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domingo, 22 de marzo de 2026

SUEÑOS DE TRENES (TRAIN DREAMS, CLINT BENTLEY, 2025): Melancolía y "el entre dos muertes".


Últimamente he estado teniendo sueños,
sueños locos que no puedo explicar:
una mujer parada en un campo de flores,
una locomotora chillona.
Sueños locos que sigo durante horas,
y no puedo empezar a describirte cómo se siente

(Sueños de trenes. Nick Cave & Bryce Dessner)

Hay películas que no terminan cuando aparecen los créditos. Su eco continúa tras el impacto de sus imágenes y de su historia, y algo nos dice que hemos quedado capturados en una región de la memoria donde ya no sabemos bien si lo recordado pertenece a la película o a algo nuestro que la película ha rozado. Sueños de trenes (Clint Bentley, 2025) es una de ellas. Su historia deja una huella en el espectador. Su belleza no es decorativa, sino expresiva; no embellece el dolor, sino que lo acompaña con una delicadeza extraña, como si supiera que hay pérdidas que sólo pueden aprehenderse poéticamente.

 

Desde sus primeras imágenes, la película de Clint Bentley sitúa su relato en una frontera. La llegada del ferrocarril a las tierras salvajes de Idaho, a comienzos del siglo XX, no sólo anuncia la expansión del progreso sobre la naturaleza, sino también el choque entre dos mundos. El tren aparece como emblema de civilización, sí, pero también como fuerza que la atraviesa a riesgo de arrasarla. A veces se dice que construir un puente consiste en unir dos orillas. Pero no toda unión es encuentro. También hay uniones que son invasión y conquista, la desaparición de un mundo bajo el peso de otro.

 

La voz en off lo dice con palabras poéticas:

 

“Una vez hubo pasajes hacia el viejo mundo, sendas extrañas, rutas veladas. Con sólo doblar una esquina te topabas cara a cara con el gran misterio, el fundamento de todas las cosas, y aunque ese viejo mundo ya no exista, aunque haya sido enrollado cual pergamino y encerrado en algún lugar, aún puede sentirse su eco.”

 

Ese eco recorre toda la película y persiste luego en nosotros. Recorre, sobre todo, la vida de Robert Grainier, interpretado por Joel Edgerton con una sobriedad admirable. Porque Robert pertenece también a una frontera que no es sólo geográfica ni histórica, sino otra más íntima y silenciosa: la frontera de quienes parecen vivir siempre un poco al borde, sin llegar a habitar del todo su propia vida.





I. ROBERT GRAINIER: MELANCOLÍA Y EL "ENTRE DOS MUERTES".

Esa frontera extraña en la que se solapan mundos —la naturaleza salvaje invadida por la civilización— se convierte, más allá de las transformaciones sociales que implica, en una metáfora de ciertas vidas que quedan atrapadas en un umbral. Vidas que, como intersección de mundos, no acaban de pertenecer a ninguno de ellos; vidas suspendidas entre un pasado desolado, un presente sin rumbo y una ausencia de futuro. Su historia no es sólo la de un duelo congelado por la muerte de su esposa y de su hija, sino también la de un nacimiento que, como ser arrojado a la existencia, crece sin referentes que lo sostengan ni lo contengan: un limbo existencial entre el nacer y el no nacer. Desde el comienzo percibimos en él algo anterior a la tragedia que vendrá después. Antes incluso de la pérdida de su esposa y de su hija, Robert ya parece habitado por una forma de intemperie y desolación.

No sabe exactamente cuándo nació. No sabe cómo perdió a sus padres ni nadie se lo contó. La violencia forma parte de sus primeros recuerdos, como si el mundo se le hubiera presentado desde muy pronto no como morada, sino como desamparo. La película lo muestra como un ser apenas inscrito, como alguien que vive sin verdadero amparo simbólico, sin relato de origen, sin una pertenencia nítida. Hay vidas que parecen llegar al mundo con retraso; vidas que, antes de empezar, ya llevan dentro una ausencia, y quizá también un sentimiento de culpa por existir.

                                                                                                                                                                                      

Quizá por eso Robert encarna tan bien una cierta figura de la melancolía. No la tristeza sin más, ni siquiera el duelo en sentido estricto, sino algo más radical: una dificultad de estar plenamente vivo, una especie de suspensión del ser. Aquí es donde la lectura lacaniana del “entre dos muertes” se vuelve sugerente. No porque Robert sea una figura equivalente a la Antígona de Lacan, sino porque también él parece habitar, a su manera, una zona intermedia, una frontera en la que la vida no termina de ligarse del todo al deseo, a los otros y al mundo. Como si algo en él hubiera quedado desde siempre un poco fuera del tiempo. De ahí también la forma singular de belleza trágica que sugiere el personaje. Pero la suya es una belleza que podemos situar en la dignidad de la sobrevivencia melancólica, caracterizada por un “entre dos muertes” en el que el ser mora ligado a un espacio de espectros que ni viven ni mueren.

 

Durante años vive “sin norte ni propósito”. Nada despierta su interés. La existencia pasa ante él como pasan los trenes: con estruendo, con polvo, con dirección, pero sin que él suba realmente a ninguno. Sin embargo, lejos del heroísmo ético de Antígona, la melancolía de Robert hallará un respiro provisional en el encuentro amoroso.


II. EL ACCESO A LA VIDA A TRAVÉS DEL AMOR.

.(Voz en off): ... nada despertaba su interés, hasta que un día conoció a Gladys Holding [...] Se le despertó un interés por ir a misa que jamás había sentido. Y a los tres meses ya eran inseparables.

Robert será sacado de ese “sin norte ni propósito” y de ese “nada despertaba su interés” a través del acceso al amor que recibirá, y que también dará, a Gladys Holding (Felicity Jones) y luego a su hija Kate. El amor hecho mirada, escucha y palabra, hecho caricia y deseo, hecho proyecto común, reencarnará a Robert en el mundo de los vivos. Después de tanto tiempo en el “entre dos muertes”, el amor le descubre el sentido y le da acceso a la vida.

Eso es lo conmovedor de esta parte de la película: nos muestra hasta qué punto una existencia puede despertarse gracias a algo tan humilde como la intimidad compartida. Una mirada, una voz, el gesto de regresar a casa, la conciencia de que hay un lugar donde uno es esperado. A veces el sentido de una vida no llega como revelación, sino como calidez, como presencia, como la súbita evidencia de que alguien pronuncia nuestro nombre y, al hacerlo, nos trae al mundo.


La vida de Robert transcurre entre los períodos en los que puede estar felizmente con su familia y aquellos otros que le obligan a alejarse para trabajar y ganar dinero. El trabajo como leñador, o en el ferrocarril, es duro, y junto a algunos personajes con los que entabla cierta amistad también se suceden la muerte violenta y los accidentes. La impotencia con la que presencia el asesinato de un compañero asiático le genera un sentimiento de culpa que le pesa, aunque nada podía hacer.

 

¿Tú crees que las malas acciones nos persiguen toda la vida?” - le dice a su amigo Arn Peeples (William H. Macy) -


Y ese pesar le hace temeroso de aquello con lo que la culpa suele venir acompañada: el castigo.


Voz en off: A Grainier le preocupaba que algo terrible anduviera tras él, que la muerte le pillara allí, lejos del único lugar en el que quería estar.


Y quizá toda melancolía conoce esa pesadumbre silenciosa: la sensación de que lo terrible no llega del azar, sino de alguna culpa o deuda secreta, una culpa de límites poco precisos que se encarna en unas cosas y en otras, aunque quizá en Robert esté en el simple hecho de haber nacido.


Poco podía imaginar que aquello terrible que creía que le perseguía iba a arrebatarle no la vida, sino justo el lugar en el que quería estar; iba a arrebatarle aquello que más quería, aquello que le había devuelto a la vida y dado un sentido.


III. SE TIRARÁ DE UN HILO QUE ACABARÁ DESCOLGÁNDONOS...

Hay en Sueños de trenes la sensación de que el hombre puede dominar la naturaleza: se talan bosques centenarios, las vías penetran en su interior sin miramientos. “Habéis demostrado quién manda”, dice un capataz. Y, sin embargo, esa épica del dominio contrasta con la visión trágica del niño que juega a ser dios. El viejo Arn Peeples lo expresa con delicada sensibilidad:

 

Talamos árboles que llevan aquí 500 años. Nuestra alma sufre, lo reconozca o no […] En este mundo todo está entretejido, muchachos. Cuando tiramos de un hilo no sabemos si acabará por deshacer algo. En la Tierra somos niños que tiran tornillos de la noria jugando a ser dioses.


La imagen que nos ofrece es bella porque desvela la arrogancia humana como torpeza. No somos dueños del tapiz, apenas unas manos torpes que tiran de hilos sin saber sus consecuencias. Antes bien, de nosotros tirará un día ese hilo que acabará descolgándonos de la vida.



La muerte de Arn, absurda y repentina, tiene algo de recordatorio: basta una rama para derribar una vida. Basta un segundo para que la naturaleza, que parecía obedecer, nos devuelva a nuestra condición de criaturas expuestas, vulnerables. Tras ir perdiendo poco a poco sus facultades mentales, acompañado por Robert hasta sus últimos instantes, Arn susurra algo hermoso, algo que lo reúne con el todo y, a la vez, con la nada: “Precioso, ¿eh? Es precioso. Todo ello. Cada pedacito.” Son palabras que resplandecen precisamente porque aparecen en el umbral de la desaparición.

 

Para Robert será la primera muerte de alguien cercano, aunque también hubiera podido decirse que nunca lo había perdido porque jamás lo tuvo hasta que apareció Gladys. Sin embargo, esa rama caída, mensajera de la parca que se llevará a Arn, adquiere para él un tono aún más siniestro en función de la culpa persecutoria que lo abate. Poco puede imaginar Robert que ese temor no se cebará sobre él, sino sobre algo mucho más doloroso para su alma: un incendio que arrasará su casa junto al río Moyie, llevándose con sus llamas a Gladys y Kate.


IV. EL RETORNO AL ENTRE DOS MUERTES.

Tras la muerte de Gladys y de su hija, Robert no entra simplemente en duelo. Entra en otra temporalidad. O quizá sale del tiempo y retorna al “entre dos muertes”. Su vida continúa exteriormente —trabaja, camina, envejece—, pero algo esencial ha quedado detenido. No acepta del todo la muerte porque tampoco puede dejar de esperarlas. Sigue buscándolas. Sigue aguardando su regreso. Sigue viviendo en una fidelidad a lo perdido.

 




Eso es lo propiamente melancólico: no sólo sufrir por la ausencia, sino morar en ella. Organizar la vida alrededor de una falta que no se simboliza del todo, que no termina de volverse pasado. Lo muerto no muere, sino que retorna en visiones, en sueños, en apariciones. La esperanza ya no es porvenir: es hechizo. Es la forma que adopta el dolor cuando no puede despedirse.

Robert, desolado, retorna a ese espacio espectral del “entre dos muertes”, donde vivir es sobrevivir al dolor de relacionarse con la ausencia de ellas, sustrayéndose del mundo. No hay verdadero duelo, no hay una elaboración plena de la falta, sino un tiempo en suspenso. La realidad de su muerte no se asume salvo por breves instantes, porque en su interior siempre guarda la posibilidad de su vuelta. Es una vida que sobrevive a la melancolía, y no sólo por su dimensión de pérdida, sino también por la de la culpa, su compañera inseparable, esa melancolía con la que ya nació.

Yo no estaba… Yo no estaba cuando debía estar, supongo cuando más me necesitaban” - le dirá más tarde a Claire Thompson (Kerry Condon), una de las pocas personas con las que compartirá su vivencia -.

 

También la disociación le ayuda a sobrevivir:


Sabes —le dice también a Claire—, a veces es… es como que la tristeza se me vaya a comer vivo, pero otras veces es como si le hubiera pasado a otro…


Es precisamente esta condición la que, en cierta manera, lo acerca a la Antígona lacaniana, no en el registro de un acto heroico y ético, sino en el de un sujeto que se queda atrapado en el “hueco” entre una muerte física ya acontecida y una muerte simbólica que no termina de cerrarse, con el resultado de una vida en duelo y sin porvenir.


Aquí la película alcanza una extraña belleza. Porque no trata a Robert como un caso, ni como un héroe, ni como un loco. Lo mira con una compasión honda, porque entiende que algunos seres no regresan del todo del lugar donde los ha dejado la pérdida. Entiende que hay vidas que no se rompen de golpe, sino que quedan suspendidas, flotando en una especie de niebla donde el mundo sigue ahí, aunque ya no puede tocarse plenamente.


Y, sin embargo, Robert no desaparecerá del todo. Lo sostendrán Rojiza, una perra y su camada, la compañía de Ignatius Jack (Nathaniel Arcand), el tendero indio del pueblo, y más tarde la de Claire Thompson. Vínculos que le mantienen en cierto contacto con la vida y con los vivos. Pequeños hilos que lo sostienen para que no caiga por completo fuera de la vida.

 


Los años ya le pesan y deja el trabajo de leñador, esperando que la vida le traiga una revelación que no llega. Pero en ese lugar que es el “entre dos muertes”, donde ni se muere ni se vive, no hay más lugar que para una revelación: la revelación de los muertos que, como espectros, retornan una y otra vez. Y así la revelación le viene de la mano de una joven vagabunda que encuentra un día cerca de su casa, inconsciente y con una pierna rota, y a la que por su edad considera que quizá sea Katie. La cuida y la atiende, y, sentado junto a ella, se duerme. Sin embargo, al despertar, la joven ya no está y observa la ventana abierta por la que parece haber huido. La historia, de nuevo, se repite…

Voz en off: “Pasó días y noches perdiéndose entre bosques y campos de la zona, buscando un rastro de ella, pero no encontró nada. Pasó el resto de sus días esperando para estar presente si un día regresaba.



La epopeya de Robert transcurre entre una muerte que no se ha podido secundar y una vida que no se ha sabido cómo seguir. Su historia es la de un hombre que se queda en el limbo entre la vida que avanza y una muerte que nunca termina de pasar, donde el duelo se vuelve melancolía y, en el “entre dos muertes”, el tiempo se vuelve circular y la existencia se reduce a una serie de recuerdos que el cuerpo arrastra como si fueran restos de un otro ya desaparecido. Y, sin embargo…

V. EL MUNDO NECESITA TANTO A UN ERMITAÑO COMO A UN PREDICADOR.

                                                                                El espacio que me conecta donde estoy ahora
                                                                                con el lugar donde algún día estaré.
                                                                                Y las cosas extrañas y maravillosas que he visto
                                                                                Se mide en verdad, se mide en amor
                                                                                Medido en una tendencia a pintar,
                                                                                medido por una chica en un campo de flores,
                                                                                un sueño a gritos en un tren de medianoche.
                                                                                Esto lleva años sucediendo... años y años y años...
                                                                                No puedo empezar ni a describirte cómo me siento.

                                                                                  (Sueños de trenes. Nick Cave & Bryce Dessner)

En su día el viejo Arn le habló a Robert de que en este mundo todo estaba entretejido. Más tarde Claire le dice algo parecido:


En el bosque cada nimiedad es importante. Todo está entrelazado. No sabes dónde termina una cosa y empieza otra, si lo piensas bien. Los pequeños insectos que ni ves son tan vitales como el río. Un árbol muerto es tan importante como uno vivo, Creo que deberíamos aprender algo de eso.


Robert le pregunta entonces: "¿Y qué pasa cuando uno ya no tiene nada que dar?" A lo que Claire le responde: "El mundo necesita tanto a un ermitaño como a un predicador". A lo que añade: Los dos lo somos a nuestra manera... esperando a ver para qué seguimos aquí"


Y ya hacia el final de su vida, en un viaje a Spokane, observando en un televisor una cápsula espacial orbitando alrededor de la Tierra, reflejando en un espejo el paso del tiempo en su rostro, montando en un aeroplano para ver la tierra como los pájaros, Robert empieza a comprender su vida. Allí arriba, en el aeroplano, donde esa elevación funciona como un cambio de orientación y de perspectiva, le retornan las imágenes de su vida: el vago recuerdo de un abrazo que rodeaba al niño que fue, su felicidad con Gladys y con Kate, su nombre pronunciado por ella, el compañero asiático al que asesinaron en el ferrocarril, la intimidad que pudo tener con Claire, el apoyo y la amistad que recibió de Ignatius Jack en los momentos más difíciles, los grandes bosques con sus árboles centenarios, el sueño de la vuelta de Kate, la dulce mirada del viejo Arn pronunciando al final aquellas palabras: “Precioso, ¿eh? Es precioso”.


Ese momento final conmueve tanto porque no ofrece redención fácil. No repara nada. No devuelve a los muertos ni suprime la melancolía. Pero permite otra relación con ella. Como si Robert, después de haber habitado durante años ese espacio del “entre dos muertes”, pudiera al fin salir de él, no para recuperar lo perdido, sino para consentir en haber vivido. Y sólo entonces, por fin, morir.


Voz en off: Cuando Robert Grainier murió mientras dormía en noviembre de 1968, su vida se apagó en silencio, tal y como había empezado. Jamás compró un arma de fuego ni habló por teléfono. No llegó a saber quiénes habían sido sus padres y no dejó heredero alguno. Pero ese día de primavera, habiendo perdido la noción del arriba y del abajo, al fin sintió la conexión con todo.


Cuando la voz en off nos dice que murió en silencio, como había empezado, la frase no suena ya sólo triste, suena también serena. Porque algo se ha reunido al final. Algo se ha ligado; el hilo casi suelto se ha vuelto a entretejer. La película no nos ofrece una biografía ejemplar, ni una identidad cerrada, sino una conexión última con todo aquello que, disperso y doliente, había compuesto su existencia.

 

Tal vez por eso Sueños de trenes deja esa impresión tan extraña al terminar: la de haber asistido no sólo a una historia de pérdida, sino a una meditación profundamente humana sobre la vida cuando ha sido herida y, aun así, persiste. Sobre la melancolía, sí, pero también sobre esa mínima y frágil reconciliación que a veces sólo llega al final, cuando ya no se trata solo de sobrevivir, sino de reconocer nuestra vida.




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lunes, 23 de febrero de 2026

LAS TRES HIJAS (Azazel Jacobs, 2023): Acompañando en el sufrimiento y el camino hacia la muerte.


Las tres hijas (Azazel Jacobs, 2023) es una muestra nítida de que se puede hacer gran cine desde la contención: un espacio casi único, un guion sutil —capaz de rozar el humor sin perder gravedad— y, sobre todo, la calidad interpretativa de sus protagonistas. La acción transcurre prácticamente en el piso de Vincent “Vinny” (Jay O. Sanders), padre de tres hijas —Katie (Carrie Coon), Rachel (Natasha Lyonne) y Christina (Elisabeth Olsen)— que se reúnen para cuidarle y acompañarle durante la fase terminal de su enfermedad.  

Aunque algunos comentarios la presentan como una película “sobre el duelo”, a mí me resulta más ajustado leerla como un relato sobre el acompañamiento del sufrimiento y de la muerte, y sobre cómo —ante ese hecho— cada hija se aferra a un rol para sostener lo insoportable: controlar, evitar, mediar.

Es importante destacar que Rachel —hija de una segunda pareja del padre — es quien convive con él y quien lo ha cuidado la mayor parte del tiempo, mientras Katie y Christina llegan desde fuera. Desde la primera escena se percibe la tensión entre Katie y Rachel: la primera ocupa una posición persecutoria y normativa (lo que en lenguaje gestáltico llamamos el “perro de arriba”, una versión operativa del superyó), mientras que la segunda se protege desde una aparente evasión (fuma marihuana) y desafío (el “perro de abajo”, una versión operativa del ello). Entre ambas, Christina intenta hacer de mediadora y amortiguadora afectiva, como si su función fuera impedir que el vínculo estalle. Un ejemplo temprano lo muestra con claridad:

Katie: Vas bien colocada, huele toda la casa a hierba.
Rachel: Voy muy ciega, me pongo fina. Lo primero que hago es liarme un peta. Me fumo mínimo cuatro al día. El motivo: me sale del higo.
Katie: Me da igual lo que fumes, pero no está bien fumar en la casa de un enfermo.
Rachel: A papá no le importa. He fumado a su lado todo este tiempo y no le ha importado nunca. De hecho le gusta el olor. Él me lo ha dicho,
Katie: ¡Es por el humo! ¡El humo le afecta, salte fuera, se está muriendo!
Rachel: Menos de cinco minutos, poco has tardado en meterte en mi vida. No has dicho que no querías liarla.

Christina: Ya... ya. Chicas, os tomáis las cosas a la tremenda... Dejad ya el temita. (3' 20'' a 4' 00'')

La dificultad de sostener emocionalmente el acompañamiento a la muerte lo observamos también al inicio de la película cuando Ángel (Rudy Galván), el médico de paliativos, les dice: "No son sólo los cuerpos los que determinan cuanto tardamos en morir [...] La mente es igual de importante que el cuerpo. Y aquí es donde  pueden serle de ayuda por si está aguantando y no quiere irse por miedo. Pueden ayudarle haciéndole saber, asegurándole que puede irse en paz. La mente no cura o retrasa la enfermedad, no en este estadio, pero si ve que todo va bien, que ustedes se llevan bien, se lo facilitará." Mientras Ángel habla la cámara enfoca a cada hermana y podemos ver en ellas la angustia que sus palabras les genera.


Katie, Christine y Rachel

Veamos ahora el posicionamiento de cada hermana ante el hecho de la próxima muerte de su padre.

I. LAS TRES HERMANAS.

I.1. Katie.

Encarna la defensa por control: ante la inminencia de la muerte, transforma la angustia en gestión. Su frialdad y operatividad no es ausencia de afecto, sino un modo de no desbordarse emocionalmente a base de norma, orden y protocolo. Sin embargo, pronto se hace patente la tensión con Rachel, a la que podemos ver como su opuesto. Como suele ocurrir en estos casos, el ideario del “programa” que Katie propone:

Lo que quiero, espero, no es complicarle innecesariamente la vida. Que no nos tomemos a mal nada. Si no estamos de acuerdo lo solucionamos, sin liarla, sin gritar y nada que le moleste. Lo hablamos como adultas. Ya tenemos una edad. 

entra répidamente en conflicto frontal con su reactividad proyectiva, que la vuelve especialmente agresiva con Rachel. Y, como suele suceder, ocurre lo contrario de lo propuesto:

El pasado quedó en el pasado. No importa ahora. Si hay algo que hablar ya se hará. Espero que lo entiendas. Estoy muy triste. Tú también. Las tres. Es duro. Duele. No hay que complicarlo.

para, de inmediato, mostrar su disgusto y entrar en conflicto por no haber gestionado la ONR (Orden de No Reanimación), poniendo de relieve —como ya vimos— su posición persecutoria y normativa de manera casi compulsiva: emite juicios sin profundizar en las causas de aquello que enjuicia.

I.2. Rachel.

Se presenta como “pasota”, sarcástica y fumadora; pero esa máscara funciona como defensa ante dos cosas: (a) la desubicación identitaria (no pertenecer del todo al “núcleo” biológico de las otras dos) y (b) el contacto con la decadencia del padre (la habitación, el cuerpo, el final). Por eso alterna la evitación (habitación propia, banco en la calle, marihuana) con una especie de desafío insolente que, en realidad, la protege.

En relación con Katie se posiciona como su opuesto: pasota y descarada, representa con precisión la posición del “perseguido” que, mediante rebeldía y desdén, desafía a su perseguidor sacándolo de sus casillas. Por ejemplo, ante la acusación de Katie de fumar y “colocarse” estando su padre enfermo, le responde:

Voy muy ciega, me pongo fina. Lo primero que hago es liarme un peta. Me fumo, mínimo, cuatro al día. El motivo: me sale del higo [...] A papá no le importa, he fumado a su lado todo este tiempo y no le ha importado nunca, de hecho le gusta el olor, siempre me lo ha dicho.



I.3. Christina. 

La hermana mediana se nos muestra —valga la redundancia— como la hermana mediadora. Emocional y sensible, con una dimensión espiritual y armónica, en ocasiones un tanto impostada y complaciente (como si necesitara que el dolor sea “bien llevado” para que no la desorganice). Dentro de estos parámetros también se presenta como una “gran madre” de su hija Mirabella, y orgullosa de su familia. Precisamente esa dimensión parece ser su modo de afrontar —y compensar— el dolor del acompañamiento a la muerte del padre.

Como le dice a Rachel: “Esta habitación —en relación a la del padre— te saca de la realidad. Es bueno salir y ver la vida.” Vemos aquí una escisión significativa entre muerte y vida, pues ambas forman parte de lo real: la muerte y la vida, Vinny y Mirabella.

A pesar de su actitud más comprensiva y próxima hacia Rachel, no deja de hacerse patente un factor diferencial que la une a Katie como hija del mismo padre y de la misma madre. Con todo, Christina será la detonante para que se sienten juntas y, precisamente, puedan hablar de ese “pasado que no queda en el pasado”, sino que continúa activo en el presente.

II. LAS TRES HIJAS.

El punto de inflexión surge en lo que podríamos llamar el paso de las tres hermanas a las tres hijas: cuando el centro ya no es solo el roce entre ellas, sino la relación de cada una con el padre que se está muriendo. En ese desplazamiento aparece un tercer término —Vinny como eje— que reordena lo fraterno: obliga a nombrar pertenencias, heridas antiguas y, finalmente, a reconocer un vínculo común.

II.1. Esclarecimiento de la realidad de los vínculos a partir del padre.

En una conversación cargada de tensión, Christina intenta formular un deseo de lazo con Rachel:

Christina (a Rachel): Esperaba crear un vínculo real contigo para empezar...
Rachel: Ah... Que bondadosa... y sincera. Yo pensaba que ya lo teníamos.
Christina: No, uno de verdad.
Rachel: Esto es lo que hay... Chicas, no hay que forzarlo, somos muy distintas. Pero vosotras sois de la misma madre...
Katie: Y padre.

Esa puntualización final de Katie nombra el punto ciego del sistema familiar: la diferencia de origen que, aun cuando no se verbalice, organiza la desubicación de Rachel. Ella lo capta y lo devuelve con una emoción que no discute el amor, sino la legitimidad del lugar: "Ya lo sé. Él también es mi padre. También es mi padre. Es tan mío como vuestro... " 

Pero la frase de Katie (“Tu padre es otro”) vuelve a fijar la diferencia como frontera. Rachel entonces dice en voz alta lo que siempre ha estado de fondo:

Ahí lo tenéis. Esto es lo que siempre ha estado de fondo. Yo tenía un padre y murió, y Vinny me adoptó. Lo entiendes. No me parece tan difícil de entender. Es Vinny quien me adoptó, por lo que es mi padre y el vuestro. El que está aquí muriéndose es mi padre. Es mi padre.

Y con ello despeja otra sombra: ella no está en esa casa “por la casa” —como si fuera una ventaja o un privilegio— sino por el padre; y, aun así, repite más de una vez que no desea quedarse.

II.2. El padre de todas.

El siguiente paso será la escritura de una esquela en la que cada una de ellas empieza a manifestar su experiencia del padre. A la versión formal de Katie aparece la versión humorística de Rachel para acabar con la más espiritual de  Christine, quien dice unas palabras de su padre acerca de la muerte: "la única forma de resumir la vida, la única forma de ponerla en perspectiva, lo que la persona era, como amaba y cuanto... La única forma de expresar lo que es la muerte es la ausencia. Lo demás son fantasías." 

Y aquí es muy interesante la reflexión de Rachel a Katie en relación a esta última frase (y en relación también con su hija), en el sentido de que solo la ausencia del otro, al que nos somete la muerte, nos permite verle como un todo sin estar sujetos a la parcialidad del momento en el que lo vivimos. 

La muerte es ausencia y que “lo demás son fantasías”, pone en primer plano un fenómeno muy clínico: el paso de la figura al fondo. Mientras el otro está, lo vivimos por recortes: lo que hoy nos falta, lo que hoy nos hiere, lo que hoy nos irrita. La ausencia, en cambio, fuerza una integración: el otro aparece como totalidad y el conflicto pierde parte de su tiranía. Por eso, a partir de ahí, Katie puede aflojar el control y la culpa deja de buscar un culpable; la relación empieza a moverse del juicio a la presencia.

Y es por ello que, en ese momento Katie puede abrir a Rachel sus emociones (en ese momento la ve toda): "Siento no haber venido para ayudarte con papá - llora - .... Se que es difícil. Y espero que no te vayas del piso [...] porque quiero que permanezca en la familia". Entra entonces Christine - quien las ha escuchado - y les propone entrar las tres juntas a ver a papá.

La cámara enfoca la puerta entreabierta de la habitacion del padre, y mientras sueña el pitido del monitor de control se oye sus voces diciendo: "Hola, papá. Mira con quien estás. Con tus tres niñas..."


II.3. El padre con todas.

De pronto parece que el padre quiere salir de la cama. Las tres lo ayudan a sentarse en un butacón, y asistimos a una ensoñación intensa en la que Vinny convoca a sus hijas y también a Bliss, un amor de juventud que no quería que ellas dejaran de conocer: “un amor que me cambió para siempre”.

En el camino hacia la muerte —tanto de quien se dirige hacia ella como de quienes lo acompañan— se revela algo esencial: mientras hay vida, hay vida. Y a veces, en el último tramo, la muerte potencia la vida hasta el último hálito, ofreciendo una oportunidad de cerrar aquello con lo que uno se va y aquello con lo que otros se quedarán.


En unos pocos minutos vibrantes de Jay O. Sanders, Vinny dice aquello que no pudo decir, mostrando la importancia de nombrar el amor cuando aún es posible. Su frase clave reorganiza el sistema: Rachel es vuestra hermana. Es mi hija. No la crié como si lo fuera, es mi hija. Si la sangre hubiera sido importante tendriais un padre muy distinto. 

A Katie le habla de lo mucho que en realidad la quiere Rachel, y de que el problema viene de lo mucho que se parecen (la enantiodromía, o los opuestos que se rozan, se invierten y se tocan): "Quiero que lo intentéis cuando me vaya. Sé que podéis llevaros mejor que en el pasado." 

Y a Christina le reconoce una carencia antigua: la poca atención que recibió de él, su dolor por la muerte de la madre (que ella parecía llevar bien, pero que tan sólo lo parecía), y su propio punto ciego por estar atrapado en su duelo, y porque luego se enamoró de la madre de Rachel. A la vez, la valida como madre y como continuidad:"Pero a tu niña no le faltará de nada. Te he visto, veo el amor que sientes por ella - Mirabella - , por David, por quien sea que venga por si decides tener más hijos. Te doy las gracias, ¡gracias por hacerlo mejor que tu padre, por hacerlo bien!

Por fin, como hijas, ahora son hermanas. Tras su muerte, vemos como cada una de ellas vuelve a su vida, pero ahora saben que son una familia: "PAPA PATO DIJO: BEEP, BEEP, BEEP... Y A LAS TRES PATITAS LOCAS VIO REGRESAR."



III.  CONCLUSIÓN

“La muerte es ausencia”. En esa frase cabe todo: lo que se va no es solo un cuerpo, sino una voz, una rutina, una posibilidad de reparar. Y, paradójicamente, es esa ausencia futura la que permite ver al otro entero, no por partes: no ya como “el padre de ellas” o “mi padre”, sino como un todo que sostiene —y también hiere— a cada una de maneras distintas. Cuando el tiempo se acorta, las hijas comprenden que la disputa es un lujo: lo real es lo que quedará. Y por eso el vínculo, de pronto, se vuelve urgente y sencillo: estar, decir, despedirse. En Las tres hijas, ese paso —de la crispación a la presencia— es el que convierte a las tres hermanas en tres hijas y, finalmente, permite que vuelvan a ser hermanas.

Una película que tanto en sus medios, como en su argumento, nos hace comprender que, en muchas ocasiones, la profundidad se halla en la sencillez.



martes, 29 de julio de 2025

OH, CANADA (Paul Schrader, 2024): De una vida como ficción.

Cuando no tienes futuro solo te queda el pasado, y si tu pasado es una mentira como el mío, sobre todo para tus más allegados, una ficción, entonces no existes salvo como personaje de ficción. (Leonard Fife)

Oh, Canadá, es la última película de Paul Schrader, quien lleva a la pantalla de nuevo una novela de Rusell Banks, de quien ya había dirigido (1997) otra de sus grandes novelas: Aflicción  (1992), ya comentada en este blog (pulsar aqui para ver la entrada). La película nos muestra a Leonard Fife, un reconocido director de documentales ya mayor y enfermo, afectado de un cáncer terminal (interpretado por Richard Gere) que llegó a Canadá muy joven (interpretado por Jacob Elordi) como objetor de consciencia de la guerra de Vietnam, y cuya obra cinematográfica aparece como la de alguien políticamente comprometido. "Tu trayectoria es un emblema: el cine político" dicen Malcolm (Michael Imperioli), quien junto a Diana (Victoria Hills), quieren realizar un documental sobre su profesor y maestro y en el que quieren que "este documental hará que Leonard Fife sea relevante en la memoria colectiva canadiense como Glenn Gould. Resucitará todas sus películas, y hará que el público reflexione acerca de qué significa ser un artista comprometido. Desde tu postura contra la guerra hasta tu obra más reciente ... Quedará retratado en toda su humanidad"

La película tiene un tono decididamente experimental mostrando la inquietud de un director como Paul Schrader, quien entremezcla el recuerdo con el presente, el color con el blanco y negro y el ir y venir de recuerdos que aparecen ubicados en el tiempo de una manera no lineal, con lo que se nos destaca también el pensamiento confuso de un enfermo terminal. Sin olvidar el tono melancólico de las canciones y de la música de Matthew Houck - Phosphorescence -, que acompaña distintos momentos de la película.



I. LA DIFÍCIL INTIMIDAD. 

                                                                                                     he estado mucho tiempo contra esta noche, 
                                                                                                     he sido un desastre toda mi vida.
                                                                                                                         (Endless, - Phosphoresence -)

El párrafo con el que inicio esta entrada es el núcleo alrededor del que pivota toda la película y que, aunque nos afecta a todos, se nos presenta con claridad en seres humanos que, sea en el campo que sea, han destacado por su faceta creadora y la brecha que existe entre su creación y el ser humano como creador en toda su dimensión, algo que Leonard pone de relieve en este párrafo cuando dice que la mentira sobre el ser humano para salvaguardar la obra le deja como personaje de ficción. Es por ello que ya nos llama la atención de que es imprescindible que en el rodaje del documental esté presente su pareja Emma (Uma Thurman): porque se trata especialmente de un acto de intimidad, de esa difícil intimidad que, en ocasiones, es reconocer que hay otro ser más allá del personaje, y que su creación y la imagen que se une a ella va unida a la totalidad de su ser: a las luces y a las sombras.

Esta dificultad de reconciliar la obra con el ser humano lo muestra especialmente Emma, quien en diferentes ocasiones, y ante las revelaciones que hace de su vida Leonard, insiste a Malcolm en que no pueden hacerle esto, o intentando justificar que sus revelaciones son productos de la confusión provocada por la enfermedad y la medicación: "Esto es muy duro para mí Leo, porque ya sé que no soy yo la que está enferma, pero esto parece una especie de confusión póstuma. Estás agotado, la medicación te está emborronando la mente cariño, estás confuso, y cuentas cosas que no deberías contar ante una cámara..."  


Y, sin embargo, Leonard insiste: "habréis presenciado como le revelo a mi mujer, a mi hermosa mujer, con que tipo de hombre se casó. Será la confirmación de que entre un hombre y su esposa existió una intimidad..." Porque la intimidad solo pueder ser tal cuando es honesta, y que más honesto que poder compartir con quien se ha convivido durante más de treinta años la totalidad y no solo el personaje.

II. LA DIFÍCIL JUVENTUD: UNA HISTORIA DE ABANDONOS.

                                                                                                            Un cobarde esta mañana,

                                                                                                            oscuro tras haberse echado atrás,

                                                                                                            y ninguna explicación

                                                                                                            podría jamás explicarlo del todo. 
                                                                                                            (All of it, all, - Phosphoresence -)

Leonard se remonta a su juventud, al día en que tomo un avión para dirigirse a Vermont, para firmar el contrato de profesor de literatura en la Universidad de Goddard (Goddard College) y comprar una casa en la que se trasladarían a vivir con Alicia (Kristhine Froseth), su esposa embarazada y con su pequeño hijo Cornel. Justo al cruzar el mostrador del vuelo dice: "De pronto sentí vértigo, como si estuviera a punto de ocurrir algo, una gran revelación que afectaría a todos los pasajeros, como si el avión estuviera a punto de explotar y yo fuera a ser el único superviviente."  

A partir de ese momento Leonard nos presenta un joven inconformista que a los 18 años quiere irse de casa para ir a Cuba, pero que, en realidad es un joven sin rumbo que va dando tumbos... De camino a Cuba conoce en San Petersburgo (Florida) a Amy (Penelope Mitchell), una joven de 18 años con la que se casa a los cuatro meses, estando ya embarazada de uno mientras, paralelamente, muestra esa rebeldía arrogante y egocéntrica de un joven con aires intelectuales que sin haber escrito aún una página critica a otros novelistas de la generación anterior como James Jones, autor de "De aquí a la eternidad", o como dice el Leonard enfermo: "quiere ser considerado escritor mucho más de lo que quiere escribir".  No tarda en conocer a Amanda (Megan Mackenzie), pianista de jazz, con la que engaña a Amy y que, como cuenta ante la cámara: "No hay otra forma de escapar de dos alternativas inaceptables que creando una tercera." Y así surgió Alicia. Leonard, ante la cámara, dice de ese joven "que no sabe definir el amor porque nunca ha amado a nadie." 

Y, no obstante, ¿quién sabe amar a los veinte años? ¿Quién sabe definir lo que es el amor a esa edad? Hay todo un entramado en el que se confunden la intensidad del deseo y del sentirse deseado, el seducir y sentirse seducido, la intensidad del enamoramiento y del desamor... el sentirse importante y especial o despreciado y abandonado, la posesión y el desapego. Intensidad que se desplaza en un ir y venir entre el placer y el dolor, que llena y vacía, que daña y nos daña, para ir engendrando un sufrimiento que, con mayor o menor consciencia, progresivamente, va habitando nuestra alma.

Me imagino a Leonard Fife como uno de aquellos niños que el adolescente Holden Caufield (El Guardian entre el centeno - J. D. Salinger -) habría querido evitar que más allá de los límites del campo de centeno se abismara al precipicio, a ese precipicio que para un niño es el camino que le dirige de la adolescencia para hacerse adulto.

III. LA ENCRUCIJADA COMO HUIDA: EL ABANDONO DE SÍ MISMO.

                                        Lo que pasa con las vidas

                                        es que a veces hay que ser cruel.

                                        Es triste que sea triste,

                                        pero no dejes que eso te apague.

                                        No, para vivir hay que morir,

                                        sí, y más de una vez.

                                        Debes besarla y decirle adiós,

                                        nunca volver a esa vida.


                                        (All of it, all, - Phosphoresence -)


Tras partir en el vuelo de avión hacia Vermont, y en los dos días que pasan hasta su prevista vuelta, Leonard visita Straford, su pueblo natal, y se hospeda en la casa de su amigo pintor y también profesor del Goddard College, Stanley Reinhart. Al poco de llegar recibe la noticia de que Alicia ha perdido el segundo hijo que esperaban... Decide volver al día siguiente, pero durante la noche tiene un encuentro sexual con Gloria, la pareja de Stephen... Temprano por la mañana parte, pero al llegar a la encrucijada para tomar la dirección de vuelta a casa (Massachusetts), y tras parar por unos instantes en los que parece dudar, toma la dirección opuesta, hacia Canadá...

Es interesante pararnos en este momento, porque tenemos aquí el tema de "la encrucijada", y en el cual es esencial "la parada" (dure el tiempo que dure) previa a la decisión, puesto que ella es la que determina la consciencia con la que la decisión es tomada, es decir, entrar en un proceso de reflexión de aquello que dejamos atrás y cómo lo dejamos y de lo que significa asumir el nuevo camino. En este sentido, la encrucijada siempre nos da la oportunidad de una toma de consciencia, de una elección que nos hace partícipes de como configuramos el camino que andamos. ¿Qué nos dice de la consciencia con la que tomó su decisión Leonard, su parada ante el rótulo de la carretera?



Dos hechos de la película nos permiten observarlo:

1) En la presentación de un documental suyo, Cornel, su hijo, va a buscarle despues de treinta años sin saber nada de él, desde el día en que lo vio cruzar la puerta del aeropuerto para volar a Vermont. Tras finalizar el documental se acerca a él y le dice: "Enhorabuena, papa." Ante la sorpresa de Leonard, Cornel continua: "Soy tu hijo, Cornel." Leonard, conmocionado le pregunta a Emma quién es: "El hijo de Alicia" - le responde Emma -. "Exacto, soy tu hijo" - incide Cornel -. Leonard, visiblemente contrariado le responde: "No tengo ningún hijo. Aléjate de mí".



2) Hacia el final de la película, mientras Leonard se dirige hacia la encrucijada que finalmente le llevará a Canadá, su voz en off reflexiona: "¿Qué tenían los hombres a los que yo respetaba? ¿Qué no hice yo que Stanley, Ralph y Nick si hicieron? ¿Servir en el ejército?" Inmediatamente vemos entonces una imagen de Leo en blanco y negro que luego le enfoca en una cola de reclutamiento... Lo que allí se. nos muestra es que Leonard no fue un objetor de conciencia, sino que se hizo pasar por homosexual para evitar ser reclutado... "Cobarde" es lo que el oficial le dice al despedirle...

Y el problema no es tanto que intentara no ser reclutado, asumir que se hizo pasar por homosexual por su miedo a ir a la guerra... ¿Al final, qué sentido tuvo para tantos hombres que fallecieron y tantos a los que devolvió destrozados a la sociedad, una guerra tan absurda como la del Vietnam? ¿Hay alguna muerte más absurda para un ser humano que morir en un guerra, o a causa de una guerra? El problema es precisamente no poder asumirlo, no asumir que evadió el reclutamiento porque tenía miedo, el tener que disfrazarlo de algo heroico como "la objeción de conciencia".



                                                                            Pero yo tengo espasmos y un fuego en el vientre,

                                                                            y unos labios brillantes que, torpes, encuentran un sello
                                                                                                                       (Remain - Phosphoresence -)

Estos dos momentos nos muestran que la parada en la encrucijada entre Massachussets y Canadá de Leonard no responde a la reflexión que implica dejar un camino para iniciar otro, responde esencialmente al pánico a enfrentar una vida que jamás imaginó, pero para la que, hasta aquel momento, no le encontró un sentido, y a la que simplemente se dejó arrastrar llevado por la intensidad de algunos momentos. La decisión de Leonard es una huida y, esencialmente, una huida de sí mismo. No es la toma de un camino con la conciencia de lo que he aprendido hasta el momento de aquel que dejo. La decisión de Leonard no es como la canción dice: "Debes besarla y decirle adiós,/ nunca volver a esa vida." Leonard ni la besa ni le dice adiós, huye de ella y luego la rehúye, huye y rehúye la vergüenza y la culpa que siente de ella. que siente hacia sí mismo.

Hay otra imagen significativa de la película que da testimonio de esto y que ocurre en un bar de Stratford, donde Leonard (ya mayor) está sentado en la barra. De repente entran varios de los personajes de su juventud: Amy embarazada, Amanda, Alice con Cornel, algunos amigos, un sacerdote que estaba vinculado a sus padres... Él, sorprendido (igual que ante la presencia de Cornel), se gira y les da la espalda... Una imagen clara donde una vida (la de Canadá) no es inclusiva con la otra (la de Estados Unidos), donde una le da la espalda a la otra en una clara representacion de la disociación de Leonard. Una encrucijada elige un camino y aunque deja otro no lo borra. Nuestra vida sólo se comprende desde su totalidad.



IV. LA REDENCIÓN EN LA INTIMIDAD Y EL AMOR.

                                                                    Me abrazarás aquí hasta que no pueda permitirme tu bondad,

                                                                    Me abrazarás querida hasta que no pueda permitirme irme

                                                                                                                      (Remain - Phosphoresence -)

Finalmente, y completando el punto I, y ante la cercana frontera de la muerte, es cuando Leonard, en nombre del amor y la honestidad, elige completar su vida exponiéndose a la mirada de Emma, su compañera y su amor durante los treinta últimos años. Ante la creencia de Emma de que lo sabe todo acerca de Leonard, este le responde: "No... tu no sabes nada. No... Hay cosas que no me he contado ni a mí mismo. Es un regalo Emma, para tí, mi amor, para que me conozcas."  Finalmente Leonard puede dejar mostrarse en su totalidad ante la mirada de Emma, una mirada ante la que puede confesar su verdad, una verdad que se ha ocultado a sí mismo tanto tiempo, una mirada que le permita sostenerse en su narración, una mirada como un abrazo acogedor que sostenga la culpa y la vergüenza que ha cargado durante su vida.


                                                                                        y tu fantasma llena mi sueño,

                                                                                        y la luz que se reúne

                                                                                        se posa suave a tus pies,

                                                                                        mientras te giras para preguntarme:

                                                                                        —¿Falta mucho, amor, para que descansemos?—
                                                                                                                       (Endless - Phosphorescence -)

Ante esa frontera que es la muerte, Leonard decide llegar a ella con lo que ha sido la totalidad de su vida. No llega a la muerte como una huida, sino ante el misterio que su encrucijada nos impone. Quizá este sea uno de los sentidos de la muerte: decidir como queremos llegar a ella, qué queremos decirnos de cómo ha sido nuestra vida... Y así finaliza la película, con la muerte de Leonard acompañado por Emma y una voz en off diciendo: "Sintió que le absorbia un agujero negro del que ni la luz puede escapar. Trato de resistirse, de quedarse aqui, de mantenerse en la frontera entre un país y el otro, entre el pasado y el presente. En la noche un estertor en su garganta, una bocanada. Su cuerpo se retorció como si se sacudiera una hoja caída o una pluma"

V. UN COMENTARIO FINAL. 


Oh, Canadá no es una película fácil y no se aprecia su verdadera profundidad en un primer visionado. Es un tipo de películas que necesitan ser revisitadas para apreciar lo que transmiten y por qué su director elige hacerlo como lo hace, en este caso recurriendo a un cine más experimental. Su temática es esencialmente compleja, tanto desde un punto de vista psicológico como filosófico, y concentrar en 90' de proyección una problemática existencial como la de Leonard tiene su especial mérito. En ella podemos rastrear la desesperación del ser en tanto que se aleja de sí mismo y se desgarra, tan presente en la obra de Kierkegaard (La enfermedad mortal), o el tema de la culpa, la libertad y la finitud en Ricoeur (Culpabilidad y finitud), y que tanto caracteriza a los personajes de algunas películas de Paul Schrader. En un plano más psicológico nos recuerda a la visión de Jung (El mito del sentido) o de Frankl (El sentido de la vida) sobre el desconcierto del hombre falto de sentido, sobre el tema de la construcción del yo (por ejemplo en Lacan) o como enfrentar el sentimiento de culpa haciendo de él motivo de aprendizaje y no de castigo, elaborando el arrepentimiento y no cayendo en el abismo del remordimiento que, como en el caso de Leonard, le llava a caer en una disociación de su ser y de su historia ante su insoportabilidad. 


La dimensión humana de esta película es que su temática nos atañe a todos, pues todos sus temas forman parte inevitable de la condición humana y de su psiquismo en lo que podemos llamar, tal y como ha sido definido por el psicoanalIsta Roberto Speziale-Bagliacca (La culpa. Consideraciones sobre el remordimiento, la venganza y la responsabilidad) como el "sentimiento trágico", es decir, un sentimiento que reconoce que la condición humana es sumamente compleja y que comporta la inevitabilidad del error, y que ante esto propone sustituir la lógica del juicio y el castigo por una ética de la comprensión que, no eximiendo de la responsabilidad, aboga por la comprensión de cómo se dio el error y qué podemos aprender de él para transformarlo.



OTRAS PELÍCULAS COMENTADAS DE PAUL SCHRADER.


AFLICCIÓN (P. Schrader, 1997): Una relfexión sobre la onsesión.













BIBLIOGRAFÍA CITADA

Jaffé, Aniella. El mito del sentido en la obra de C. G. Jung. Editorial Mirach, S.L.
Kierkegaard, Soren. La enfermedad mortal. Editorial Trotta.
Lukas, Elisabeth. Victor Frankl y el sentido de la vida. Plataforma Testimonio.
Ricoeur, Paul. Culpabilidad y finitud. Editorial Trotta.
Salinger, J. D. El guardian entre el centeno. Ed.Alianza.
Speziale, Roberto. La culpa. Consideraciones sobre el remordimiento, la venganza y la responsabilidad. Ed. Biblioteca Nueva