algunas reseñas que había leído. Sin embargo, y sin dejar de poder verla desde este punto de vista, me parecieron interesantes algunos abordajes que podemos considerar diferenciales. Desde este punto de vista, creo que hay tres puntos muy específicos a destacar:

1) No es tanto una película en la que hablan los diálogos entre protagonistas - como sería más el estilo bergmaniano - como las imágenes, las actitudes y los silencios de los personajes en relación a la que no se dice, a lo que no se aborda y que, a su vez,  se desplaza de manera indirecta al guion de la película que Gustav quiere filmar, y que se convierte en un espacio intermedio (al estilo de un objeto transicional a lo Winnicott, o de un temenos, un espacio seguro y simbólico a lo Jung) donde el trauma puede empezar a ser abordado. 

2) El trauma intergeneracional de los suicidios que no son integrados (la madre y la esposa de Gustav, y la tendencia que se apunta en Nora, en quien se observa su estado depresivo .

3) La relación entre las hermanas y de estas en relación con la figura paterna.

La película empieza en el funeral de la madre de Nora y Agnes, y a la cual asiste Gustav, lo cual ya nos permite observar la relación tensa entre él y Nora, y la más relajada e incluso más cariñosa con Agnes. Tensión que se acrecentará cuando Gustav le ofrece a Nora trabajar en un papel creado para ella, de una película suya (después de 15 años de no dirigir), y a lo que ella no accede.

Dadas las características de la película me ha parecido adecuado para este comentario hacer una reflexión lineal, en el sentido de ir descubriendo la película en la medida que avanza.

1. NORA: LO JODIDA QUE ESTOY 

Cuando su padre se fue para no volver, se aligeró. El ruido de sus padres desapareció, pero echaba de menos los demás sonidos del padre. (V. S.)

Nora, la hija mayor de Gustav, se presenta, como ella misma dice, como “alguien jodida”, consecuencia de una infancia marcada por el abandono paterno por un lado, y por una madre depresiva a la que, en cierto modo, tuvo que cuidar, junto con su hermana Agnes, de quien también se hizo cargo. En ella se percibe un aire depresivo y melancólico, un bajo tono energético y una intensa contención emocional.

Nora

Y a ese respecto hay algo que llama la atención, y que caracterizara a la película, cuando le dice a su hermana acerca de su profesión de actriz:

Lo que más me gusta es el proceso de construir un personaje, entrar en esa perspectiva, meterse en los sentimientos al interpretar a otra persona, que creo que es lo que me da más seguridad a la hora de sentir mis cosas.

Agnes, invocando a su madre, que era psicoterapeuta, le indica acertadamente que: "Vamos, que no quieres ser tú. Es casi lo que parece".  Y es cierto, hay algo en Nora que parece no habitarse a sí misma, como si algo de ella, como ocurre en la melancolía, se hubiera perdido en su propia historia y ella tuviera un déficit de ser.

II. GUSTAV Y EL SUICIDIO DE SU MADRE.

En esta fase de la película se nos presenta la historia de Gustav, claramente marcada por el suicidio de su madre, Karin. Su vida estuvo atravesada por el encarcelamiento que sufrió a partir de 1943, tras enrolarse en la resistencia, y por los dos años que pasó en el campo de concentración nazi de Grini, en Noruega. Aunque nunca habló de ese período, Agnes descubrirá que allí sufrió crueles torturas. Tras la guerra, Karin se casó y tuvo a Gustav. Un día se suicidó en la casa.

Gustav Borg

Observamos en ella esa imagen del dolor de un trauma infantil que nunca pudo ser integrado y que, como consecuencia, se cierra a lo emocional y se refugia en la distancia. Es algo que se refleja en Gustav de manera muy parecida a Nora, en una melancolía de lo perdido que deja el ser roto y que, como vemos en distintas ocasiones se refugia en el consumo de alcohol. Hay tanto en él como en Nora una desesperación latente, algo que les coloca un tanto fuera de la vida. Trauma que también adquiere esa dimensión del trauma intergeneracional al quedar Gustav con un manejo emocional muy básico que se refugia en una fuerte dificultad con el compromiso, y en la distancia. Todo ello devendrá también en el trauma de Nora.

III. LAS MIRADAS QUE SE BUSCAN PERO NO SE ENCUENTRAN.

Se siente en la tensión emocional entre Gustav y Nora la dificultad de poder expresar a cada uno que le ocurre con respecto al otro. Gustav se defiende en la distancia, la frialdad emocional y un cierto cinismo. Nora en la ira que siente. Y, no obstante, se nota en ellos esa ansiedad que marca lo necesidad de encontrarse. Una búsqueda que no se encuentra. Es algo que observamos en distintos momentos de la película, especialmente a través de las miradas, como también en la negativa de Nora para interpretar el papel que ha sido concebida para ella y, al mismo tiempo el disgusto porque Gustav le ofrezca este mismo papel a Rachel Kemp (Elle Fanning), una estrella de Hollywood.

Las miradas que se buscan y no se encuentran.

Este aspecto se hace presente cuando, en una escena, Nora se siente comparada al hablar Gustav de Rachel: "Rachel, por ejemplo, ha empezado a desarrollar cosas por su cuenta. Ahora tiene una productora y... bueno es muy complicado ser actriz. No decides nada, te limitas a esperar a que alguien te quiera. A largo plazo no es bueno. Presiona la autoestima y la necesidad de atención se vuelve insoportable..." A todo esto no deja hablar a Nora (no la escucha), cuando ella quiere dar su opinión. A partir de ese momento se tensa la conversación y los reproches de Nora se suceden, hasta que Gustav le dice: "Oye, sé que te ha resultado difícil. Te entiendo perfectamente. Pero estás muy enfadada. No es fácil querer a alguien que guarda tantísima ira. ¿Sabes?" 

Y, sin embargo, la ira de Nora es la ira y el resentimiento del apego. Nora aun espera, espera que su padre la vea, que su padre sepa quién es, que la conozca, que se interese genuinamente por ella, y al mismo tiempo no puede manifestarle cómo se siente. Por eso su mundo emocional se canaliza entre la tristeza melancólica y la ira, y su guion de vida en relación al padre que se reactualiza constantemente.

- La desesperación.

Tras esta escena vemos a Nora andar sola por las calles. Luego, en un cambio de escenario, la vemos entrar en una habitación en la que se derrumba y estalla en un profundo dolor, un dolor que vas más allá del dolor de la herida de abandono original, y que se relaciona con el dolor de la desesperación, con ese dolor del apego que no suelta, y que al no hacerlo se expone y reexpone en lo que acaba siendo una continua reactualización de la herida. Un sufrimiento por insistir en lo que no se puede dar por la limitación de Gustav. Un sufrimiento por no aceptar el dolor de la herida original, y seguir exponiéndola a la ausencia de un padre que nunca acaba de llegar.

Aquí, no obstante, tenemos ya una pista: al alejarse la cámara para ampliar el plano, vemos que hay más gente observando en lo que parece una escena de una película que se está filmando... 

La desesperación de Nora

IV. LA SOBREPOSICIÓN DEL TRAUMA INTERGENERACIONAL: DE GUSTAV A NORA.

Como va a ocurrir a partir de este momento, las escenas del guion y de la película de Gustav irán dando paso a la integración del trauma intergeneracional. En este sentido, será Rachel Kemp quien, a la hora de leer un texto, le manifieste su duda acerca de a quién se lo lee, a quién va dirigido. Al preguntarle Gustav a quién le parece que se dirige, Rachel responde que a su madre. Al interpretar el texto, Rachel se emociona profundamente:

Vale. Tuve una especie de crisis. Estaba otra vez sola en casa. Tumbada en la cama. Llorando. Ya sé que todo el mundo se echa en la cama a llorar, pero alguien dijo que rezar no es hablar con Dios en realidad. Es reconocer la desesperación. Tirarte al suelo porque es lo único que puedes hacer. Es un poco como tener el corazón roto. Y pensar: “Por favor, llámame; por favor, perdóname; por favor, déjame volver. La había cagado. Y estaba sola, llorando. Y entonces por primera vez me senté en el suelo a rezar. No sé muy bien a quién se lo dije, pero lo dije en voz alta: “Ayúdame, no puedo seguir así. No puedo hacerlo sola. Quiero un hogar. Quiero un hogar.”


No se nos escapa que estas palabras ponen voz a la escena anterior, a la desesperación de Nora, pero no sola a la suya, también a la de Gustav. Ambos están unidos por los traumas que se dan la mano en la pérdida de un padre ella, de una madre él. Todo el dolor silenciado, todo el sufrimiento acarreado. Contemplamos el rostro emocionado de Gustav que parece incluir en él sufrimiento de la madre que se suicidó, el del niño que la perdió, el del adulto que sigue cargándolo, y el del padre que, a través de Rachel, parece sentir el de su hija también.

Gustav y Rachel: interpretando el monólogo.

El guion, la obra, los intérpretes, como ese temenos que invoqué al inicio del comentario, empiezan a movilizar lo sucedido en la historia de Gustav, en la de Nora y también en la de Agnes, como veremos más adelante.

V. LA TRISTEZA Y LA DEPRESIÓN.

Sin embargo, fuera del mundo de la ficción todo parece continuar igual: las mismas actitudes, el mismo distanciamiento, la misma frialdad, las mismas agresiones más o menos pasivas. Rachel contacta con Nora para entender por qué ella ha rechazado el papel que su padre le había ofrecido. Hay un momento de su dialogo que me parece interesante:

Rachel: ¿Por qué no quisiste el papel?
Nora: No puedo trabajar con él.
Rachel: ¿Por qué?
Nora: No podemos hablar.
Rachel: Pero él quería que tú lo hicieras. 

Rachel y Nora

Es significativa esa apreciación de Rachel de que "él quería que tú lo hicieras". Como diciéndole que algo le estaba ofreciendo o diciendo algo a través de ese papel. En temas que atraviesan de manera tan compleja las relaciones entras padres e hijos, es importante estar abierto a cuáles son las comunicaciones posibles y no las imposibles. La complejidad de un tema como un trauma intergeneracional, requiere de una decidida voluntad de intentar comprender a todas las partes, y de ejercer una reparación a sus heridas tan profundas. Quizá no de la manera que nos gustaría en un plano individual, pero si de una manera posible que incluye también las limitaciones y efectos que el trauma determina.

En relaciones tan dañadas, a veces el reconocimiento no llega en la forma esperada —una conversación directa, una disculpa, una presencia cálida—, sino de manera lateral, simbólica o torpe. En este caso, el papel ofrecido a Nora podría ser una forma limitada, insuficiente, pero real, de aproximación por parte de Gustav.

Tras esto asistimos al detonante de la crisis que llevará a Noa a una profunda tristeza y al borde de un estado depresivo. Gustav no asiste - cuando había dicho que sí lo haría - al estreno de una obra de teatro de la que Nora es la protagonista. No está allí, una vez más no está allí... No está allí para contemplar el éxito de su interpretación, para acompañarla en un día como este. Una vez más su mirada no encuentra la de su padre, una vez más entra en un dolor que no puede manejar, un dolor que no expresado la lleva al borde de la depresión y a tener que cancelar sus representaciones.

VI. GUSTAV Y RACHEL, COMO MEDIADORA EVANESCENTE.

La relación entre Gustav y Rachel nos da ocasión de ver como se muestra a través de su trabajo como creador y director de cine, Como si solo fuera en este contexto en el que pudiera relacionarse desde otro punto de vista. Con Rachel - como ocurrió con Agnes cuando participó en una película suya - vemos un Gustav mucho más cercano, cálido y comprensivo, más acompañante y más aligerado. Es como si en este contexto, quizá protegido por la obra y su imagen de director, pudiera soltarse lo que como padre no sabe.

En ese sentido, vemos al Gustav más cercano y comprensivo precisamente cuando Rachel le propone dejar el papel, un papel para el que no se siente capaza de encarnarlo como él desea. En todo caso Rachel representa aquello que ni él ni Nora son capaces de hacer: mostrarse desde su vulnerabilidad, y al mismo tiempo desde su convencimiento.

Rachel: Es que no quiero fallarte [...] ¿Soy solo yo? Es que no lo veo claro. Y tú tampoco lo ves claro, a que no, a que yo haga esta película.
Gustav: Pos supuesto que sí...
Rachel: Yo creo que no. A ver, me pediste que me tiñera el pelo del mismo color que tu hija, y esto no está saliendo como esperabas. ¿Acaso me equivoco? No te convence para nada, ¿verdad? Y no quiero decepcionarte. Lo siento.

Y aquí es como si todas estas palabras son aquellas que se podrían pronunciar entre padre hija, en especial cuando Gustav le dice: "Te he fallado yo Rachel. Perdóname. Muchas actrices seguirían, aunque no lo vieran claro, o lo dejarían en manos de su agente. Pero tú has venido aquí. Eres buena persona."

Te he fallado yo, perdóname. ¿Tanto cuestan de pronunciar estas palabras de un padre hacia su hija, hacia sus dos hijas? Sin embargo, desde un punto de vista del trauma no integrado, probablemente el suicidio de su madre le comporta una fuerte disociación con la que pretende soterrar su sentimiento de culpa - tan habituales en los traumas de infancia - que le afecta por igual al sentimiento de culpa por el daño causado a la hija. la diferencia con Rachel es que con ella no hay historia biográfica, es como si pudiera pedir perdón "a tiempo", sin la carga del tiempo mediado por el abandono, la distancia y la frialdad, como si este tiempo hubiera hecho mucho más densa la culpa.

Te he fallado, perdóname

De hecho, Gustav solo logra algo en este sentido cuando se emborracha y le deja a Nora un mensaje torpe, confuso, pero en el que también se ve su necesidad de hablar: "Hola Nora. Oye, quería llamarte para decirte que... que tenemos que hablar. No puede ser. No me gusta ir al teatro, por ejemplo. Es que bueno, no es que no me guste el teatro, no es eso, es solo que... que no soporto verlo [...] Yo soy una persona sensible y tú eres una persona sensible, somos iguales en eso, qué cojones?"

En todo caso, Rachel funciona, por seguir la expresión utilizada por Jameson y Žižek, como una especie de mediador evanescente: una figura que no pertenece propiamente al núcleo traumático familiar, pero que permite que algo de ese núcleo empiece a desplazarse. Ocupa provisionalmente el lugar de Nora, interpreta un texto que no ha sido escrito para ella aunque la atraviese, recibe de Gustav unas palabras de reconocimiento y disculpa que él no puede dirigir todavía a sus hijas, y, precisamente por eso, hace visible la posibilidad de una reparación que aún no puede darse directamente. Su función es mediadora porque abre un paso; y es evanescente porque, una vez cumplida esa función, deja de ser el centro del conflicto.

VII. LA MEDIACIÓN DE AGNES.

Y aquí entra en juego Agnes, la hermana pequeña, quien a pesar de mantener una actitud más cercana y cariñosa hacia el padre, será la que mediará entre ambos para que se dé un encuentro posible. Y así, tras una discusión sobre si Erik, el hijo de Agnes, debe participar en la película, o no, como Agnes ya lo hizo en su infancia, y tras no sentirse escuchada por su padre le dice lo siguiente acerca de cuando participo en la película de su padre:

Agnes: Si, si, estuvo muy bien papá fue fantástico. Es lo mejor que me ha pasado en la vida, pude compartir un tiempo contigo. Me hiciste sentir la persona mejor y más importante del mundo, y luego desapareciste otra vez.
Gustav: Pero fue fantástico...
Agnes: Si, pero no lo entiendo. No entiendo cómo puedes pasar de un extremo a otro. Como puedes ser tan cercano y autentico y luego largarte, y que sea otra persona lo más importante del mundo.

Agnes formula exactamente el dolor que infringe Gustav, quien solo parece poder compartirse desde su profesión y su arte, aunque fuera de él sea tan distante y frío. Tan encerrado en su propio mundo que no percibe el daño que provoca cuando le da a un ser humano lo que más quiere y luego se lo arrebata.

Agnes: No entiendo cómo puedes pasar de un extremo a otro.

Y en relación a Nora, es ella quien, tras haber leído el guion, le dice:

Está muy bien. No es para nada como me lo había imaginado. En fin, sé que no quieres saber nada de esto, pero me gustaría que lo leyeras... Es que me pareció que iba sobre ti, o que lo hubiera escrito para ti. No trata de su madre ni nada de eso. Bueno... 

Y entonces viene el momento crítico cuando le pide que lea el mismo texto que leyó Rachel (ver más arriba), Nora accede y se va emocionando con el avance de la lectura hasta llegar al momento más emotivo al pronuncia r las palabras de“Ayúdame, no puedo seguir así. No puedo hacerlo sola. Quiero un hogar. Quiero un hogar.” Y luego se retira a leer el guion entero, mientras Agnes pone un poco de orden en su casa. Luego, sencillamente se sienta a su lado... acompañándola.

Agnes y Nora

El papel de Agnes es muy bello en la escena final de esta visita, en la que descubrimos que Nora tuvo un intento de suicidio desconocido por su padre, pero que como dice Agnes, observando también esa sobreposición de traumas: "Yo pensé lo mismo. ¿Cómo se ha enterado de ese tema? Hay muchas cosas de su madre, pero hay escenas que parece que estaba ahí, mientras tu pasabas por aquello..." Y Nora responde: "Pero él no estaba. La que estabas eras tú".  

Y también cuando ante la pregunta de Nora de por qué "tú estás tan bien y yo tan jodida. ¿Cómo eres tan buena persona con la infancia que tuvimos?"  Agnes responde:

Hay una gran diferencia en cómo nos criamos tú yo. Yo te tuve a ti [...] Tú no me fallaste cuando mamá estaba como ausente. Me lavabas el pelo... me peinabas, me llevabas al colegio. Me sentía segura.

La diferencia entre Nora y Agnes no está en que una sea débil y la otra fuerte, sino en que una tuvo una figura de sostén y la otra no. Agnes pudo desarrollarse mejor porque Nora hizo, para ella, una función materna auxiliar. Pero esa función tuvo un coste para Nora: cuidar a la hermana mientras ella misma quedaba sin ser suficientemente cuidada.

Nora y Agnes

VIII. EL INICIO DE LA REPARACIÓN.

Tras la retirada de Rachel de la película Gustav se emborracha y sufre una crisis que le lleva al hospital. Agnes ha sido mediadora entre Gustav y Nora, diciéndole al primero el daño que les implicó su intermitencia en el contacto, su distancia y su frialdad, y a la segunda que lea el guion que su padre le propuso, que habla sobre ella. Las hermanas recuerdan quien han sido la una para la otra... Ambas acompañan a su padre en el hospital.

La película acaba con el final del rodaje de la película interpretada, ahora sí, por Nora y con la participación de Erik (el hijo de Agnes). Por fin, y a través del guion y la película, Nora puede interpretarse a sí misma y Gustav dirigirse a sí mismo. El dolor del padre y el de las hijas se encuentran y se reconocen, por fin las miradas que se buscan se encuentran, las palabras pueden pronunciarse. Todo el dolor acumulado entre generaciones, de Gustav a Nora, no solo puede contenerse y empezar a comprenderse, y quizá el primer signo de esa reparación es que ese dolor es transformado en arte, en una de esas funciones del arte que es también la de cuidar las heridas.

No se trata aquí de una reparación completa, ni de una reconciliación idealizada, sino de algo más humilde y, por eso mismo, más verdadero: la posibilidad de que aquello que durante años permaneció silenciado encuentre una forma, una escena y una mirada capaz de sostenerlo.


Por fín las miradas que se buscan se encuentran.




domingo, 22 de marzo de 2026

SUEÑOS DE TRENES (TRAIN DREAMS, CLINT BENTLEY, 2025): Melancolía y "el entre dos muertes".


Últimamente he estado teniendo sueños,
sueños locos que no puedo explicar:
una mujer parada en un campo de flores,
una locomotora chillona.
Sueños locos que sigo durante horas,
y no puedo empezar a describirte cómo se siente

(Sueños de trenes. Nick Cave & Bryce Dessner)

Hay películas que no terminan cuando aparecen los créditos. Su eco continúa tras el impacto de sus imágenes y de su historia, y algo nos dice que hemos quedado capturados en una región de la memoria donde ya no sabemos bien si lo recordado pertenece a la película o a algo nuestro que la película ha rozado. Sueños de trenes (Clint Bentley, 2025) es una de ellas. Su historia deja una huella en el espectador. Su belleza no es decorativa, sino expresiva; no embellece el dolor, sino que lo acompaña con una delicadeza extraña, como si supiera que hay pérdidas que sólo pueden aprehenderse poéticamente.

 

Desde sus primeras imágenes, la película de Clint Bentley sitúa su relato en una frontera. La llegada del ferrocarril a las tierras salvajes de Idaho, a comienzos del siglo XX, no sólo anuncia la expansión del progreso sobre la naturaleza, sino también el choque entre dos mundos. El tren aparece como emblema de civilización, sí, pero también como fuerza que la atraviesa a riesgo de arrasarla. A veces se dice que construir un puente consiste en unir dos orillas. Pero no toda unión es encuentro. También hay uniones que son invasión y conquista, la desaparición de un mundo bajo el peso de otro.

 

La voz en off lo dice con palabras poéticas:

 

“Una vez hubo pasajes hacia el viejo mundo, sendas extrañas, rutas veladas. Con sólo doblar una esquina te topabas cara a cara con el gran misterio, el fundamento de todas las cosas, y aunque ese viejo mundo ya no exista, aunque haya sido enrollado cual pergamino y encerrado en algún lugar, aún puede sentirse su eco.”

 

Ese eco recorre toda la película y persiste luego en nosotros. Recorre, sobre todo, la vida de Robert Grainier, interpretado por Joel Edgerton con una sobriedad admirable. Porque Robert pertenece también a una frontera que no es sólo geográfica ni histórica, sino otra más íntima y silenciosa: la frontera de quienes parecen vivir siempre un poco al borde, sin llegar a habitar del todo su propia vida.





I. ROBERT GRAINIER: MELANCOLÍA Y EL "ENTRE DOS MUERTES".

Esa frontera extraña en la que se solapan mundos —la naturaleza salvaje invadida por la civilización— se convierte, más allá de las transformaciones sociales que implica, en una metáfora de ciertas vidas que quedan atrapadas en un umbral. Vidas que, como intersección de mundos, no acaban de pertenecer a ninguno de ellos; vidas suspendidas entre un pasado desolado, un presente sin rumbo y una ausencia de futuro. Su historia no es sólo la de un duelo congelado por la muerte de su esposa y de su hija, sino también la de un nacimiento que, como ser arrojado a la existencia, crece sin referentes que lo sostengan ni lo contengan: un limbo existencial entre el nacer y el no nacer. Desde el comienzo percibimos en él algo anterior a la tragedia que vendrá después. Antes incluso de la pérdida de su esposa y de su hija, Robert ya parece habitado por una forma de intemperie y desolación.

No sabe exactamente cuándo nació. No sabe cómo perdió a sus padres ni nadie se lo contó. La violencia forma parte de sus primeros recuerdos, como si el mundo se le hubiera presentado desde muy pronto no como morada, sino como desamparo. La película lo muestra como un ser apenas inscrito, como alguien que vive sin verdadero amparo simbólico, sin relato de origen, sin una pertenencia nítida. Hay vidas que parecen llegar al mundo con retraso; vidas que, antes de empezar, ya llevan dentro una ausencia, y quizá también un sentimiento de culpa por existir.

                                                                                                                                                                                      

Quizá por eso Robert encarna tan bien una cierta figura de la melancolía. No la tristeza sin más, ni siquiera el duelo en sentido estricto, sino algo más radical: una dificultad de estar plenamente vivo, una especie de suspensión del ser. Aquí es donde la lectura lacaniana del “entre dos muertes” se vuelve sugerente. No porque Robert sea una figura equivalente a la Antígona de Lacan, sino porque también él parece habitar, a su manera, una zona intermedia, una frontera en la que la vida no termina de ligarse del todo al deseo, a los otros y al mundo. Como si algo en él hubiera quedado desde siempre un poco fuera del tiempo. De ahí también la forma singular de belleza trágica que sugiere el personaje. Pero la suya es una belleza que podemos situar en la dignidad de la sobrevivencia melancólica, caracterizada por un “entre dos muertes” en el que el ser mora ligado a un espacio de espectros que ni viven ni mueren.

 

Durante años vive “sin norte ni propósito”. Nada despierta su interés. La existencia pasa ante él como pasan los trenes: con estruendo, con polvo, con dirección, pero sin que él suba realmente a ninguno. Sin embargo, lejos del heroísmo ético de Antígona, la melancolía de Robert hallará un respiro provisional en el encuentro amoroso.


II. EL ACCESO A LA VIDA A TRAVÉS DEL AMOR.

.(Voz en off): ... nada despertaba su interés, hasta que un día conoció a Gladys Holding [...] Se le despertó un interés por ir a misa que jamás había sentido. Y a los tres meses ya eran inseparables.

Robert será sacado de ese “sin norte ni propósito” y de ese “nada despertaba su interés” a través del acceso al amor que recibirá, y que también dará, a Gladys Holding (Felicity Jones) y luego a su hija Kate. El amor hecho mirada, escucha y palabra, hecho caricia y deseo, hecho proyecto común, reencarnará a Robert en el mundo de los vivos. Después de tanto tiempo en el “entre dos muertes”, el amor le descubre el sentido y le da acceso a la vida.

Eso es lo conmovedor de esta parte de la película: nos muestra hasta qué punto una existencia puede despertarse gracias a algo tan humilde como la intimidad compartida. Una mirada, una voz, el gesto de regresar a casa, la conciencia de que hay un lugar donde uno es esperado. A veces el sentido de una vida no llega como revelación, sino como calidez, como presencia, como la súbita evidencia de que alguien pronuncia nuestro nombre y, al hacerlo, nos trae al mundo.


La vida de Robert transcurre entre los períodos en los que puede estar felizmente con su familia y aquellos otros que le obligan a alejarse para trabajar y ganar dinero. El trabajo como leñador, o en el ferrocarril, es duro, y junto a algunos personajes con los que entabla cierta amistad también se suceden la muerte violenta y los accidentes. La impotencia con la que presencia el asesinato de un compañero asiático le genera un sentimiento de culpa que le pesa, aunque nada podía hacer.

 

¿Tú crees que las malas acciones nos persiguen toda la vida?” - le dice a su amigo Arn Peeples (William H. Macy) -


Y ese pesar le hace temeroso de aquello con lo que la culpa suele venir acompañada: el castigo.


Voz en off: A Grainier le preocupaba que algo terrible anduviera tras él, que la muerte le pillara allí, lejos del único lugar en el que quería estar.


Y quizá toda melancolía conoce esa pesadumbre silenciosa: la sensación de que lo terrible no llega del azar, sino de alguna culpa o deuda secreta, una culpa de límites poco precisos que se encarna en unas cosas y en otras, aunque quizá en Robert esté en el simple hecho de haber nacido.


Poco podía imaginar que aquello terrible que creía que le perseguía iba a arrebatarle no la vida, sino justo el lugar en el que quería estar; iba a arrebatarle aquello que más quería, aquello que le había devuelto a la vida y dado un sentido.


III. SE TIRARÁ DE UN HILO QUE ACABARÁ DESCOLGÁNDONOS...

Hay en Sueños de trenes la sensación de que el hombre puede dominar la naturaleza: se talan bosques centenarios, las vías penetran en su interior sin miramientos. “Habéis demostrado quién manda”, dice un capataz. Y, sin embargo, esa épica del dominio contrasta con la visión trágica del niño que juega a ser dios. El viejo Arn Peeples lo expresa con delicada sensibilidad:

 

Talamos árboles que llevan aquí 500 años. Nuestra alma sufre, lo reconozca o no […] En este mundo todo está entretejido, muchachos. Cuando tiramos de un hilo no sabemos si acabará por deshacer algo. En la Tierra somos niños que tiran tornillos de la noria jugando a ser dioses.


La imagen que nos ofrece es bella porque desvela la arrogancia humana como torpeza. No somos dueños del tapiz, apenas unas manos torpes que tiran de hilos sin saber sus consecuencias. Antes bien, de nosotros tirará un día ese hilo que acabará descolgándonos de la vida.



La muerte de Arn, absurda y repentina, tiene algo de recordatorio: basta una rama para derribar una vida. Basta un segundo para que la naturaleza, que parecía obedecer, nos devuelva a nuestra condición de criaturas expuestas, vulnerables. Tras ir perdiendo poco a poco sus facultades mentales, acompañado por Robert hasta sus últimos instantes, Arn susurra algo hermoso, algo que lo reúne con el todo y, a la vez, con la nada: “Precioso, ¿eh? Es precioso. Todo ello. Cada pedacito.” Son palabras que resplandecen precisamente porque aparecen en el umbral de la desaparición.

 

Para Robert será la primera muerte de alguien cercano, aunque también hubiera podido decirse que nunca lo había perdido porque jamás lo tuvo hasta que apareció Gladys. Sin embargo, esa rama caída, mensajera de la parca que se llevará a Arn, adquiere para él un tono aún más siniestro en función de la culpa persecutoria que lo abate. Poco puede imaginar Robert que ese temor no se cebará sobre él, sino sobre algo mucho más doloroso para su alma: un incendio que arrasará su casa junto al río Moyie, llevándose con sus llamas a Gladys y Kate.


IV. EL RETORNO AL ENTRE DOS MUERTES.

Tras la muerte de Gladys y de su hija, Robert no entra simplemente en duelo. Entra en otra temporalidad. O quizá sale del tiempo y retorna al “entre dos muertes”. Su vida continúa exteriormente —trabaja, camina, envejece—, pero algo esencial ha quedado detenido. No acepta del todo la muerte porque tampoco puede dejar de esperarlas. Sigue buscándolas. Sigue aguardando su regreso. Sigue viviendo en una fidelidad a lo perdido.

 




Eso es lo propiamente melancólico: no sólo sufrir por la ausencia, sino morar en ella. Organizar la vida alrededor de una falta que no se simboliza del todo, que no termina de volverse pasado. Lo muerto no muere, sino que retorna en visiones, en sueños, en apariciones. La esperanza ya no es porvenir: es hechizo. Es la forma que adopta el dolor cuando no puede despedirse.

Robert, desolado, retorna a ese espacio espectral del “entre dos muertes”, donde vivir es sobrevivir al dolor de relacionarse con la ausencia de ellas, sustrayéndose del mundo. No hay verdadero duelo, no hay una elaboración plena de la falta, sino un tiempo en suspenso. La realidad de su muerte no se asume salvo por breves instantes, porque en su interior siempre guarda la posibilidad de su vuelta. Es una vida que sobrevive a la melancolía, y no sólo por su dimensión de pérdida, sino también por la de la culpa, su compañera inseparable, esa melancolía con la que ya nació.

Yo no estaba… Yo no estaba cuando debía estar, supongo cuando más me necesitaban” - le dirá más tarde a Claire Thompson (Kerry Condon), una de las pocas personas con las que compartirá su vivencia -.

 

También la disociación le ayuda a sobrevivir:


Sabes —le dice también a Claire—, a veces es… es como que la tristeza se me vaya a comer vivo, pero otras veces es como si le hubiera pasado a otro…


Es precisamente esta condición la que, en cierta manera, lo acerca a la Antígona lacaniana, no en el registro de un acto heroico y ético, sino en el de un sujeto que se queda atrapado en el “hueco” entre una muerte física ya acontecida y una muerte simbólica que no termina de cerrarse, con el resultado de una vida en duelo y sin porvenir.


Aquí la película alcanza una extraña belleza. Porque no trata a Robert como un caso, ni como un héroe, ni como un loco. Lo mira con una compasión honda, porque entiende que algunos seres no regresan del todo del lugar donde los ha dejado la pérdida. Entiende que hay vidas que no se rompen de golpe, sino que quedan suspendidas, flotando en una especie de niebla donde el mundo sigue ahí, aunque ya no puede tocarse plenamente.


Y, sin embargo, Robert no desaparecerá del todo. Lo sostendrán Rojiza, una perra y su camada, la compañía de Ignatius Jack (Nathaniel Arcand), el tendero indio del pueblo, y más tarde la de Claire Thompson. Vínculos que le mantienen en cierto contacto con la vida y con los vivos. Pequeños hilos que lo sostienen para que no caiga por completo fuera de la vida.

 


Los años ya le pesan y deja el trabajo de leñador, esperando que la vida le traiga una revelación que no llega. Pero en ese lugar que es el “entre dos muertes”, donde ni se muere ni se vive, no hay más lugar que para una revelación: la revelación de los muertos que, como espectros, retornan una y otra vez. Y así la revelación le viene de la mano de una joven vagabunda que encuentra un día cerca de su casa, inconsciente y con una pierna rota, y a la que por su edad considera que quizá sea Katie. La cuida y la atiende, y, sentado junto a ella, se duerme. Sin embargo, al despertar, la joven ya no está y observa la ventana abierta por la que parece haber huido. La historia, de nuevo, se repite…

Voz en off: “Pasó días y noches perdiéndose entre bosques y campos de la zona, buscando un rastro de ella, pero no encontró nada. Pasó el resto de sus días esperando para estar presente si un día regresaba.



La epopeya de Robert transcurre entre una muerte que no se ha podido secundar y una vida que no se ha sabido cómo seguir. Su historia es la de un hombre que se queda en el limbo entre la vida que avanza y una muerte que nunca termina de pasar, donde el duelo se vuelve melancolía y, en el “entre dos muertes”, el tiempo se vuelve circular y la existencia se reduce a una serie de recuerdos que el cuerpo arrastra como si fueran restos de un otro ya desaparecido. Y, sin embargo…

V. EL MUNDO NECESITA TANTO A UN ERMITAÑO COMO A UN PREDICADOR.

                                                                                El espacio que me conecta donde estoy ahora
                                                                                con el lugar donde algún día estaré.
                                                                                Y las cosas extrañas y maravillosas que he visto
                                                                                Se mide en verdad, se mide en amor
                                                                                Medido en una tendencia a pintar,
                                                                                medido por una chica en un campo de flores,
                                                                                un sueño a gritos en un tren de medianoche.
                                                                                Esto lleva años sucediendo... años y años y años...
                                                                                No puedo empezar ni a describirte cómo me siento.

                                                                                  (Sueños de trenes. Nick Cave & Bryce Dessner)

En su día el viejo Arn le habló a Robert de que en este mundo todo estaba entretejido. Más tarde Claire le dice algo parecido:


En el bosque cada nimiedad es importante. Todo está entrelazado. No sabes dónde termina una cosa y empieza otra, si lo piensas bien. Los pequeños insectos que ni ves son tan vitales como el río. Un árbol muerto es tan importante como uno vivo, Creo que deberíamos aprender algo de eso.


Robert le pregunta entonces: "¿Y qué pasa cuando uno ya no tiene nada que dar?" A lo que Claire le responde: "El mundo necesita tanto a un ermitaño como a un predicador". A lo que añade: Los dos lo somos a nuestra manera... esperando a ver para qué seguimos aquí"


Y ya hacia el final de su vida, en un viaje a Spokane, observando en un televisor una cápsula espacial orbitando alrededor de la Tierra, reflejando en un espejo el paso del tiempo en su rostro, montando en un aeroplano para ver la tierra como los pájaros, Robert empieza a comprender su vida. Allí arriba, en el aeroplano, donde esa elevación funciona como un cambio de orientación y de perspectiva, le retornan las imágenes de su vida: el vago recuerdo de un abrazo que rodeaba al niño que fue, su felicidad con Gladys y con Kate, su nombre pronunciado por ella, el compañero asiático al que asesinaron en el ferrocarril, la intimidad que pudo tener con Claire, el apoyo y la amistad que recibió de Ignatius Jack en los momentos más difíciles, los grandes bosques con sus árboles centenarios, el sueño de la vuelta de Kate, la dulce mirada del viejo Arn pronunciando al final aquellas palabras: “Precioso, ¿eh? Es precioso”.


Ese momento final conmueve tanto porque no ofrece redención fácil. No repara nada. No devuelve a los muertos ni suprime la melancolía. Pero permite otra relación con ella. Como si Robert, después de haber habitado durante años ese espacio del “entre dos muertes”, pudiera al fin salir de él, no para recuperar lo perdido, sino para consentir en haber vivido. Y sólo entonces, por fin, morir.


Voz en off: Cuando Robert Grainier murió mientras dormía en noviembre de 1968, su vida se apagó en silencio, tal y como había empezado. Jamás compró un arma de fuego ni habló por teléfono. No llegó a saber quiénes habían sido sus padres y no dejó heredero alguno. Pero ese día de primavera, habiendo perdido la noción del arriba y del abajo, al fin sintió la conexión con todo.


Cuando la voz en off nos dice que murió en silencio, como había empezado, la frase no suena ya sólo triste, suena también serena. Porque algo se ha reunido al final. Algo se ha ligado; el hilo casi suelto se ha vuelto a entretejer. La película no nos ofrece una biografía ejemplar, ni una identidad cerrada, sino una conexión última con todo aquello que, disperso y doliente, había compuesto su existencia.

 

Tal vez por eso Sueños de trenes deja esa impresión tan extraña al terminar: la de haber asistido no sólo a una historia de pérdida, sino a una meditación profundamente humana sobre la vida cuando ha sido herida y, aun así, persiste. Sobre la melancolía, sí, pero también sobre esa mínima y frágil reconciliación que a veces sólo llega al final, cuando ya no se trata solo de sobrevivir, sino de reconocer nuestra vida.




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