AVISO. Por la naturaleza de los trabajos de este blog, el argumento e incluso el final de las peliculas son generalmente revelados.

jueves, 1 de septiembre de 2011

LOS COMULGANTES Y EL HORROR NEURÓTICO

1. ¿POR QUÉ LA FASCINACIÓN POR EL TERROR?


Esta pregunta viene a colación acerca del éxito de las películas de terror, el cual viene avalado además por la notable producción que se da en éste género cinematográfico. Si nos atenemos a la definición de terror en este sentido, se nos dice que este género no sólo cinematográfico sino también literario:

… busca causar miedo o angustia en el espectador o en el lector [2]

Para comprender el terror hay que contemplarlo a la luz del horror, entendiendo la diferencia entre terror y horror como la diferencia que hay entre contemplar una escena de intenso y profundo miedo o ser partícipe de la escena propiamente. Muchos se aterrorizaron contemplando el atentado de las torres gemelas y su profusión de imágenes en directo… sólo algunos – comparado con los muchos que se aterrorizaron – vivieron, y murieron, en el horror de ser sus víctimas y partícipes. Veamos pues unos de los aspectos fundamentales en las películas de terror, o en la experimentación del terror en sí: la posibilidad que separa el contemplar del participar.

Otra característica de las películas de terror  es como la realidad cotidiana de unos protagonistas es alterada por un hecho o fenómeno de características horribles y espantosas que pone en peligro sus vidas, ya sea físicamente, ya mentalmente. Son sus protagonistas los que experimentan el horror – intenso y profundo sentimiento de miedo, o de miedo y repulsión  - que ese hecho o fenómeno implica. Por lo tanto, la película de terror nos cuenta como una realidad cotidiana es modificada por la emergencia de un hecho o fenómeno horroroso. Recordemos en ese sentido la película Alien, y como ejemplo de esa emergencia de lo horrible en lo cotidiano, el momento que se da durante una agradable comida, y tras la aparente recuperación de Kane – John Hurt – después de la retirada del parásito que se le había pegado en el rostro, en la que aparece el alien reventándole desde su interior parte del tórax y el abdomen. Momento de horror para los protagonistas que el espectador experimenta como terror en el “como si” yo fuera uno de los protagonistas. Terror, miedo intenso provocado por la “contemplación” de las víctimas del horror fundamentado en ese “como si”. Por lo tanto, otro de los aspectos fundamentales de las películas de terror es la posibilidad que separa el contemplar del participar y que nos permite experimentar un “como si” refugiado en la distancia que va de la butaca a la pantalla, y de la pantalla a lo real.

Mi pregunta acerca de la fascinación por el terror hace referencia a cuál es la clave por la que nos gusta tanto pagar por asistir a un espectáculo cuya función es atemorizarnos y angustiarnos  - y yo me incluyo entre los adictos -. O dicho de otra manera… ¿Qué le pasa a nuestra vida que buscamos ese estímulo al que llamamos terror? ¿Pero, en realidad es eso lo que buscamos? ¿No hay en la película de terror algo que también se comparte con la ciencia ficción? ¿No constituye una oportunidad de salir de nuestra vida cotidiana? ¿Y qué nos dice esto acerca de nuestra vida cotidiana en relación con el horror? Quizá ahora se entienda porque este artículo sobre una película tan alejada de los clichés de las películas de terror,  como “Los comulgantes” de Bergman empieza con este tema y con la cita de Cioran. El terror, como la ciencia ficción o la combinación de ambos (por ejemplo Alien o La Cosa) nos apartan de la cotidianeidad…

Pero aquí la cuestión no es el apartamiento de una realidad simplemente cotidiana por rutinaria, sino el apartamiento de una realidad cotidianamente horrorosa en su sordidez. En palabras de Eddie Jessup, el protagonista de Altered States:

Todos tratamos de satisfacernos, de establecer contacto con nosotros mismos, de enfrentarnos con nuestra realidad, de explorarnos, de expandir nuestro yo. Y cuando prescindimos de dios no nos queda más que nosotros mismos para explicar este horror que es la vida… [3]

2. LOS COMULGANTES: LA EMERGENCIA DEL HORROR.


No son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan tan meticulosamente con el Tiempo.
                                                              E. M. Cioran [1]

Y no trata acaso “Los comulgantes” justamente de este “horror que es la vida”, o como yo preferiría decir de este horror sórdido que transcurre con la vida – que es la vida humana - que llamamos aparentemente cotidiana. Las películas de terror bien podrían constituir un acceso a la intensidad de unas emociones que en lo cotidiano transcurren a baja intensidad, pero cuya persistencia no deja de ser menos horrorosa, y que al decir de Cioran forman parte de nuestra rutina y nos minan tan meticulosamente con el Tiempo. La película de terror nos permite, en cierta manera, reformular el horror cotidiano como la felicidad de los infelices por comparación con las emergencias de lo intensamente horroroso y el sufrimiento extremo de sus víctimas, un refugio en el sórdido mal de muchos por comparación a las vivencias horrorosas de otros, lo cual no nos impide pensar de que se trate finalmente, y al decir del refrán, de un consuelo de tontos. Los Comulgantes es una de estas películas, que junto a la trilogía con la que se la relaciona (compuesta por Como en un espejo y El silencio) nos permite asistir con un sórdido terror al sórdido horror de lo cotidiano, y con la incomodidad de que la distancia que va de la butaca a la pantalla, y de la pantalla a lo real, es una distancia ficticia, porque en nuestro fuero interno sabemos que tras la sala de proyección nos espera nuestro propio y sórdido horror cotidiano.

Los comulgantes (Ingmar Bergman, 1963) ya desde sus primeros compases provocó en mi la extraña sensación del horror en el que el ser humano anda cotidianamente sumido. Y  ahora podemos ya precisar de que horror se trata el horror que se mezcla con lo cotidiano: el horror determinado por los aspectos neuróticos del carácter y las relaciones que a través de él establecemos y que nos llevan a la presentación de un mundo triste y desagradable, lleno de alienación y de falta de comunicación. [4]

Tras diez minutos en los que Bergman nos presenta magistralmente los personajes en el contexto de un oficio religioso con toda su simbología, y a Thomas Ericsson – interpretado por Gunnard Björnstrand - un pastor de la iglesia luterana que es su representante e intermediario, la película ya nos muestra la incongruencia entre el oficio del pastor y su sentimiento: la emergencia del horror. Esta emergencia ya se define cuando el matrimonio Persson – Jonas, interpretado por Max Von Sydow y Karin, interpretada por Gunnard Lindblom – acude en busca de ayuda precisamente por el malestar de Jonas – acosado de miedos paranoicos acerca de un posible  ataque nuclear por parte de China, cuya educación él teme ser fundamentada  en el odio -, a lo que Thomas responde:

Thomas: Procuramos vivir en paz, pero nos sentimos inseguros por la atrocidad del mundo. Nos vence la angustia y dios parece algo tan remoto.
Karen:    Si, es verdad.
Thomas: También me hallo perdido. No se que decirte. Te comprendo, pero… la vida debe continuar.
Jonas:    ¿Por qué hemos de seguir viviendo?

Thomas se queda sin respuesta… Lo máximo que logra es aplazarla a una rápida cita con Jonas, unos veinte minutos más tarde, para continuar hablando. Veamos pues a nuestro pastor en la misma diatriba que Eddie cuando en el texto antes citado nos dice: Y cuando prescindimos de dios no nos queda más que nosotros mismos para explicar este horror que es la vida… Unos momentos después vemos a Thomas acusando de ridícula a una imagen de la trinidad que se halla en el retablo de la iglesia.


Procuramos vivir en paz, pero nos sentimos inseguros por la atrocidad del mundo.
Justo en ese momento entra la otra protagonista de la película, Marta, una de las feligresas que además es la maestra del pueblo – protagonizada por Ingrid Thulin -. Pronto se hace evidente que Marta ama a Thomas, y que ambos han mantenido relaciones… pero se observa en Thomas como la trata con un tono de cierto desprecio – un hombre que ha perdido su sentido y que se halla sumido en la amargura y la desesperación, tal y como él mismo manifiesta, del silencio de dios -. Ella le intenta consolar – pobrecito Thomas... -. Entre otras cosas le habla acerca de si ha leído una carta que le ha escrito. Thomas aun no lo ha hecho. Cuando Marta se retira Thomas se decide a leerla y, en ese momento, asistimos a uno de los monólogos más impactantes de la historia del cine. La lectura de la carta por parte de Thomas se representa con la de Marta en un primer plano frontal ante la cámara, como si ella le hablara directamente – excelente Thulin con toda una gama de matices expresivos en su rostro que nos presentan a una mujer sacrificada, desesperada, que ha perdido todo sentido de la dignidad y que hace de la salvación de Thomas su propia salvación:

Nos cuesta demasiado comunicarnos – empieza a leer Thomas -. Los dos somos tímidos por excelencia y para disimular me refugio en el sarcasmo. Por eso te escribo- continua Marta ahora hablando en un primer plano frontal -. Te escribo porque tengo algo importante que decirte. Recuerdas el verano pasado, cuando me salió aquel horrible sarpullido en las manos. Una tarde estábamos en la iglesia poniendo, adornando con flores el altar, preparando una confirmación. Recuerdas, no dejaba de quejarme. Llevaba las manos vendadas y me molestaban tanto que no podía dormir. Se me había caído la piel, las palmas eran pura llaga… Estábamos colocando margaritas en los jarrones, amarillas según creo. Yo estaba enojada, con maligna intención, repentinamente airada te reté a que me desvelaras si creías en el poder de la oración, a lo que tú me respondiste que sí creías. Luego te pregunté si habías rezado por mis manos, pero a ti ni se te había ocurrido hacerlo. Te exigí con tono melodramático que lo hicieras en aquel mismo instante y, curiosamente, aceptaste. Tu servilismo me enfureció y me arranqué las vendas. ¿Lo recuerdas… no? La imagen de las heridas abiertas logró que te afectara. No pudiste rezar, no supiste afrontar aquella situación. Comprendí tu reacción, pero tú no quisiste comprender la mía.

Por aquel entonces ya hacía tiempo que vivíamos juntos, hacía casi dos años… Superar aquello hubiera cimentado nuestra relación. Nuestros vanos intentos… para tratar de suplir la carencia de amor que reinaba entre nuestras vidas. Cuando la erupción se extendió por la frente y el cuero cabelludo sufrí en silencio tu evidente rechazo. Me encontraba repugnante, pero procuraste no herir mis sentimientos… La erupción se me extendió por todo el cuerpo y nuestra relación terminó. Entonces fue cuando me desmoroné… Tuve que enfrentarme al hecho de que no nos queríamos. Habría sido estúpido disfrazarlo, ocultarlo o ignorarlo. Thomas… yo jamás he creído en tu fe, tal vez porque la metafísica religiosa no haya sido algo que me ha preocupado demasiado. Mi familia no es practicante pero son buenos, muy alegres y estamos muy unidos. Creemos en dios, en Jesucristo, pero sin darle mayor importancia. En mi opinión tu fe me parece rebuscada, oscura y neurótica elevada a un paroxismo cruel y primitivo. Hay una cosa que nunca he llegado a comprender, tu peculiar indiferencia hacia la figura de Jesucristo.

Y ahora voy a hablarte de oraciones que por suerte fueron escuchadas. Puedes burlarte si lo deseas, personalmente no creo que las cosas estén conectadas. La vida ya es complicada como para tener en cuenta lo sobrenatural. Íbamos a rezar por mis manos, recuerdas… pero mi erupción hizo que sintieras asco, algo que después quisiste negar. Me rebelé y enfurecí y perdí los estribos.

Una escena ilustra el recuerdo – Eso… ¡Cállate! ¡Y ya que no puedes rezar por mi lo haré yo misma! ¡Dios mío, porqué me creaste eternamente insatisfecha, asustada y resentida! ¡Por qué tengo que aceptar lo miserable que soy! ¡Por qué tengo que acarrear la pesada carga de mi insignificancia! Si mi sufrimiento tiene algún fin cuál es, dímelo, y sin quejarme soportaré el dolor, Soy fuerte, fuerte en cuerpo y espíritu y, sin embargo, tu nunca me encomiendas una tarea digna de mi fuerza. Si le dieras sentido a mi vida yo sería tu humilde servidora.

En otoño supe que mis plegarias habían sido oídas – continúa Marta en primer plano -. Pedí lucidez y se me concedió. Ahora estoy segura de que te quiero. Pedí tener una tarea a la que dedicarme y me la dieron… Esa tarea eres tú. He aquí a donde van a parar las ensoñaciones de una maestra rural cuando el teléfono no quiere sonar en una noche oscura y solitaria. De lo que carezco es de capacidad para demostrarte amor… No tengo idea de cómo hacerlo. Me he sentido tan miserable que sentí que tenía que seguir rezando, pero, pese a todo, gracias a dios aun me queda una pizca de amor propio…

Queridísimo Thomas… quizá haya sido una carta muy larga, pero así ha quedado escrito lo que nunca te dije cuando estabas entre mis brazos. Te quiero mucho y mi vida es tuya. Tómame y úsame bajo la falsedad de mi orgullo, Bajo mí pretendida independencia sólo albergo un deseo: vivir para alguien. Al no tenerte sufro, y cuando pienso en ello no se como voy a poder superarlo. Quizá todo sea un error… dime que no lo es. Te quiero.

Ese monólogo nos vuelve a colocar ante un personaje sin sentido cuya vida se focaliza en un solo deseo: vivir para alguien. Vivir en función de otro y también sentirse vivo, existir, como reconocimiento a través del otro. Ambas consideraciones son válidas y complementarias en Marta. Todo el monólogo nos presenta a una Marta sumida en el miedo, la insatisfacción, la insignificancia y el resentimiento, palabras utilizadas por la misma Marta para definirse ante su queja a dios. Fuerte, fuerte en cuerpo y espíritu… para sufrir en un intento de ser amada por servir. El final de su carta es, en ese sentido, ejemplar: Te quiero mucho y mi vida es tuya. Tómame y úsame bajo la falsedad de mi orgullo, Bajo mí pretendida independencia sólo albergo un deseo: vivir para alguien. Al no tenerte sufro, y cuando pienso en ello no se como voy a poder superarlo. Quizá todo sea un error… dime que no lo es. Volveremos a la carta más tarde.

Después de leer la carta Thomas se duerme y asistimos entonces a la llegada de Jonas Persson, tal y como habían quedado anteriormente. En este supuesto encuentro para atender  o consolar los problemas de Jonas con el peligro chino y su deseo de quitarse la vida, Thomas nos ofrece el otro monólogo impactante de esta película:

Escúchame bien, Jonas. Voy a ser sincero contigo. Mi esposa murió hará unos cuatro años… La quería mucho. Mi vida se acabó. No me asusta morir y no tengo ninguna razón para seguir en este mundo, pero lo he hecho, y no por mi… sino para ser útil. Era un soñador ambicioso. Quería dejar huella de mi paso. Eran sueños de juventud. Desconocía absolutamente la maldad. Cuando me ordenaron era tan cándido… Entonces fue cuando sucedió todo. Estuve durante un tiempo viviendo en Lisboa. Fue cuando estalló la guerra civil española y no quise ver lo que pasaba, me negué ha aceptar la realidad. Mi Dios y yo residíamos en un mundo donde todo tenía sentido, y yo… – llora con desesperación -…

Ya lo ves Jonás, no soy un buen clérigo. Creía en la imagen improbable personal de un Dios paternal que amaba la humanidad y ante todo me creía a mí. ¿Comprendes mi monstruosa equivocación? Un pobre angustiado e infeliz que se convierte en un  sacerdote inmundo y nefasto. Imagina como eran mis oraciones a un Dios – eco que daba respuestas benignas y reconfortantes bendiciones. Cada vez que confrontaba a dios con las realidades que veía era algo horrible, repugnante. Un Dios araña, un monstruo… Y entonces fue cuando decidí alejarme de la luz y aferrarme a su imagen en la oscuridad. Sólo mostré aquel Dios a mi esposa… Ella me soportaba, me animaba, me ayudaba, aclaraba mis dudas y seguí soñando…

Cuando en este momento Jonas intenta irse, Thomas le retiene:

¡No te vayas! Quiero que entiendas porque te he contado mi vida. Quiero que te des cuenta de lo miserable que soy, del pobre infeliz que tienes ante ti, lo desgraciado que…

Pero Jonás insiste, le ruega que deje marcharle, igual que Thomas insiste en que se quede:

¡Quédate un poco más! Por favor… y conversemos tranquilamente… Perdóname por hablar de un modo tan confuso pero mis dudas siguen aun latentes. ¿Si Dios no existiera… habría alguna diferencia? No nos preocuparíamos, tal vez sería un alivio. La muerte como extinción de la vida. La disolución del cuerpo y el alma. Y la crueldad, y la soledad, y el temor… serían cosas claras y transparentes. No le buscaríamos explicación al sufrimiento. Si no existiera un creador no habría vida eterna… ni designio.

Y así  acaba el consuelo para Jonas… En este monólogo evidenciamos unos evidentes paralelos entre Ingrid y Thomas. La necesidad de ser útil, el menosprecio, la indignidad, la falta de sentido ligada a la existencia de Dios y a su confrontación con la realidad, la dependencia de su exmujer. La diferencia es que Thomas es la versión amargada, la versión desengañada y más oscura de Ingrid, quién aun confía en el amor, aunque sea el falso amor que lleva a salvar al otro – a quien se necesita enfermo – para salvarse a sí mismo. La diferencia entre Thomas e Ingrid es que mientras que ella aun cree poder ayudar a su amor, Thomas se sabe lo suficientemente perdido y sumido en la oscuridad como no para no poder ayudar; y no solo eso, como la película nos muestra, sino que también para poder dañar.

3. LA SORDIDEZ DEL HORROR COTIDIANO.

Tras la introducción de los dos personajes fundamentales de la película, a la que podríamos considerar como la emergencia del horror, esta deriva, tras la marcha de Jonas, en su manifestación. Tras la desesperación de Tomas, mientras Marta intenta consolarlo con sus abrazos y besos, surge el primer aviso de la manifestación del horror, una feligresa entra para comunicar al pastor que Jonas Persson se ha suicidado. Tras ir al lugar del suceso, al que también – siempre siguiéndole – llega Marta, ambos van en coche a la casa de Marta… Thomas le pide una aspirina y mientras Marta se la va a buscar, éste la espera en la escuela. Y es ahí donde aparece la segunda manifestación del horror. Marta le trae unas pastillas que ofrece servilmente a Thomas y que este rechaza. Luego le da la aspirina y le pregunta si quiere agua…  El pastor responde a su preocupación con sequedad y menosprecio. Y es ahí donde Marta le manifiesta sus sentimientos:

Eres tan desagradable… A veces… A veces incluso parece… como si me odiaras

Sigue la demanda quejosa de Marta – una Marta que empieza a surgir como persecutoria - para acompañar a Thomas a un pueblo donde tiene que ir a dar misa, pasando primero por la caso de Jonas para comunicarle a su mujer lo sucedido, un Thomas que le responde que necesita tiempo para estar solo. Y ahí empieza la manifestación del horror, como dos seres pueden dañarse el uno al otro básicamente a partir del daño que se hacen a sí mismos. Una Marta desesperada se sienta ante él temerosa de ser abandonada. Thomas persiste en no querer hablar sobre eso, pero Marta sigue obcecada:

¿Por qué quieres deshacerte de mí? Thomas, mi queridísimo Thomas, estás envejeciendo. Ni te satisface la vida, ni estás satisfecho de ti. Y aquí me tienes lanzándome a tus brazos y  complicándolo todo.
En un momento de lucidez Marta se da cuenta de que Thomas está molesto con su actitud, pero ella sigue sin poder ceder y continúa ya casi humillándose ante el pastor:
Tú sigues torturándote con tus sueños y yo no te presto atención. Incluso los desprecio, y te duele… Tendría que ser más amable.
 (…)
Has tenido muy mala suerte. Soy muy mandona, lo sé. Y no me contradigas, sé que lo soy…


¿Porqué quieres deshacerte de mi?
El clímax de Marta llega en la escena siguiente, cuando tras manifestarle Thomas su molestia sobre los cotilleos de la gente del pueblo acerca de los dos, ésta le pide que se case con ella a lo que él le responde con un taxativo no.

Thomas, es muy duro tener que interceder por una misma (…) ¡No puedes! ¡No puedes alejarme de ti! ¡No entiendo como puedes estar tan ciego!

Marta llora a lo que Thomas le pide que no se ponga histérica, pero Marta continúa:

¡Cada vez que me ves llorar me dices lo mismo! ¡Supongo que si que soy un poco histérica…!

Y Thomas continúa con dureza:

La razón que de verdad importa es que no te quiero… ¿Has oído lo que he dicho? (…) Estoy harto de tus atenciones, de tus mimos, de tus buenos consejos, de tus candelabros y tus mantelitos. Estoy harto de tu miopía, de tus manos torpes, de tu angustia, de tu pudor cuando estamos en la cama. Pretendes distraerme amparándote en tu condición física, tu mala digestión, tus erupciones cutáneas, tus periodos, tus mejillas congeladas… Tengo que huir de una vez por todas de este cúmulo de burdas coacciones… Me aburre todo lo que tiene que ver contigo.


La razón que de verdad importa es que ya no te quiero.
Una Marta estupefacta le pregunta por su mujer fallecida:

A ella la quería. ¿Entiendes? La quería mucho. Y a ti no te quiero, no la he olvidado. Al morir me fui con ella. Y lo que me pase o deje de pasarme me trae sin cuidado. ¿Lo has comprendido? ¡La quería y ella fue todo lo que tu nunca podrás ser por mucho que intentes esforzarte! Tu forma de imitar su comportamiento es patética...

En un momento dado, y tras algunas palabras más, Marta se quita las gafas de su rostro y mira a Thomas y ejerce un acto de negación tras el que, inexorable continua  continúa su discurso:

Apenas te distingo sin las gafas puestas… Te veo muy borroso  y tu cara es algo indefinido… No eres real. Si… Ahora comprendo que me he equivocado en todo… en todo. (…) Todas las veces que te he odiado me he esforzado para transformar el odio en compasión… No te las apañaras solo. No sobrevivirás Thomas. Nada te ayudará.  Te vas a despreciar hasta la muerte.

Thomas salta y le pide que le deje en paz, que no le atosigue, que se calle… y se va para visitar a la mujer de Jonas, pero justo al abrir la puerta de la escuela vuelve a cerrarla y dándose la vuelta asistimos aterrados a la consumación de esa sordidez implícita en ese horror de lo cotidiano:

Thomas: ¿Quieres venir conmigo?
Marta:    ¿De verdad quieres que vaya o es el miedo a enfrentarte a la situación?
Thomas: Di lo que quieras, pero acompáñame…
Marta:    De acuerdo. Iré contigo. Tampoco tengo elección.

Y que a modo de su confirmación se registra en la visita de Thomas a Karin, la mujer de Jonas, cuando tras comunicarle el suicidio de su marido, Thomas, enfundado en su disfraz de pastor le dice:
Estuve hablando con él… pero fue en vano.

4. LA CONSUMACIÓN DEL HORROR COTIDIANO: EL INFIERNO ES REPETICIÓN.

Tras algunas interesantes escenas con el sacristán acerca del dolor de Jesús por el silencio de sus discípulos la noche de Getsemaní y por el silencio de Dios en la cruz (¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?, y de Marta con el organista, quién le recomienda que se vaya del pueblo y se olvide del pastor, la película acaba como empieza: en el inicio del oficio religioso de la misa. Si bien eso no es exacto. La película empieza con el final de la misa, y acaba con su inicio, un inicio que nos muestra a ambos protagonistas perdidos en su círculo sin salida. Una Marta arrodillada musitando las siguientes palabras:

Ojalá nos sintiéramos protegidos y nos atreviéramos a mostrar ternura. Ojalá existiera una verdad en la que creer y ojalá pudiéramos hacerlo.

Y su imagen final mirando hacia el altar, mirando a Thomas con esa mirada que la resignación ofrece cuando el destino parece escrito, y que momentos antes había manifestado como: De acuerdo. Iré contigo. Tampoco tengo elección.


Un tampoco tengo elección que no nos puede evitar recordar a esa otra muerta en vida que vimos al comentar la película de Hitchcock Los pájaros: Anne, la ex novia de Mitch. Hay en esa expresión de Marta, algo que nos recuerda a Anne cuando dice: “Para estar cerca de Mitch… Sabía que todo había terminado entre nosotros pero quería vivir cerca de él. Reconozco que sigo apreciándolo mucho y no quiero perder su amistad… nunca”. Es lo que  el organista habla con ella cuando le dice claramente:

Marta, no seas tonta, lárgate de aquí lo más lejos que puedas. En Mittsunda y Frostnas todo es muerte y desolación (…) Oye Marta, no ten engañes con estas tonterías de “Dios es amor y el amor es Dios”. “El amor demuestra la existencia de Dios”. “El amor es el auténtico y genuino motor de la humanidad” (…) No te lo pienses más, lárgate.

Mientras, Thomas, como ese pastor, ese sacerdote que se define así mismo como “un pobre angustiado e infeliz que se convierte en un  sacerdote inmundo y nefasto” continúa en su cobarde e hipócrita actitud orando en el inicio de la misa a  un Dios que el considera un Dios araña, un monstruo en su silencio, el silencio de  dios.

Santo, santo, santo es el señor. Vuestro seños Jesucristo. Y su gloria se extiende por toda la tierra.

Ese final con el inicio del oficio como colofón a ese inicio de la película con su final es la escena simbólica que resumen las actitudes de Thomas y Marta, y que en palabras de ella se resumen en un “no hay elección”. Los comulgantes deviene así en un representante sórdido de lo que Kierkegaard introdujo bajo el concepto de La repetición y que, posteriormente Freud, Lacan o Perls la recondujeron desde la visión cristiana del filósofo danés a la visión compulsiva que estos psicólogos introdujeron, cada uno a su manera, y que yo he llamado el infierno de la repetición, el horror de lo cotidiano. Ambos personajes están unidos en su sórdido sufrimiento causado por    la no superación del dolor de sus rupturas; la de Thomas con su mujer difunta y la de Marta con el rechazo de Thomas. Ambos viven en un estado de congelación melancólica, cada uno de ellos presa de unas imágenes en su psique que les impiden proyectar más amor y más vida fuera de ese contexto negador y que Lacan explícita con claridad:

Como todo nos lo indica en los hechos, la experiencia, la clínica, la repetición se funda en un retorno del goce. Y lo que el propio Freud articula en este sentido es que, en esta misma repetición, se produce algo que es defecto, un fracaso. En su momento apunté aquí el parentesco que eso tiene con los enunciados de Kierkegaard. Por el hecho mismo de que sea algo expresamente repetido, por el hecho de que esté marcado por la repetición, lo que se repite no puede estar más que en posición de pérdida con respecto a lo que es repetido. [5]

El vínculo de Thomas y de Marta es la repetición de un fracaso que deviene en la repetición de una pérdida. Es interesante, no obstante, captar la función que en su vínculo neurótico interpretan Thomas y Marta para cada uno de ellos mismos.

5. THOMAS: EL DUELO MELANCÓLICO.

Es interesante enfocar el tema de Thomas desde las palabras que el organista le dice a Marta hacia el final de la película acerca de la relación del pastor con su difunta mujer:

Pero su mujer lo absorbía demasiado… su mujer fue su perdición… Aquella mujercita. Thomas dejó de juzgar la naturaleza humana. Sólo tenía ojos para ella. Le tenía hechizado

Y esas mismas palabras en relación con las del propio Thomas cuando a Jonas Persson le dice: “Mi esposa murió hará unos cuatro años… La quería mucho. Mi vida se acabó. No me asusta morir y no tengo ninguna razón para seguir en este mundo, pero lo he hecho, y no por mi… sino para ser útil”.  O las que le dice a Marta en su discusión en la escuela: “A ella la quería. ¿Entiendes? La quería mucho. Y a ti no te quiero, no la he olvidado. Al morir me fui con ella. Y lo que me pase o deje de pasarme me trae sin cuidado”. ¿No nos recuerda un poco Thomas a nuestro personaje de Khris Kelvin en Solaris? No es Thomas un representante de esa ausencia de amor, el dolor más profundo al que hace referencia Nosferatu en ese mismo capítulo. No nos recuerdan esas palabras del vampiro en su transcurrir de los días: “La muerte no es lo peor. Hay cosas más terribles que la muerte. “¿Se imagina usted vivir durante siglos? ¿Experimentar todos los días las mismas banales experiencias?”. Recordemos que en la historia de Drácula, éste se transforma en un no muerto tras la muerte de su esposa…

Para Thomas Marta deviene en espejo de la falta de su mujer, la imagen que aplasta a su yo (“¡La quería y ella fue todo lo que tu nunca podrás ser por mucho que intentes esforzarte! Tu forma de imitar su comportamiento es patética...” – a lo que ella le responde que ni tan siquiera la conoció -). También es espejo de su ausencia de amor que deviene en un sufrimiento crónico (el dolor más profundo al que hace referencia Nosferatu), el sufrimiento de Marta espejo del suyo propio. Por último Marta deviene también en espejo de su propia impotencia, de su propia farsa, de su cobardía que tan bien representa el final de esa escena en el que huyendo de ella vuelve para pedirle que le acompañe, el mismo final con el que ejerce el oficio religiosa a pesar de la concepción que tiene del Dios al que representa…

6. MARTA: LA RUPTURA IMPOSIBLE.

Marta se nos presenta como una mujer al estilo de Anne (Los pájaros) pero con una intensidad mayor… Marta aun no se ha resignado como la protagonista de Hitchcock,  se resiste a aceptar la situación que Thomas le depara. Nuestra protagonista se nos muestra con ese vivo exponente de la angustia de la mujer: perder el amor de su amado:

En la fantasía de la mujer, el objeto más preciado, el falo, es el amor que siente por ella el amado y no el amado mismo. Además, la angustia específicamente femenina es el temor de perder el amor del ser querido y verse abandonada. [6]

¿No es ese temor el que se halla tras esa explosión de “Thomas, es muy duro tener que interceder por una misma (…) ¡No puedes! ¡No puedes alejarme de ti! ¡No entiendo como puedes estar tan ciego!”?
El siguiente texto de J. D. Nasio es aplicable a Marta como ejemplo de esa angustia de la mujer, un texto que como psicoterapeuta he oído – y visto en su expresión – en las palabras de mis pacientes femeninas en numerosas ocasiones:

En la mujer, la identidad sexual se elabora permanentemente, incluso más allá de la maternidad. Como si la particularidad de la identidad femenina fuera enriquecerse a lo largo del tiempo y en el contacto no solo con otras mujeres, sino también y sobretodo con el hombre. Seguramente lo que hace que una mujer se sienta mujer es la mano del hombre que la acaricia o la sostiene, la palabra que la reconoce o la mirada que la ilumina. La participación del hombre en la constitución de la identidad sexual femenina es evidentemente decisiva. Si bien La identidad femenina es mucho más estable que la del hombre, en cambio la mujer vive constantemente en el temor del peligro, a menudo imaginario, de que el hombre se vaya o le deje. [7] (La negrita es mía)

Marta, como diríamos en Gestalt, es una personalidad altamente confluyente cuya máxima expresión de esta conducta es la conclusión de su carta a Thomas: “Ahora estoy segura de que te quiero. Pedí tener una tarea a la que dedicarme y me la dieron… Esa tarea eres tú”. Confluencia significa confusión con el otro, falta de límite o frontera entre el yo y el tú. El objetivo de la confluencia (mecanismo conocido en psicoanálisis como conducta pasivo-agresiva) es la creación de un estado fusional cuya rotura es objeto de una fuerte angustia por el individuo confluente, angustia de separación que oscila entre la culpa – contra sí mismo - y la ira – contra el objeto o persona con la que se confluye - ante esta rotura. Es en ese sentido que cabe entender las palabras de Marta en su carta a Thomas. Recordemos:

¡Dios mío, porqué me creaste eternamente insatisfecha, asustada y resentida! ¡Por qué tengo que aceptar lo miserable que soy! ¡Por qué tengo que acarrear la pesada carga de mi insignificancia! Si mi sufrimiento tiene algún fin cuál es, dímelo, y sin quejarme soportaré el dolor, Soy fuerte, fuerte en cuerpo y espíritu y, sin embargo, tu nunca me encomiendas una tarea digna de mi fuerza. Si le dieras sentido a mi vida yo sería tu humilde servidora.

Es inevitable ver en toda la preocupación de Marta por Thomas un reflejo de su propio descuido, de su abandono y auto-humillación. Cuanta proflexión (la transformación en lo contrario del psicoanálisis) y represión hay en esa actitud, cuanto hacerle al otro lo que desearía que hiciesen conmigo a base de reprimir los impulsos más agresivos. No es de extrañar, en este contexto, que uno de los “síntomas” de Marta sea la somatización. Cuanta represión se esconde tras la frase “Si… Ahora comprendo que me he equivocado en todo… en todo. (…) Todas las veces que te he odiado me he esforzado para transformar el odio en compasión…” Cuanta retroflexión (la vuelta contra sí del psicoanálisis) de los instintos agresivos sobre sí misma se esconde bajo esas erupciones cutáneas, malas digestiones…

Igual que con Thomas vimos que Marta era un reflejo de su congelamiento existencial, de su ausencia de amor y de su impotencia, Thomas lo es de Marta también en ese mismo congelamiento, en su menosprecio por sí mismo, en su propia auto-degradación y en su cobardía. Thomas es la voz externa de la voz interna de Marta (el perro de arriba gestáltico) que representa al superyó. Y la actitud de Marta es su propia actitud ante esta voz, sumisa y vencida de antemano: “Está bien. Iré contigo. Tampoco tengo elección”.



[1] Cioran, E.M. Ese maldito yo. Marginales 86. Tusquets editores.
[2] Diccionario de la Real Academia de la lengua española.
[3] Ver artículo dedicada a esta película.
[4] Comentario de Alfredo Garmendia acerca de la trilogía citada en Apuntes sobre el cine de Bergman. En  Trensedombras.com. Revista de análisis cinematográfico.
[5] Lacan, Jacques. Seminario XVII. El reverso del psicoanálisis. Paidós. Págs. 48 y 49. 
[6] Nasio, J. D. El dolor de amar. Gedisa editorial. Psicoanálisis, pág. 132
[7] Nasio, J. D. Un psicoanalista en el diván. Paidós, pág. 595

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1 comentario:

  1. Gran re - flexión acerca de la mujer y, en general, la individualidad humana sin distinción de géneros. Me encantó tu enfoque. Esperamos seguir contando con tus aportes. Saludos desde el "horror", compromisos y agrado de nuestras existencias. Mis mejores deseos.

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