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sábado, 14 de octubre de 2017

EL DÍA QUE NIETZSCHE LLORÓ (Pinchas Perry, 2007): SOBRE LA CRISIS DE MEDIANA EDAD Y EL DOLOR DE LA SOLEDAD.

Jung dijo en una ocasión que, esencialmente, existen dos problemas en terapia: el problema de la persona de veintiún años y el problema de la persona de cuarenta y cinco, independientemente de la edad cronológica del paciente. El problema de los veintiún años tienen que ver con meterse en la vida, mientras que el de los cuarenta y cinco es cómo salirse. (Robert Johnson) [1]

El día que Nietzsche lloró (When Nietzsche Wept, 2007) es una película dirigida por Pinchas Perry, interpretada por Armand Assante (Friedrich Nietzsche), Ben Cross (Dr. Josef Breuer) y Katheryn Winnick (Lou Andreas Salomé), y basada en el libro del mismo título del psicoterapeuta Irvin D. Yalom. La película parte del hecho real del enamoramiento del filósofo Friedrich Nietzsche de Lou Andreas Salomé (que junto a Paul Ree establecieron una especie de trio intelectual), y de la melancolía en que pareció sumirle la negativa de Lou a su petición de matrimonio. La ficción empieza cuando preocupada por la salud del filósofo, Lou se pone en contacto con el reconocido Dr. Josef Breuer, quien  parece que practica algo que llama "la cura por el habla",  para que le ayude, si bien le advierte que ello a de ser disimulando precisamente que está bajo tratamiento. Ese encuentro va a dar como resultado un curioso intercambio entre ambos, en el que cada uno de ellos deberá abordar un sufrimiento interno que les habita. En Josef Breuer tomará la forma de una desesperación que denota lo que se define como una "crisis de mediana edad", mientras que en Friedrich Nietzsche denotará un sufrimiento vinculado a la soledad y aislamiento a la que el filósofo se entrega en nombre de la que considera su "misión".

I. EL DR. BREUER Y LA CRISIS MEDIANA EDAD.

El Dr. Josef Breuer nos aparece como un reputado médico vienés, cuya vida burguesa y acomodada se perturba debido a su enamoramiento de Berta Von Pappenheim (interpretada en la película por Michal Yannai, y que se corresponde al famoso caso de Ana O. que junto con Freud fue descrito en el libro que ambos dedicaron a la Histeria). Históricamente el caso se presenta como que Berta se enamoró de Breuer y simuló un falso embarazo, lo que llevó al doctor a tener que dejar el tratamiento, parece ser que por presiones de su esposa Matilda (interpretada por Joanna Paccula), siendo éste continuado por Freud, como se puede ver en "Freud, pasión secreta" (John Huston, 1962), una película también comentada en este blog (ver enlace al pie de esta entrada). En la película, como en el libro, se supondrá que el enamoramiento fue también por parte de Breuer, siendo éste una de las señales que nos indican su entrada en una crisis de mediana edad.

Friedrich Nietzsche (Armand Assange) y Josef Breuer (Ben Cross)

- Sobre la crisis de mediana edad.

Las crisis de mediana edad suele ser, como bien indica la palabra "crisis", un cuestionamiento que se da en algunos seres humanos entre los treinta y cinco y los cuarenta y cinco años (se habla de una afectación de un 10% de los adultos en esta franja de edad), aunque puede empezar un poco antes y también dare después, en relación al sentido y significado de la propia vida. Aunque toma en muchas ocasiones la forma de un cuestionamiento sobre los aspectos externos de la vida, estos no son más que un reflejo de los movimientos internos que son necesarios que se den, siendo estos, en todo caso, los que harán buenos los cambios que se realicen sobre la propia vida. En términos junguianos podríamos ver esta crisis como la tendencia a realizar el "sí mismo" intentado superar los condicionamientos del ego y sus mecanismos neuróticos, que hasta ese momento son los que han estado guiando el camino por la vida. El psicoanalista Erick Erickson también habló de ella diciendo que es la lucha que se establece en el ser para encontrar significado y propósito en la propia vida, lo que coincidiría con la idea de Jung de "encontrar el propio mito" o el "mito del sentido".

Respecto a las características de este tipo de crisis las podemos ver, aproximadamente, en lo que Nietzsche le dice a Breuer cuando describe sus "síntomas": "infelicidad en general, le atormentan pensamientos extraños, se odia a sí mismo, miedo a la vejez, miedo a la muerte, reflexiones sobre el suicidio..." A lo que Breuer añade: "Me siento... completamente ajeno y distante... de mi esposa. Atrapado en un mundo que no he elegido yo". Esta última frase creo que es una de las características, a mi entender, y por lo menos hablo por mi propia experiencia personal, que más caracterizan esa "crisis", la sensación, como dice Breuer, de estar en "un mundo que no he elegido yo". La necesidad de encontrar significado y propósito (E. Ericsson), o el mito del sentido según Jung. En una secuencia de una escena se establece el siguiente diálogo entre Breuer y Nietzsche:

Nietzsche: ¿Y qué fue de aquel muchacho?
Breuer: Se convirtió en un médico de éxito, y rico.
Nietzsche: Entonces... logro sus objetivos. ¿Está satisfecho?
Breuer: Logré mis objetivos, es cierto. ¿Qué si estoy satisfecho...? No.
Nietzsche: ¿Cómo eligió sus objetivos?
Breuer: Los objetivos son parte de mi cultura. Están en el aire, se respiran [...] Mi padre fue el gran maestro de mi vida... Yo no elegí los objetivos. Simplemente estaban allí, como un accidente.
Nietzsche: El no tomar posesión de sus objetivos es justo eso, dejar que su vida sea un accidente.

Obviamente Breuer hace referencia al campo de introyecciones e identificaciones que sufrimos en la infancia y que nos determinan en nuestra salida al mundo. En relación a ello, Breuer ya ha tenido algunos sueños que le advierten de su malestar. En el primero de ellos se ve presa de su deseo por Berta, mientras Lou le admira por darse esa libertad (al mismo tiempo que aparece la vergüenza que experimenta al ser descubierto en lo que parece una representación teatral), cuyo carácter intenso, y presentándose como una alma libre, parece haberle impactado especialmente (el anima junguiana). En otro, y ese me parece especialmente interesante, sueña vivir su amor con Berta, quien en un lugar bucólico le quita un libro y arranca a correr. Él la persigue y, en esa persecución, cae por un agujero que le lleva ante un ataúd que pretende querer abrir inútilmente.



En otro sueño aparece también "el tiempo", el tiempo que pasa y corre: ¡Joseph mira, se nos acaba el tiempo! - le dice Nietzsche -, a la vez que una imagen de Berta le grita ¡Tómame! Breuer (la llamada del deseo), desesperado, intenta liberarse de unos grilletes (los grillestes sociales) que le encadenan.

- El enamoramiento como despertar.

El enamoramiento nos permite destacar dos aspectos que se hallan relacionados en este tipo de crisis que, precisamente, se manifiestan a veces en el tipo de enamoramiento que sufre Breuer. Por un lado, tenemos el elemento de transgresión que implican, de rotura de normas, de liberación, de relación con el "despertar". Especialmente aplicables a Breuer son las siguientes palabras de Aldo Carotenuto:

Cada vez que uno rechaza la experiencia amorosa desechándola con racionalizaciones, está obedeciendo una ley colectiva que ha sido internalizada. Todos hemos asimilado esta ley que niega la libre realización del deseo a pesar de las continuas invitaciones de la vida. Así, mientras la vida conspira para despertarnos, a menudo puede suceder - y ocurre - que neguemos nuestro deseo en acatamiento a un veto externo que ya está fatalmente vivo dentro de nosotros sin que siquiera estemos conscientes de él. [2]

Por otro lado, tenemos el enamoramiento también como una huida hacia adelante. Más que verlo como un zarandeo que la vida nos trae para cuestionarnos cómo la estamos viviendo, de repente el amado o la amada pasan a serlo todo. Y lo que tendría que ser algo que nos llevara al "despertar" se transforma en una huida del propio vacío y en su refugio. Observamos también eso en Breuer cuando le dice a Nietzsche:

Cuando estoy con ella siento que estoy en el centro de un Universo tranquilo y ordenado. En un lugar inmensamente bello donde no hay preguntas sobre la vida o su propósito. Es como pasear por la nubes.


Es decir, en estas palabras suena el famoso sentimiento oceánico de Romain Rolland que Freud invocó para definir esa necesidad de totalidad que persigue el ser humano, a la vez que le elude:

... debemos aprender a soportar la privación. Pienso que aceptar el vacío es otra característica estructural de nuestra existencia. Durante toda nuestra vida luchamos por asir algo que nos elude, y para continuar debemos aprender a soportar el peso de la ausencia del otro [...] Cuando sentimos que el vacío se ha llenado, nos estamos engañando a nosotros mismos. De hecho, por bien que corresponda el ser amado a nuestro deseo inconsciente, la sed de totalidad es tan ilimitada que nada puede satisfacerla por completo. [3]

Gracias a los buenos "quehaceres psicoterapéuticos" de Nietzsche, Breuer puede desentrañar el significado de Berta en su psique diferenciando la proyección que sobre ella hace, diferenciado la imagen psíquica que es para él de la mujer real que es Berta. Así el filósofo le dice al médico: "No hemos intentado comprender el significado de lo que hay detrás de su obsesión". Una vez más se recurre al tema del habla:

Nietzsche: ¿Cómo sería su vida si no existiera Berta?
Breuer: La vida sin Berta... Sería una vida sin color, todo estaría decidido... Ese maletín de médico, ese traje negro. Soy un científico, pero la ciencia no tiene color. ¡Necesito pasión! ¡Necesito magia! ¡Eso es lo que Berta significa! ¿Qué es una vida sin pasión, sin misterio? ¿Quién quiere una vida así?

El "insight" de Breuer del significado que para él tiene Berta es importante, si bien aun necesita de profundización, y se corresponde con la opinión de Jung de que...

"Es importante que tengamos un secreto y el presentimiento de algo incognoscible. Ello llena la vida de algo impersonal, de un numinoso. Quien no ha experimentado esto, se ha perdido algo importante. El hombre debe percibir que vive en un mundo que en cierto sentido es enigmático. Que en él suceden y pueden experimentarse cosas que permanecen inexplicables, y no tan sólo las cosas que acontecen dentro de lo que se espera. Lo inesperado y lo inaudito son propios de este mundo. Solo entonces la vida es completa". [4]

Los enamoramientos, así como la vuelta a un cierto tipo de vida "juvenil", son los riesgos implícitos  en este tipo de crisis, son las huidas hacia delante en las que el vacío se pretende llenar de más y más cosas y experiencias con el único objetivo de llenarlo, con lo que finalmente suelen devenir en cosas y experiencias vacías, a menos que no sean la puerta que abra el camino de la consciencia, y que nos lleve a dirigirnos hacia nuestro propio interior a la búsqueda de aquello que infructuosamente se busca en el exterior.

- La resolución.

La lectura de ese "impersonal y numinoso" de ese "misterio" al que Jung se refiere constituye, para mi, una de las principales características de las "crisis de mediana edad" y, desde mi perspectiva, esencialmente de lectura junguiana, y en tanto experiencia propia en la terapia junguiana que yo mismo realicé, se relacionan mucho con la nueva relación que la consciencia establece con el inconsciente, no sólo el personal sino también en el colectivo o, como James Hillman nos diría, en el personal también como manifestación del colectivo. Sueños de naturaleza arquetípica suelen ser frecuentes en este tipo de crisis como ya se nos muestra en esta película. Es algo que se experimenta como ceder en el control yoico para dejar que emergan los contenidos inconscientes para que nos guíen a unos nuevos valores de índole más personal, y a partir de los cuales podemos ir construyendo ,en un proceso ni fácil ni corto, nuevos significados y propósitos en nuestra vida.


"Necesito pasión, necesito magia"
La crisis de mediana edad es también vivida como un riesgo, obviamente el riesgo de dejar caminos conocidos para adentrarse en otros desconocidos y que implican, como ya apuntaba Kierkegaard, quedarse en una zona intermedia de confusión. Dice también Ortega y Gasset:

El hombre de cabeza clara es el que se liberta de esas “ideas” fantasmagóricas y mira de frente a la vida, y se hace cargo de que todo en ella es problemático, y se siente perdido. Como esto es la pura verdad —a saber, que vivir es sentirse perdido—, el que lo acepta ya ha empezado a encontrarse, ya ha comenzado a descubrir su auténtica realidad, ya está en lo firme. Instintivamente, lo mismo que el náufrago, buscará algo a que agarrarse, y esa mirada trágica, perentoria, absolutamente veraz, porque se trata de salvarse, le hará ordenar el caos de su vida. [5]

En términos psicológicos podemos entender este texto como el abandono del control yoico para dar paso a otros contenidos que son aquellos que nos permitan contemplar la vida como hasta este momento no la habíamos contemplado, y no sólo a la vida sino a nosotros mismos. Sobre la asunción del riesgo de adentrarse en ese mundo desconocido que es nuestro mundo interior, y las repercusiones que esto puede tener en el mundo exterior, veamos el siguiente diálogo en una escena de la película:

Nietzsche: Si le atrae el misterio le atrae el peligro.
Breuer: Pero si yo odio el peligro. Vivo una vida sin riesgos.
Nietzsche: Vivir sin arriesgarse es lo peligroso.
Breuer: ¿Vivir sin arriesgarse es lo peligroso? Puede que en el fondo Berta signifique mi deseo de escapar de mi aburrida vida sin riesgos, de la trampa del tiempo.
Nietzsche: El tiempo es nuestra carga Joseph. El mayor reto es vivir a pesar de ello.

La crisis de la mediana edad intenta dirigirnos hacia la muerte con la consciencia de haber vivido.

La historia recurre a una argucia (Breuer es hipnotizado por Freud) en la que el doctor revive una nueva vida que le permite darse cuenta de algo que está implícito en estas circunstancias vitales. La trampa , como bien dice Nietzsche, ejerciendo de psicoanalista, es estar "más enamorado del deseo que de lo deseado". O dicho de otra manera, estamos más enamorados por alcanzar la totalidad que de amar al otro como tal y acompañarnos en nuestros vacíos o carencias. Si no hay introspección las historias de insatisfacción se repiten, la compulsión a la repetición emparenta con el eterno retorno de Nietzsche. Dicho de una manera o de otra, el precio de ese enamoramiento del deseo, el anhelo, o como también se le llama: el ansia, es la insatisfacción. Breuer llega a la conclusión, a su conclusión, que lo importante es, a diferencia de ese anhelo, el amor. Muchas veces he dicho que el anhelo impide amar. El mantenimiento del anhelo implica la insatisfacción vital e impide el centramiento en el presente. Solamente salir de su encantamiento (la película recurre a obras de carácter romántico como, en un sueño, a la escena final del "Lago de los cisnes" de Tchaikosky, y más tarde, en una representación a la que asisten Breuer, Matilda y Freud, de la habanera de "L'amour est un oiseau rebelle" - El amor es un pájaro rebelde - de la Opera "Carmen" de Bizet) permite dar paso al amor y a la elección personal, ambos aspectos determinantes en la búsqueda de sentido (Jung) o de propósito y significado (E. Ericson). Breuer vuelve a Matilda y a su familia, también a su profesión, ahora como elección personal:

Breuer: Casate conmigo Matilde, por favor...
Matilda: Creo que eso ya lo hicimos hace quince años...
Breuer: ELIJO hacerlo otra vez... Hoy, y cada día del resto de nuestra vida.

Obviamente, las crisis de mediana edad ni se resuelven tan rápido ni siempre tan felizmente para todos. Muchas veces implican cambios y nuevas elecciones, nuevos replanteamientos que también conllevan renuncias y pérdidas. Hay una gran película de Elia kazan, llamada "El compromiso" (1969), que nos muestra lo complejidades que pueden llegar a determinar este tipo de crisis. En este blog hemos tenido también ocasión de comentar, desde esta perspectiva de crisis de mediana edad, la película de Woody Allen "Otra mujer" (1988) - ver al final la entrada a este post -. Si bien en esta, el desencadenante de la crisis se produce por el derrumbamiento de una vida "aparentemente perfecta".

"Estamos más enamorados del deseo que de lo deseado".

II. NIETZSCHE: EL DOLOR DE LA SOLEDAD COMO FALTA DE INTIMIDAD.

El caso de Nietzsche surge como espejo del de Breuer. Efectivamente, de la misma manera que Breuer se enamoró de Berta, Nietzsche lo hizo de Lou Andreas Salomé. Sin embargo, su caso es distinto al de Breuer. Desde muy pronto el genio de Nietzsche (no sólo como filósofo, sino también como psicólogo) se consideró un destino, y así nos dice:

Quien sabe respirar el aire de mis escritos sabe que es un aire de alturas, un aire fuerte. Es preciso estar hecho para este aire [...] El hielo esta cerca, la soledad es inmensa - ¡más que tranquilas yacen las cosas en la luz!, ¡con que libertad se respira! -. La filosofía, tal como yo la he entendido y vivido hasta ahora, es vida voluntaria en el hielo y las altas montañas - búsqueda de todo lo problemático y extraño que hay en el existir, de todo lo proscrito hasta ahora por la moral. Una prolongada experiencia, proporcionada por ese caminar en lo prohibido [...] ¿Cuanta verdad soporta, cuánta verdad osa un espíritu? [6]

Este texto ya nos pone de relieve un aspecto que este destino le deparó al filósofo: la soledad, la inmensa soledad. Una soledad que creyó encontrar un remanso en Lou Andreas Salomé, una joven rusa de la que se enamoró profundamente. El inicio de la película cuenta precisamente con la interpretación al piano de "El himno a la vida", cuyo texto "es la asombrosa inspiración de una joven rusa, con quien entonces mantenía amistad, la señorita Lou von Salomé" [7], y al que Nietzsche puso la música. Dice el Himno:

                                               ¡Sin duda un amigo ama a su amigo

                                               como yo te amo a ti, vida llena de enigmas!
                                               Lo mismo si me has hecho gritar de gozo que llorar,
                                               lo mismo si me has dado sufrimiento que placer,

                                               yo te amo con tu felicidad y tu aflicción:
                                               y si es necesario que me aniquiles,
                                               me arrancaré de tus brazos con dolor,
                                               como se arranca el amigo del pecho de su amigo.

                                               Con todas mis fuerzas te abrazo:
                                               ¡deja que tu llama encienda mi espíritu
                                               y que, en el ardor de la lucha,
                                               encuentre yo la solución al enigma de tu ser!

                                               ¡Pensar y vivir durante milenios,
                                               arroja plenamente tu contenido!
                                               Si ya no te queda ninguna felicidad que darme,
                                               ¡bien! ¡Aún tienes — tu sufrimiento! 

El Himno a la vida

Dice Nietzsche al respecto: "Quien sepa extraer un sentido a las últimas palabras del poema adivinará la razón por el que yo lo preferí y admiré. Esas palabras poseen grandeza. El dolor no es considerado una objeción contra la vida" [8]. Efectivamente, esa fue la contribución de Nietzsche a la vida, junto a su obra el sufrimiento de su soledad y su dolor.

El espejo que Breuer deviene para él mismo le permite conectar con el dolor de su soledad, de esa inmensa soledad que caracterizó la vida de Nietzsche. Y ante la experiencia de Breuer éste finalmente le cuenta su experiencia, que hasta entonces había evitado: "En cierto modo le he traicionado Joseph. He sido deshonesto con usted, totalmente. Yo también estuve loco por una mujer, hace unos meses. Se llamaba Lou [...] Me pareció ver en ella mi cerebro gemelo, mi alma gemela". De nuevo nos tropezamos con la totalidad, o la completud. Y continua: "Me hizo creer que yo era el hombre al que estaba destinada, y la creí, Y cuando le entregué mi amor, me rechazó en favor de un amigo mío, mi mejor amigo". Como ente Breuer reconoce "no pasa ni un sólo día, ni una sola hora, en que piense en esa mujer". Y de ahí, poco a poco, Nietzsche se abrirá a su dolor: "Ahora siento una gran pérdida. Creo que he perdido a Lou..." El precio de su destino, de ese destino elegido por el filósofo le enfrenta a la soledad como ausencia de amor, una ausencia que creia poder sortear con Lou, su alma gemela: "Es que no quiero morir sólo. No quiero que mi cuerpo sea descubierto por el edor. Lou suavizó ese temor durante un tiempo". Finalmente Nietzsche llora, y con su lloro revela el dolor de su soledad que a su vez se desvanece con su manifestación. Breuer le responde algo que muchos psicoterapeutas conocemos por el ejercicio de nuestras profesión: "Que paradoja, el aislamiento existe únicamente si te aislas, Cuando lo compartes se esfuma".

El día que Netzsche lloró.

No obstante, y ante la amistad que le ofrece Breuer y que le emociona, incluso invitándole a cenar con su él y su familia, el filósofo tiene clara su respuesta: "Sería como abandonar mi misión Joseph, debemos seguir nuestros caminos", y acaba con una cita de su libro "La gaya ciencia":

Éramos amigos, y nos hemos vuelto extraños el uno para el otro. Pero está bien así y no queremos ocultárnoslo y oscurecérnoslo, como si tuviésemos que avergonzarnos de ello. Somos dos barcos, cada uno con su meta y su rumbo; puede que nos crucemos y que celebremos una fiesta juntos, como lo hicimos cuando los probos barcos quedaron fondeados en un mismo puerto y a un mismo sol, tan tranquilos que parecía como si ya hubiesen llegado a su destino y hubiesen tenido un mismo destino. Pero más tarde la todopoderosa fuerza de nuestra tarea nos empujó a separarnos, hacia diferentes mares y latitudes, y quizá no volvamos a vernos nunca [8]

Nietzsche, despidiéndose con un fuerte abrazo de Joseph Breuer, parte para Italia donde escribirá su obra más conocida "Así habló Zaratustra"...
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[1] Jhonson, Robert. El equilibrio entre el cielo y la tierra. Paidós junguiana, pág. 205
[2] Carotenuto, Aldo. Eros y Pathos. Matices del sufrimiento en el amor. Cuatro Vientos, pág. 34
[3] Ídem anterior, pág. 40
[4] Jung, C. G. Recuerdos, sueños y pensamientos. Seix Barral Biblioteca breve, pág. 360
[5] Ortega y Gasset, José. La rebelión de las masas. Ed. La Guillotina (México), págs. 230-231
[6] Nietzsche, Friedrich. Ecce homo. Editorial Alianza. Biblioteca breve, págs. 18 y 19
[7] Ídem anterior, pág. 104
[8] Nietzsche, Friedrich. La gaya ciencia. Nueva Biblioteca Edaf). EDAF. Edición de Kindle.

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PELÍCULAS RELACIONADAS.

- Pulsar título para acceder a la entrada correspondiente.

FREUD, PASIÓN SECRETA: Los inicios del psicoanálisis.
John Houston, 1962










OTRA MUJER: Los sueños y la crisis de mediana edad.
Woody Allen (1988)

lunes, 20 de agosto de 2012

LAS HORAS (PARTE I): UNA REFLEXIÓN SOBRE LA DEPRESIÓN Y LA CRISIS EXISTENCIAL


Con La película Las horas (2002) nos encontramos con cine en estado puro: una dirección de Stephen Daldry (Billy Elliot, The reader) en estado de gracia; un guion excelente de David Hare; la actuación de tres artistas mayúsculas: Nicole Kidman (Virginia Woolf), Julianne Moore (Laura Brown) y Meryl Streep (Clarissa Vaughan) apoyadas por secundarios de lujo como Ed Harris (Richard Brown) o Stephen Dillane (Leonard Woolf); y finalmente una banda sonora espléndida que capta la esencia del tema de la película compuesta por Philip Glass.

Las horas toma como punto de referencia la obra de Virginia Woolf “La señora Daloway”. Este libro es el nexo de unión de tres historias que ocurren en tres momentos distintos en el tiempo: la historia de Virginia Woolf con su enfermedad psíquica, el trastorno bipolar; la historia de Laura Brown, una ama de casa que vive desolada y sin sentido de la Norteamérica de después de la segunda guerra mundial, y posiblemente aquejada de un trastorno severo de depresión mayor; y finalmente de Clarissa Vaughan, una mujer situada en nuestros tiempos y que vive refugiada en la enfermedad de Richard Brown – su amor platónico de juventud -, un poeta y escritor víctima del SIDA a quien se esfuerza por cuidar.

La película constituye una profunda reflexión sobre la depresión, la crisis existencial y el sentido de la propia vida, el amor, la muerte y la libertad. Empezaremos por las historias de cada uno de sus personajes.

1. LOS PERSONAJES.

1.1. VIRGINIA WOOLF Y LEONARD WOOLF.

Se nos presenta a la escritora inglesa confinada en Richmond, un pueblo de los exteriores de Londres a causa de su enfermedad viviendo con su abnegado y amante esposo Leonard quien cuida de ella. La película empieza precisamente con su suicidio y con una parte del texto de la carta que dejo a Leonard, un texto ahora universalmente conocido que dice:

Virginia Woolf
Siento que voy a enloquecer de nuevo. Creo que no podemos pasar otra vez por una de esas épocas terribles. Y no puedo recuperarme esta vez. Comienzo a oír voces, y no puedo concentrarme. Así que hago lo que me parece lo mejor que puedo hacer. Tú me has dado la máxima felicidad posible. Has sido en todos los sentidos todo lo que cualquiera podría ser. Creo que dos personas no pueden ser más felices hasta que vino esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que debo toda la felicidad de mi vida a ti. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo —todo el mundo lo sabe. Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo.

La enfermedad que aquejaba a Virginia era lo que actualmente se diagnostica como Trastorno bipolar, el antiguamente llamado ciclo maníaco-depresivo. Ella también representa el elemento reflexivo que se esconde detrás de todas las vivencias de los protagonistas de la película y que implica una difícil reflexión sobre los actos humanos cuando están implícitos la vida, la muerte, el amor y la libertad. Virginia se siente una muerta en vida que, involuntariamente, arrastra a Leonard en su infierno. Un momento crítico y precioso de la película es cuando Virginia quiere tomar el tren para marcharse de Richmond y volver a Londres. Justo entonces llega su esposo a la estación… El diálogo que se establece no tiene pérdida pues nos muestra ambos sufrimientos unidos por el amor y el miedo a la muerte: el del cuidado y el del cuidador. La necesidad de libertad de Virginia, y la de Leonard para que ella mantenga su equilibrio y su salud. Veamos algunos momentos de este diálogo:

Leonard: ¡Tú tienes una obligación con tu cordura!
Virginia: ¡Soy atendida por médicos! ¡A todas horas soy atendida por médicos que me informan de mis propios intereses!
Leonard: ¡Porque ellos los conocen!
Virginia: ¡¡Eso no es cierto!! ¡No conocen ni un ápice de lo que me interesa…!
Leonard: Virginia… Yo puedo entender que… que […] que es difícil para una mujer de tu talento aceptar que no es la más adecuada para juzgar su estado […] ¡Tienes un historial! ¡Un historial de confinamiento por tus continuos ataques, desmayos, las voces que oyes…! Te trajimos aquí para salvarte del irrevocable daño que pretendías hacerte… ¡Has intentado suicidarte dos veces! Vivo a diario con esa amenaza… Monté la imprenta… Montamos la imprenta no sólo per el hecho en sí, no estrictamente por eso, si no para que tuvieras a mano una fuente de ocupación y rehabilitación…
Virginia: ¿Cómo el punto de cruz? – responde irónicamente –
Leonard: ¡¡Todo se hizo por ti, se hizo para que mejoraras!! ¡¡Se hizo por amor!! Si no te conociera diría que esto es ingratitud…
Virginia: ¿Soy una ingrata? ¡Me estás llamando ingrata… A mi me han robado mi vida. Vivo en un pueblo que no deseo y vivo una vida que no deseo llevar […] Si pensara con claridad Leonard podría decirte que estoy luchando sola y envuelta en la oscuridad y que sólo yo conozco, solo yo comprendo mi propio estado… Y tu vives, dices que vives con la amenaza de mi extinción. Leonard, yo también vivo con ella. Ejerzo mi derecho, el derecho de todo ser humano, elijo no el asfixiante anestésico de los suburbios sino la violenta sacudida de la capital, esa es mi elección. A la paciente más humilde, a la más modesta le permiten dar su opinión en el modo de seguir su tratamiento. Así define su humanidad. Desearía por ti ser feliz en esta tranquilidad… pero si debe elegir entre Richmond y la muerte elijo la muerte.
Leonard: Muy bien… pues Londres. Volveremos a Londres.

Virginia no puede evitar contemplar el sufrimiento con el que Leonard dice esta última frase... La dureza de la situación se refleja en estas últimas imágenes en silencio de Virginia y Leonard, cuando se hace patente que se haga lo que se haga implica el sufrimiento del otro.


Nicole Kidman como Virginia Woolf

El silencio de Virginia revela su comprensión final: la dificultad de la libertad reside en situaciones como ésta, cuando libertad y amor no se encuentran por el sufrimiento que media entre ellos. Cuando la libertad es el sufrimiento del amor, o el amor es el sufrimiento de la libertad. Al final, la solución que halla Virginia es el suicidio, ya no como elección sobre la anestésica Richmond, sino como liberación de su propia muerte en vida y también de la de Leonard. La decisión de Virginia alrededor de esta situación es, desde su punto de vista, de una claridad impecable. Dice en otro momento a Leonard al hablar de la necesidad de que alguien debe morir en su obra La señora Daloway: Alguien tiene que morir para que los demás valoremos la vida. Establece un contraste.

Stephen Dillane como Leonard Woolf

Efectivamente, como iremos viendo con cada uno de los personajes la vida se reafirma ante la muerte: Leonard ante la de Virginia, Laura ante la amenaza de cáncer de una amiga suya y Clarissa ante la muerta de Richard Brown.



1.2. LAURA BROWN.

Laura es una ama de casa que ha perdido el sentido de su vida. Presa de una crisis existencial profunda, posiblemente aquejada de un trastorno depresivo mayor, siente su vida absolutamente vacía a pesar de tener un buen marido, un hijo y de estar esperando a otro. Presa de su mundo árido y perdido Laura tiene dificultades para expresar afecto, algo que su hijo, que luego la película nos revela como el poeta enfermo de sida Richard Brown – el protegido de Clarissa -, sigue constantemente a su madre, como si intuyera que esta pudiera desaparecer en cualquier momento. Laura es otra  muerta en vida confinada en su familia como lo era Virginia en Richmond. La película nos narra su abandonado intento de suicidio y como luego, tras la muerte de su hijo Richard, se revela que finalmente abandonó a su familia. El diálogo que establece con Clarissa es otra secuencia sin pérdida:

Tenía mis dos hijos. Les abandoné… Es lo peor que puede hacer una madre […] Hay momentos en que estás perdida y crees que lo mejor es suicidarte… Una vez fui a un hotel. Esa misma noche tracé un plan. Planeé dejar mi familia cuando naciera mi segundo hijo. Y eso hice. Me levanté una mañana, hice el desayuno, fui a la parada del autobús y subí a él. Había dejado una nota. Conseguí un empleo en una biblioteca en Canadá. Quizá sería maravilloso decir que te arrepientes, sería fácil. ¿Pero tendría sentido? ¿Acaso puedes arrepentirte cuando no hay alternativa? No pude soportarlo y ya está. Nadie va a perdonarme. Era la muerte, yo elegí la vida.


Julianne Moore como Laura Brown


3. CLARISSA VAUGHAN Y RICHARD BROWN.

La historia de Clarissa transcurre en 1991 y ella representa en la película la auténtica señora Daloway…  De hecho su día empieza como el de la protagonista del libro de Virginia Woolf, teniendo que organizar una fiesta para celebrar la entrega de un premio de poesía para Richard… Clarissa, como la señora Daloway, vive un mundo banal, un mundo en el que parece que vive más para Richard que para ella misma y en el que parece esforzarse para que tenga sentido y sea feliz para todos… excepto para ella misma.

Meryl Streep como Clarisa Vaughan

En un primer encuentro con Richard – quién la llama señora Dalloway – éste le dice algo muy significativo acerca de la fiesta que organiza para él: ¡Ah señora Dalloway… siempre organizando fiestas para disimular el vacío! Y un poco más adelante la conversación toma el siguiente giro:

Richard: ¿Te enfadarías si…?
Clarissa: ¿Si me enfadaría si no aparecieras en la fiesta?
Richard: ¿Te enfadarías si me muriera?
Clarissa: ¿Si murieras?
Richard: ¿Para quién es esa fiesta?
Clarissa: ¿Cómo para quién es… qué quieres hacer, qué estas insinuando?
Richard: No insinuo nada… Lo digo… Creo que sólo sigo vivo para satisfacerte.
Clarissa: Bueno… Eso es lo que hacemos todos. Lo hace todo el mundo… seguir vivos por los demás.
[…]
Richard: ¿Cuántos años hace que vienes ayudarme? ¿¡Qué pasa con tu vida!? ¿Qué pasa con Sally – la hija de Clarissa -? ¿Qué harás cuando me muera? Tendrás que pensar en ti misma. ¿Cómo reaccionarás?


Ed Harris como Richard Brown

Efectivamente Richard pone de relieve la realidad de Clarissa. Ella le necesita para dar sentido a una vida que transcurre vacía y sin sentido… Es algo que posteriormente se manifiesta definitivamente en un diálogo con su hija:


Clarissa: ... Voy a montar una fiesta... ¡Lo único que quiero es montarle esta fiesta! [...] Esta mañana me ha  vuelto a hacerlo... Me ha mirada de esa manera [...] Como diciéndome tu vida es trivial. Tú no eres tan trivial. Sólo haces cosas cotidianas, horarios y fiestas... y minucias. Eso me dice, me lo dice con esa mirada.
Sally: Eso sólo importa si crees que es verdad... (silencio de Clarissa) ¿¡Qué!? ¿Lo crees? Dímelo.
Clarissa: Cuando estoy con él... si, me siento viva. Y cuando no estoy con él... si, todo me parece un poco absurdo.

Clarissa se nos presenta como una personalidad confluente que vive a través del otro, que a través del otro participa de algo que no encuentra en ella misma, de un algo que no es más que el vacío experimentado como falta de sentido... El vacío estéril del que habla la gestalt, el vacío del que no logra emerger la propia fertilidad. En un momento de ese diálogo con su hija Clarissa dice: Aun recuerdo aquella mañana... Me desperté al amanecer, se abría ante mí un mundo de posibilidades... ¿Conoces esa sensación? Y recuerdo que me quedé pensando: Así que esto es el comienzo de la felicidad, donde empieza, y siempre habrá más. Nunca se me ocurrió que no era el comienzo, que era la felicidad. Un punto importante de reflexión, puesto que la felicidad son momentos y mucho con ella depende de cómo vivimos o aprovechamos estos momentos. Su hija antes la había respondido al respecto que eso es porque fuiste joven. Ese es un gran tema, el gran tema al que el ser humano se enfrenta con el paso del tiempo... La juventud nos ofrece un potencial de posibilidades, luego el paso del tiempo nos ofrece aquello que hemos hecho con ese potencial y las respuestas que hallamos no son siempre fáciles y satisfactorias. Frente a ese mundo de posibilidades se enfrenta el mundo de las decisiones, decisiones que poco a poco irán configurando un camino... hasta un momento en que el propio camino nos interroga acerca de su sentido y de cómo este da testimonio de nuestra propia vida. Este suele ser un momento complejo.

Como la señora Daloway de Virginia Woolf, la vida de Clarissa pasa entre las minucias y formalidades de una sociedad perdida en la imagen y los estereotipos, en los roles sociales, conceptos, todos ellos, en los que tanto énfasis ponemos en la gestalt como fuente de enfermedad psíquica e insatisfacción, finalmente el vacío de ser.

Ahora podemos ver como la serie de las tres historias de Virginia, Laura y Clarissa nos permiten reflexionar sobre las fronteras de la depresión y de su relación con las crisis existenciales.

2. LAS HORAS, LA DEPRESIÓN Y LA CRISIS EXISTENCIAL.

Hay como una reflexión implícita entre las tres mujeres y la depresión que puede establecerse como la frontera que hay entre la crisis existencial y la depresión (de Clarissa a Laura), y la depresión y las depresiones estructurales (de Laura a Virginia).

2.1. CLARISSA Y LA NEUROSIS: La pre-depresión o la crisis existencial.

Clarissa nos muestra el tipo de persona que puede desarrollar una depresión a menos que antes no tome consciencia de qué le ocurre a su vida, o lo que es lo mismo, el atreverse a preguntarse qué vida es la que se está llevando. El atreverse a preguntar si realmente estoy realizando, en la medida de lo posible, la vida que deseo o no hago más que llevar una vida en el fondo impuesta por las presiones sociales: se nos enseña muy bien a hacer los que “debemos” hacer. Como decía Lacan acerca de los regímenes políticos, sean del bando que sean todos marcan deberes, ninguno dice: ¡deseen! Clarissa vive para los otros y a través de los otros, no a través de sí misma. Recordemos: Eso es lo que hacemos todos. Lo hace todo el mundo… seguir vivos por los demás. Richard la descubre cuando le dice aquello de “organizando fiestas para así disimular el vacío”. Se observa en ella, hasta el momento en que se desmonta, la negación como mecanismo de defensa de evitación del dolor. A partir del diálogo con Richard, luego con Paul (el ex de Richard) y su hija, y finalmente tras escuchar a Laura, la madre de Richard, parece que Clarissa se da cuenta de la mentira en la que vive y a través de la que su propia vida se pierde. Es significativa esa escena en la que tras escuchar la historia de Laura y retirarse a su habitación besa apasionadamente a su compañera Anne como la primera manifestación en todo el film de su deseo...

Clarissa representa el estado de pre-depresión al que suelen en muchas ocasiones llevar nuestras neurosis que no son más que cárceles del ser, cárceles del ser que tienen el origen de su construcción ya en nuestra infancia (como con la depresión y el abandono posterior de Laura con el que probablemente se empezó a configurar la cárcel de Richard). Clarissa representa así la entrada en ese estado pre-depresivo que no es más que el desmoronamiento de las defensas neuróticas manifestándose como crisis existenciales, el malestar por la falta de contenido de la propia vida, ese estado que ya Jung definió como las crisis de la madurez o de la mitad de la vida, esas crisis que llevan a algunos a preguntarse qué estoy haciendo con la propia vida, con el tiempo que se nos ha dado. Generalmente son una encrucijada entre los cambios o la depresión, es decir, si uno  no se atreve a realizar algunos cambios respecto a su vida y a la actitud que mantiene hacia ella el riesgo es la enfermedad psíquica, la caída en la depresión. Al final de la película, y como cierre, Virginia dice unas palabras dirigidas a Leonard  que parecen hacer una exacta referencia al problema de actitud que aquí comentamos ahora y que también parece incluir una mayor comprensión de la vida humana en sí misma:

Querido Leonard mirar la vida a la cara... Siempre hay que mirarla a la cara y conocerla por lo que es. Así podrás conocerla, quererla por lo que es. Y luego guardarla dentro. Leonard guardaré los años que compartimos, guardaré esos años siempre, y el amor siempre, y las  horas...


Siempre que releo estas palabras me emocionan porque siento que mirar la vida a la cara es el mayor acto de vulnerabilidad que puede hacer un ser humano. Mirar la cara de la vida y de su increíble misterio desde la consciencia de ese ser que somos  para conocerla y quererla por lo que es, no por lo que nos gustaría que fuese o por las fantasías que nos hacemos acerca de lo que es, ambas siempre al servicio de nuestro narcisismo. Mirar la vida por lo que es, conocerla y quererla por lo que es, es tomar consciencia de su fragilidad, de su finitud en lo particular y su infinitud en lo genealógico, de su fuerza como fenómeno y de la fragilidad y provisionalidad de sus creaturas. Mirar la vida a la cara creo que es como mirar a Dios, una experiencia numinosa que nos coloca por delante nuestra pequeñez y nuestra vulnerabilidad ante la grandiosidad del misterio y la majestad de la existencia y la creación. Mirar  la vida a la cara es mirar lo que hay en ella de insondable como quererla es querer lo que hay en ella de inaprensible e incomprensible y guardar aquello que ella nos ha permitido vivir y que tan bellamente expresa Virginia: guardaré los años que compartimos, guardaré esos años siempre, y el amor siempre, y las  horas...

Antes esas palabras de Virginia, su mirar a la cara a la vida recuerdo dos momentos importantes. Uno la spalabras de Jung en su libro autobiográfico escrito con Aniella Jaffé:

Cuando se dice que soy sabio o un “erudito” yo no puedo aceptarlo. Una vez alguien llenó un sombrero con agua de un torrente. ¿Qué significa esto? Yo no soy este torrente, pero yo no hago nada. ¿Qué significa esto? Los demás hombres están junto a este torrente, pero piensan las más de las veces que ellos mismos lo hicieron. Yo no hago nada. No pienso nunca que soy quien ha de velar para que las cerezas tengan rabo. Estoy ahí maravillándome de lo que la naturaleza es capaz.

Existe una antigua hermosa leyenda de un rabí ante el que acudió un discípulo y le preguntó: “Antiguamente hubo hombres que vieron a Dios; ¿por qué hoy no los hay?” El rabí respondió: “Porque hoy nadie puede humillarse tanto”. Hay que humillarse algo para sacar agua del torrente.[1]

Jung esculpiendo piedra en Bollingen

Esa visión puede complementarse con los versos de Walt Whitman:

Me siento a contemplar todos los dolores del mundo, y toda la
       Opresión y vergüenza,
oigo los sollozos compulsivos, secretos, de los jóvenes en
       Conflicto con ellos mismos, arrepentidos de sus actos,

veo en el arroyo a la madre ultrajada por sus hijos, que muere
       Abandonada, extenuada, desesperada,
veo la mujer ultrajada por su marido, veo al infame seductor
       de las jóvenes,

observo el encono de los celos y del amor desdeñado que intenta
      ocultarse, veo estos espectáculos sobre la tierra,
veo los efectos de las batallas, de la peste, de la tiranía, veo
      a los mártires y a los prisioneros,

observo el hombre del mar y a los marineros echando suertes
      para ver cual morirá para salvar la vida de los otros,
observo las humillaciones y degradaciones impuestas por los
     orgullosos a los obreros, a los pobres, a los negros;

todas estas cosas, todas las vilezas y agonías sin fin me siento
     a contemplar,
a ver, a oír, y permanezco mudo.

¡Oh mi yo! ¡Oh vida!, de sus preguntas que vuelven,
del desfile interminable de los desleales, de las ciudades llenas
      de necios,
de mí mismo, que me reprocho siempre (pues, ¿quién es más
      necio que yo, ni más desleal?)
de los ojos que en vano ansían la luz, de los objetos despreciables,
      de la lucha siempre renovada,
de los malos resultados de todo, de las multitudes afanosas y
        sórdidas que me rodean,
e los años vacíos e inútiles de los demás,
la pregunta, ¡Oh mi yo!, la pregunta triste que vuelve – qué
       de bueno hay en medio de todas estas cosas, oh, mi yo, oh
       vida?

Que estás aquí – que existen la vida y la identidad,
Que prosigue el poderoso drama, y que puedo contribuir con un
       verso.[2]

Walt Whitman escribiendo sus poemas

Y que se conjugan en las siguientes palabras de Jung:

El mundo en el que nacemos es rudo y cruel y al mismo tiempo de belleza divina. Es cuestión de temperamento creer qué es lo que predomina: el absurdo o el sentido. Si el absurdo predomina se desvanecería en gran medida el sentido de la vida en rápida evolución. Pero tal no es – o me parece ser – el caso. Probablemente, como en todas las cuestiones metafísicas, ambas cosas son ciertas: la vida es sentido y absurdo o tiene sentido y carece de él. Tengo la angustiosa esperanza de que el sentido prevalecerá y ganará la batalla.[3]

Veamos por lo tanto que para el ser humano vida y sentido se dan la mano... ese parece ser ese elemento insondable que oculta el rostro de la vida: ¿tiene sentido? Jung y Whitman parecen darnos una pista sobre ello: la respuesta está en nosotros, en cada uno de nosotros. La respuesta parece vincularse a qué sentido la daremos nosotros a nuestra propia vida. Clarissa representa la pérdida de sentido, del propio sentido, precisamente porque ha perdido la capacidad de mirar a la vida de frente... por eso corre el riesgo de enfermar, por eso se halla en ese estado pre-depresivo que caracteriza las crisis existenciales, una interrogación sobre que sentido le está dando ella a su propia vida.


Es importante, no obstante, destacar que tanto Virginia como Robert se suicidan y en ambos está la visión de que con su muerte se produce una liberación (el poeta debe morir, el visionario dice Virginia)... Dice Virginia en su carta de despedida a Leonard: No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí tú podrás trabajar. Lo harás, lo sé. Y le dice Richard a Clarissa: Creo que sólo sigo vivo para satisfacerte. Ambas decisiones se enmarcan dentro de esa frase de Virginia a Leonard hablando del desenlace del libro de La señora Daloway: Alguien tiene que morir para que los demás valoremos la vida. Establece un contraste.

Más allá de esta consideración en la segunda parte que le dedicaremos a esta película abordaremos la relación que en ella se plantea entre libertad, amor, vida y muerte.

2.2. LAURA Y LA DEPRESIÓN.

Laura es la persona que al no poder tomar decisiones (más allá del momento histórico y de la dificultad de la mujer en aquellos días de los años 50 correspondientes a la posguerra) cae plenamente en una depresión severa (un trastorno depresivo mayor)  que se observa en distintos aspectos de su comportamiento y que, desde un punto de vista gestáltico, se caracteriza por un estado general de desenergetización... una desenergetización vital en toda la regla que se manifiesta como tristeza, sentimientos de vacío y sinsentido, irritabilidad, desesperanza, sentimientos de culpabilidad, melancolía y aridez afectiva... y que en muchas ocasiones viene acompañado de su consecuencia más grave como son los pensamientos de suicidio y los intentos (un 66% de los casos piensa en ello y un 15% lo intenta). Recordemos que en un momento de la película Laura se prepara en un motel para suicidarse. Más allá de los tratamientos bioquímicos con antidepresivos y ansiolíticos que, en su justa medida, ayuda a su tratamiento, una depresión, como opinan muchos psicoterapeutas de distintas orientaciones no deja de ser una oportunidad. ¿Una oportunidad de qué? Adecuadamente tratada y bien seguida y aceptada, una depresión es una oportunidad para el cambio. De hecho en el fondo de  una depresión de estas características está la necesidad de cambio. Ver la depresión como una consecuencia de una vida sin sentido o, peor aun, basada en falsos sentidos, nos da la oportunidad de contemplarla como una reacción psíquica consecuencia de llevar una vida, o de aparentar una imagen - La señora Daloway -que no tiene tanto que ver con nosotros. Cabe ver en la depresión una forma reactiva de la psique por la que un individuo se ve lanzado a cuestionarse su vida, puesto que la vida que hasta ahora ha llevado es la que le ha abocado a la depresión. El analista junguiano Thomas Moore nos da una adecuada visión de las depresiones existenciales, no estructurales, cuando dice:

Debido a su doloroso vacío, suele ser tentador buscar una forma de salir de la depresión. Pero penetrar en el estado de ánimo y los pensamientos que la caracteriza puede ser profundamente satisfactorio. A veces se describe la depresión como un estado en el que no hay ideas… nada a lo cual aferrarse. Pero tal vez tengamos que ampliar nuestra visión y advertir que el sentimiento de vacío, la pérdida de los puntos de referencia familiares y de las estructuras vitales y la desaparición del entusiasmo son elementos que, aunque parezcan negativos, pueden ser apropiados, y que es posible usarlos para aportar una nueva imaginación a la vida. [4]

Ortega y Gasset [5] transmite con más intensidad la vulnerabilidad implícita en ese “mirar de frente a la vida”. En el estremecedor relato de Laura a Clarisa, de quien es su  justo opuesto, se observa el náufrago que halló finalmente el lugar donde agarrarse y que la llevó a ordenar su vida aunque ello implicara decisiones dolorosas, muy dolorosas: ¿Acaso puedes arrepentirte cuando no hay alternativa? No pude soportarlo y ya está. Nadie va a perdonarme. Era la muerte, yo elegí la vida.

Hay un momento especialmente delicado y tierno cuando Laura asiste al entierro de Richard y tras su diálogo con Clarissa, ya en la habitación que se ha dispuesto para ella, que es la habitación de Sally, recibe la visita de ésta y tras unas breves palabras donde Laura se disculpa por quitarle momentáneamente su lugar, Sally se dirige a ella y la abraza ante su evidente sorpresa...

El abrazo de Sally a Laura

Cuando tanto impera el juicio banal, simple, barato e ignorante el abrazo de Sally deviene una bocanada de aire fresco, oxígeno para una atmósfera densa, una mirada más profunda y sensible que contempla la historia de una vida no desde la simpleza superficial de los hechos, sino de los significados y motivaciones que se ocultan tras estos... Cuando hoy asistimos a políticos que gestionan cuestiones humanas como burócratas encartronados en sus miopías morales, cuando no con un cierto ribete sádico inquisitorial como es el caso de nuestro ministro de justicia Alberto Ruiz Gallardón, el abrazo de Sally, la más joven, nos llega como una profunda enseñanza, un abrazo que de manera intuitiva parece comprender la dificultad, el dolor y el sufrimiento que se hallan tras ciertas decisiones que marcan una vida, un abrazo mucho más espiritual que toda esta serie de hipocresías religioso-político-sociales que tanto vociferan en nuestra sociedad atreviéndose a cuestionar la libertad individual única que hay implícitas en ciertas decisiones sobre la propia vida.

2.21. LA DEPRESIÓN: ENTRE LA NORMATIZACIÓN Y LA NORMALIZACIÓN.

El tratamiento de una depresión no estructural nos abre a una de las dicotomías que ya en su día Fritz Perls puso de relieve en general dentro de todos los marcos que envuelven al ser humano. ¿De qué se trata este asunto? El tratamiento de la depresión nos lo plantea: ¿se trata de curar cuanto antes al enfermo en el sentido de normatizarlo, de devolverlo a la sociedad de la misma manera por la que entró en la depresión, o se trata de normalizarlo, de que el individuo desarrolle una cura basada en un cambio de actitud que le ponga más de acorde con su propia vida? No hace falta reflexionar mucho para comprender que nuestro estilo de sociedad desea seres normatizados que no se planteen grandes cosas sobre la propia vida, sobre sus deseos y la actitud con la que quieren afrontarla... Nuestro estilo de sociedad nos ánima a no mirar de frente a la vida, a no querer conocerla ni quererla, porque quién lo hace ya no puede sostener la falsedad y la  hipocresía sobre la que se sustenta nuestro estilo de sociedad. Quizá por ello no nos debe extrañar que nuestra sociedad es la sociedad angustiada y depresiva por excelencia (ahí están las estadísticas para mostrarlo). Como dice Thomas Moore:

En una sociedad que se defiende contra el sentimiento trágico de la vida, se presenta la depresión como un enemigo, como una enfermedad irredimible; y sin embargo, en una sociedad como ésta, consagrada a la luz, la depresión adquiere, en compensación, una fuerza excepcional. [6]


No es de extrañar que en los últimos tiempos hayan surgido algunos libros como el de Erik G. Wilson titulado Contra la felicidad. En defensa de la melancolía y en el que se nos ofrecen reflexiones interesantes alrededor de la depresión y la melancolía:

Al ser víctimas de la tristeza, inevitable como el respirar, debemos aceptar un hecho que el mundo odia: estamos incompletos y siempre lo estaremos, no somos sino fragmentos de un todo inasible. Nuestra naturaleza inacabada – nunca somos realidades puras, sino vagas posibilidades – vive en lucha constante, en un combate con lo que es permanentemente desconocido. Pero esa extensión en el abismo es también nuestra salvación. No ser sino un fragmento es esforzarse siempre por algo que está más allá de uno mismo, por algo trascendente, por una posibilidad inexplorada, por una avenida desconocida. Ese esforzarse es siempre un acto de libertad, optar por un camino en lugar de otro. Aunque es una labor ardua, requiere prestar atención constante a nuestros interiores misteriosos y cambiantes, y también es extática, un sondeo casi infinito de los enigmas del Ser. [7]

O el excelente libro sobre Melancolía del filósofo Laszlo Földeny, del que nos ocuparemos en la parte II dedicada a esta película, y que refuerzan las palabras de Thomas Moore cuando dice:

podemos ver la melancolía más bien como una manera válida de ser que como un problema que es necesario arrancar de raíz. La madurez destaca los aromas y sabores de una personalidad. El individuo emerge con el tiempo, tal como crece y madura la fruta. En la visión del Renacimiento, la depresión, la maduración y la individualidad van juntas: la tristeza de envejecer forma parte del proceso de convertirse en individuo. Los pensamientos melancólicos van tallando un espacio interior donde la sabiduría puede instalar su residencia. [8]


Pero eso sólo es posible si el tratamiento y el seguimiento de la depresión es el adecuado, teniendo en cuenta el dolor y el sufrimiento que el proceso comporta. Y lo adecuado, una buena combinación del tratamiento bioquímico y del psicológico, es el tratamiento dirigido a "normalizar" y  no a "re-normatizar" al paciente. La comprensión más profunda de este proceso lo abordaremos más definitivamente en la próxima entrada en la que relacionaremos la depresión y la melancolía con la libertad, el amor, la vida y la muerte.


3. VIRGINIA Y LA DEPRESIÓN PSICÓTICA.

El caso de Virginia Woolf, posiblemente aquejada de un trastorno bipolar I, nos enfrenta con una temática de otro orden al encontrarnos con eso que denominamos depresión estructural, es decir, esa frontera existente entre lo neurótico y lo psicótico. Tanto Virginia como Richard manifiestan en distintos momentos de la película que oyen voces, un síntoma presente en las psicosís y en ocasiones en los episodios maníacos del trastorno bipolar. El caso de Virginia y Leonard, como en cierta  medida el de Clarissa y Richard (no sólo aquejado de depresión sino de SIDA) nos enfrenta al problema de la relación del enfermo con la enfermedad psíquica crónica que le aqueja y a la relación del enfermo psíquico crónico con sus seres queridos y con la sociedad que le rodea. Y más cuando el tipo de relación que la enfermedad psíquica a la que aquí nos referimos tiene que ver con aquello que tradicionalmente ha sido identificado con el fenómeno de la locura.

Quizá el fenómeno que nos tiene que hacer reflexionar al respecto, cosa que choca una vez más con nuestra sociedad occidental, tiene que ver en como integrar a esa persona y no en como marginarla, aunque a veces sea una marginación disimulada en ropajes de seda. El alegato de Virginia “Ejerzo mi derecho, el derecho de todo ser humano, elijo no el asfixiante anestésico de los suburbios sino la violenta sacudida de la capital, esa es mi elección. A la paciente más humilde, a la más modesta le permiten dar su opinión en el modo de seguir su tratamiento. Así define su humanidad” es un alegato complejo en tanto en cuanto implica a los seres que les acompañan... Es esa mirada de Victoria a Leonard cuando éste accede a volver a Londres a la vez que también muestra su desesperación. Ese momento claro en el que se hace presente que la decisión de uno implica el sufrimiento del otro. Hoy por hoy no tengo clara cual es la respuesta a esta complejidad... aunque sospecho que algo de la solución pasa por complementar los distintos tratamientos con el desarrollo del elemento creativo, formas de expresión artística del complejo mundo simbólico del psicótico, algo que, en su monento, Jung vio con precisa claridad y que tiene su máxima expresión en su conocido Libro rojo.

El libro rojo de Jung: imagen de Filemón

Si bien no tuvieron nunca el seguimiento adecuado, artistas de los que, por ejemplo como en Virginia, se sospecha la bipolaridad, hallaron sus mejores momentos cuando canalizaron su energía en la expresión artística: Van Gogh o Jackson Pollock son dos ejemplos.

Jackson Pollock en plena creación

Los poemas del último Hölderlin irían también por ese camino. Así también William Blake, Von Kleist, Camille Claudel, Robert Schumann, Mark Rothko, Antoni Artaud, etc. Hay algo en la visión de la locura que se empareja con la visión del genio, el problema es la contención y los límites, por ello el control y el tratamiento es imprescindible para que lo creativo no derive en sí mismo en destructivo. Hablaremos más de ello en el siguiente artículo que dedicaremos a esta película. Este aspecto de lo creativo como soporte terapéutico tiene también sentido para la depresión no estructural.



[1] Jung, C. G. Recuerdos, sueños y pensamientos. Editorial Seix Barral,  pág. 359
[2] Whitman, Walt. Hojas de hierba
[3] Ver nota 1, pág.
[4] Moore, Thomas. El cuidado del alma. Todo el capítulo 6. Ediciones Urano
[5] El texto completo de Ortega y Gasset en la Rebelión de las masas dice:  La persona de cabeza clara es la que se libera de esas “ideas” fantasmagóricas y mira de frente a la vida, y se hace cargo de que todo en ellas es problemático, y se siente perdida. Como esto es la pura verdad – a saber, que vivir es sentirse perdido -, el que lo acepta ya ha empezado a encontrarse, ya ha comenzado a descubrir su auténtica realidad, ya está en lo firme. Instintivamente. Lo mismo que un náufrago, buscará algo a que agarrarse, y esa mirada trágica, perentoria, absolutamente veraz, porque se trata de salvarse, le hará ordenar el caos de su vida. Estas son las únicas ideas verdaderas: las ideas de lo náufragos. Lo demás es retórica, postura, íntima farsa. El que no se siente de verdad perdido se pierde de forma inexorable; es decir, no se encuentra jamás, no topa nunca con la propia realidad.
[6] ïdem nota anterior
[7] Wilson, Erik G. Contra la felicidad. En defensa de la melancolía. Editorial Taurus, pág. 177
[8] Ver nota 4.

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ALGUNAS PELÍCULAS DE INTERÉS: CREATIVIDAD Y DEPRESIÓN.



EL LOCO DEL PELO ROJO (1956)

Director: Vincente Minnelli
Actores: Kirk Douglas, Anthony Quinn, James Donald

Película basada sobre la vida y obra de Van Gogh. Kirk Dougles - practicamente un doble de Van Gogh . interpreta convincentemente el mundo inestable por el que transitó la vida y la obra de este genio de la pintura.







POLLOCK (2000).

Director: Ed harris
Actores: Ed Harris, Marcia Gay Harden, Val Kilmer

Película basada en la vida y obra de Jackson Pollock que cuenta con dos grandes interpretaciones de Ed Harris (Pollock) y de la que fue su pareja Lee Krasner, interpretada por Marcia Gay Harden.





LA PASIÓN DE CAMILLE CLAUDEL (1988).

Director: Bruno Nuytten
Actores: Isabelle Adjani, Gérard Depardieu

Pelicula basada en la tormentosa relación de Camille Claudel y Rodin, así como en su obra y posterior enfermedad de Camille.






SHINE, EL RESPLANDOR DE UN GENIO (1996).

Director: Scott Hicks
Actores: Geoffrey Rush, Armin Mueller-Stahl, Lynn Redgrave

Película basada en la vida, enfermedad y recuperación - dentro de los márgenes de su enfermedad - del pianista David Helfgott (Geoffrey Rush). Muy impactantes las imágenes acerca de la relación en su infancia con su padre (extraordinario Armin Mueller-Sthal)





LLÁMAME PETER (2004).

Director: Stephen Hopkins
Actores: Geoffrey Rush, Charlize Theron, Emily Watson


Película basada en la vida del actor Peter Sellers (Geoffrey Rush) que pone énfais en su difícil relación con su madre y la mujer en general.