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domingo, 22 de marzo de 2026

SUEÑOS DE TRENES (TRAIN DREAMS, CLINT BENTLEY, 2025): Melancolía y "el entre dos muertes".


Últimamente he estado teniendo sueños,
sueños locos que no puedo explicar:
una mujer parada en un campo de flores,
una locomotora chillona.
Sueños locos que sigo durante horas,
y no puedo empezar a describirte cómo se siente

(Sueños de trenes. Nick Cave & Bryce Dessner)

Hay películas que no terminan cuando aparecen los créditos. Su eco continúa tras el impacto de sus imágenes y de su historia, y algo nos dice que hemos quedado capturados en una región de la memoria donde ya no sabemos bien si lo recordado pertenece a la película o a algo nuestro que la película ha rozado. Sueños de trenes (Clint Bentley, 2025) es una de ellas. Su historia deja una huella en el espectador. Su belleza no es decorativa, sino expresiva; no embellece el dolor, sino que lo acompaña con una delicadeza extraña, como si supiera que hay pérdidas que sólo pueden aprehenderse poéticamente.

 

Desde sus primeras imágenes, la película de Clint Bentley sitúa su relato en una frontera. La llegada del ferrocarril a las tierras salvajes de Idaho, a comienzos del siglo XX, no sólo anuncia la expansión del progreso sobre la naturaleza, sino también el choque entre dos mundos. El tren aparece como emblema de civilización, sí, pero también como fuerza que la atraviesa a riesgo de arrasarla. A veces se dice que construir un puente consiste en unir dos orillas. Pero no toda unión es encuentro. También hay uniones que son invasión y conquista, la desaparición de un mundo bajo el peso de otro.

 

La voz en off lo dice con palabras de leyenda:

 

“Una vez hubo pasajes hacia el viejo mundo, sendas extrañas, rutas veladas. Con sólo doblar una esquina te topabas cara a cara con el gran misterio, el fundamento de todas las cosas, y aunque ese viejo mundo ya no exista, aunque haya sido enrollado cual pergamino y encerrado en algún lugar, aún puede sentirse su eco.”

 

Ese eco recorre toda la película y persiste luego en nosotros. Recorre, sobre todo, la vida de Robert Grainier, interpretado por Joel Edgerton con una sobriedad admirable. Porque Robert pertenece también a una frontera que no es sólo geográfica ni histórica, sino otra más íntima y silenciosa: la frontera de quienes parecen vivir siempre un poco al borde, sin llegar a habitar del todo su propia vida.





I. ROBERT GRAINIER: MELANCOLÍA Y EL "ENTRE DOS MUERTES".

Esa frontera extraña en la que se solapan mundos —la naturaleza salvaje invadida por la civilización— se convierte, más allá de las transformaciones sociales que implica, en una metáfora de ciertas vidas que quedan atrapadas en un umbral. Vidas que, como intersección de mundos, no acaban de pertenecer a ninguno de ellos; vidas suspendidas entre un pasado desolado, un presente sin rumbo y una ausencia de futuro. Su historia no es sólo la de un duelo congelado por la muerte de su esposa y de su hija, sino también la de un nacimiento que, como ser arrojado a la existencia, crece sin referentes que lo sostengan ni lo contengan: un limbo existencial entre el nacer y el no nacer. Desde el comienzo percibimos en él algo anterior a la tragedia que vendrá después. Antes incluso de la pérdida de su esposa y de su hija, Robert ya parece habitado por una forma de intemperie y desolación.

No sabe exactamente cuándo nació. No sabe cómo perdió a sus padres ni nadie se lo contó. La violencia forma parte de sus primeros recuerdos, como si el mundo se le hubiera presentado desde muy pronto no como morada, sino como desamparo. La película lo muestra como un ser apenas inscrito, como alguien que vive sin verdadero amparo simbólico, sin relato de origen, sin una pertenencia nítida. Hay vidas que parecen llegar al mundo con retraso; vidas que, antes de empezar, ya llevan dentro una ausencia, y quizá también un sentimiento de culpa por existir.

                                                                                                                                                                                      

Quizá por eso Robert encarna tan bien una cierta figura de la melancolía. No la tristeza sin más, ni siquiera el duelo en sentido estricto, sino algo más radical: una dificultad de estar plenamente vivo, una especie de suspensión del ser. Aquí es donde la lectura lacaniana del “entre dos muertes” se vuelve sugerente. No porque Robert sea una figura equivalente a la Antígona de Lacan, sino porque también él parece habitar, a su manera, una zona intermedia, una frontera en la que la vida no termina de ligarse del todo al deseo, a los otros y al mundo. Como si algo en él hubiera quedado desde siempre un poco fuera del tiempo. De ahí también la forma singular de belleza trágica que sugiere el personaje. Pero la suya es una belleza que podemos situar en la dignidad de la sobrevivencia melancólica, caracterizada por un “entre dos muertes” en el que el ser mora ligado a un espacio de espectros que ni viven ni mueren.

 

Durante años vive “sin norte ni propósito”. Nada despierta su interés. La existencia pasa ante él como pasan los trenes: con estruendo, con polvo, con dirección, pero sin que él suba realmente a ninguno. Sin embargo, lejos del heroísmo ético de Antígona, la melancolía de Robert hallará un respiro provisional en el encuentro amoroso.


II. EL ACCESO A LA VIDA A TRAVÉS DEL AMOR.

.(Voz en off): ... nada despertaba su interés, hasta que un día conoció a Gladys Holding [...] Se le despertó un interés por ir a misa que jamás había sentido. Y a los tres meses ya eran inseparables.

Robert será sacado de ese “sin norte ni propósito” y de ese “nada despertaba su interés” a través del acceso al amor que recibirá, y que también dará, a Gladys Holding (Felicity Jones) y luego a su hija Kate. El amor hecho mirada, escucha y palabra, hecho caricia y deseo, hecho proyecto común, reencarnará a Robert en el mundo de los vivos. Después de tanto tiempo en el “entre dos muertes”, el amor le descubre el sentido y le da acceso a la vida.

Eso es lo conmovedor de esta parte de la película: nos muestra hasta qué punto una existencia puede despertarse gracias a algo tan humilde como la intimidad compartida. Una mirada, una voz, el gesto de regresar a casa, la conciencia de que hay un lugar donde uno es esperado. A veces el sentido de una vida no llega como revelación, sino como calidez, como presencia, como la súbita evidencia de que alguien pronuncia nuestro nombre y, al hacerlo, nos trae al mundo.


La vida de Robert transcurre entre los períodos en los que puede estar felizmente con su familia y aquellos otros que le obligan a alejarse para trabajar y ganar dinero. El trabajo como leñador, o en el ferrocarril, es duro, y junto a algunos personajes con los que entabla cierta amistad también se suceden la muerte violenta y los accidentes. La impotencia con la que presencia el asesinato de un compañero asiático le genera un sentimiento de culpa que le pesa, aunque nada podía hacer.

 

¿Tú crees que las malas acciones nos persiguen toda la vida?” - le dice a su amigo Arn Peeples (William H. Macy) -


Y ese pesar le hace temeroso de aquello con lo que la culpa suele venir acompañada: el castigo.


Voz en off: A Grainier le preocupaba que algo terrible anduviera tras él, que la muerte le pillara allí, lejos del único lugar en el que quería estar.


Y quizá toda melancolía conoce esa pesadumbre silenciosa: la sensación de que lo terrible no llega del azar, sino de alguna culpa o deuda secreta, una culpa de límites poco precisos que se encarna en unas cosas y en otras, aunque quizá en Robert esté en el simple hecho de haber nacido.


Poco podía imaginar que aquello terrible que creía que le perseguía iba a arrebatarle no la vida, sino justo el lugar en el que quería estar; iba a arrebatarle aquello que más quería, aquello que le había devuelto a la vida y dado un sentido.


III. SE TIRARÁ DE UN HILO QUE ACABARÁ DESCOLGÁNDONOS...

Hay en Sueños de trenes la sensación de que el hombre puede dominar la naturaleza: se talan bosques centenarios, las vías penetran en su interior sin miramientos. “Habéis demostrado quién manda”, dice un capataz. Y, sin embargo, esa épica del dominio contrasta con la visión trágica del niño que juega a ser dios. El viejo Arn Peeples lo expresa con delicada sensibilidad:

 

Talamos árboles que llevan aquí 500 años. Nuestra alma sufre, lo reconozca o no […] En este mundo todo está entretejido, muchachos. Cuando tiramos de un hilo no sabemos si acabará por deshacer algo. En la Tierra somos niños que tiran tornillos de la noria jugando a ser dioses.


La imagen que nos ofrece es bella porque desvela la arrogancia humana como torpeza. No somos dueños del tapiz, apenas unas manos torpes que tiran de hilos sin saber sus consecuencias. Antes bien, de nosotros tirará un día ese hilo que acabará descolgándonos de la vida.



La muerte de Arn, absurda y repentina, tiene algo de recordatorio: basta una rama para derribar una vida. Basta un segundo para que la naturaleza, que parecía obedecer, nos devuelva a nuestra condición de criaturas expuestas, vulnerables. Tras ir perdiendo poco a poco sus facultades mentales, acompañado por Robert hasta sus últimos instantes, Arn susurra algo hermoso, algo que lo reúne con el todo y, a la vez, con la nada: “Precioso, ¿eh? Es precioso. Todo ello. Cada pedacito.” Son palabras que resplandecen precisamente porque aparecen en el umbral de la desaparición.

 

Para Robert será la primera muerte de alguien cercano, aunque también hubiera podido decirse que nunca lo había perdido porque jamás lo tuvo hasta que apareció Gladys. Sin embargo, esa rama caída, mensajera de la parca que se llevará a Arn, adquiere para él un tono aún más siniestro en función de la culpa persecutoria que lo abate. Poco puede imaginar Robert que ese temor no se cebará sobre él, sino sobre algo mucho más doloroso para su alma: un incendio que arrasará su casa junto al río Moyie, llevándose con sus llamas a Gladys y Kate.


IV. EL RETORNO AL ENTRE DOS MUERTES.

Tras la muerte de Gladys y de su hija, Robert no entra simplemente en duelo. Entra en otra temporalidad. O quizá sale del tiempo y retorna al “entre dos muertes”. Su vida continúa exteriormente —trabaja, camina, envejece—, pero algo esencial ha quedado detenido. No acepta del todo la muerte porque tampoco puede dejar de esperarlas. Sigue buscándolas. Sigue aguardando su regreso. Sigue viviendo en una fidelidad a lo perdido.

 




Eso es lo propiamente melancólico: no sólo sufrir por la ausencia, sino morar en ella. Organizar la vida alrededor de una falta que no se simboliza del todo, que no termina de volverse pasado. Lo muerto no muere, sino que retorna en visiones, en sueños, en apariciones. La esperanza ya no es porvenir: es hechizo. Es la forma que adopta el dolor cuando no puede despedirse.

Robert, desolado, retorna a ese espacio espectral del “entre dos muertes”, donde vivir es sobrevivir al dolor de relacionarse con la ausencia de ellas, sustrayéndose del mundo. No hay verdadero duelo, no hay una elaboración plena de la falta, sino un tiempo en suspenso. La realidad de su muerte no se asume salvo por breves instantes, porque en su interior siempre guarda la posibilidad de su vuelta. Es una vida que sobrevive a la melancolía, y no sólo por su dimensión de pérdida, sino también por la de la culpa, su compañera inseparable, esa melancolía con la que ya nació.

Yo no estaba… Yo no estaba cuando debía estar, supongo cuando más me necesitaban” - le dirá más tarde a Claire Thompson (Kerry Condon), una de las pocas personas con las que compartirá su vivencia -.

 

También la disociación le ayuda a sobrevivir:


Sabes —le dice también a Claire—, a veces es… es como que la tristeza se me vaya a comer vivo, pero otras veces es como si le hubiera pasado a otro…


Es precisamente esta condición la que, en cierta manera, lo acerca a la Antígona lacaniana, no en el registro de un acto heroico y ético, sino en el de un sujeto que se queda atrapado en el “hueco” entre una muerte física ya acontecida y una muerte simbólica que no termina de cerrarse, con el resultado de una vida en duelo y sin porvenir.


Aquí la película alcanza una extraña belleza. Porque no trata a Robert como un caso, ni como un héroe, ni como un loco. Lo mira con una compasión honda, porque entiende que algunos seres no regresan del todo del lugar donde los ha dejado la pérdida. Entiende que hay vidas que no se rompen de golpe, sino que quedan suspendidas, flotando en una especie de niebla donde el mundo sigue ahí, aunque ya no puede tocarse plenamente.


Y, sin embargo, Robert no desaparecerá del todo. Lo sostendrán Rojiza, una perra y su camada, la compañía de Ignatius Jack (Nathaniel Arcand), el tendero indio del pueblo, y más tarde la de Claire Thompson. Vínculos que le mantienen en cierto contacto con la vida y con los vivos. Pequeños hilos que lo sostienen para que no caiga por completo fuera de la vida.

 


Los años ya le pesan y deja el trabajo de leñador, esperando que la vida le traiga una revelación que no llega. Pero en ese lugar que es el “entre dos muertes”, donde ni se muere ni se vive, no hay más lugar que para una revelación: la revelación de los muertos que, como espectros, retornan una y otra vez. Y así la revelación le viene de la mano de una joven vagabunda que encuentra un día cerca de su casa, inconsciente y con una pierna rota, y a la que por su edad considera que quizá sea Katie. La cuida y la atiende, y, sentado junto a ella, se duerme. Sin embargo, al despertar, la joven ya no está y observa la ventana abierta por la que parece haber huido. La historia, de nuevo, se repite…

Voz en off: “Pasó días y noches perdiéndose entre bosques y campos de la zona, buscando un rastro de ella, pero no encontró nada. Pasó el resto de sus días esperando para estar presente si un día regresaba.



La epopeya de Robert transcurre entre una muerte que no se ha podido secundar y una vida que no se ha sabido cómo seguir. Su historia es la de un hombre que se queda en el limbo entre la vida que avanza y una muerte que nunca termina de pasar, donde el duelo se vuelve melancolía y, en el “entre dos muertes”, el tiempo se vuelve circular y la existencia se reduce a una serie de recuerdos que el cuerpo arrastra como si fueran restos de un otro ya desaparecido. Y, sin embargo…

V. EL MUNDO NECESITA TANTO A UN ERMITAÑO COMO A UN PREDICADOR.

                                                                                El espacio que me conecta donde estoy ahora
                                                                                con el lugar donde algún día estaré.
                                                                                Y las cosas extrañas y maravillosas que he visto
                                                                                Se mide en verdad, se mide en amor
                                                                                Medido en una tendencia a pintar,
                                                                                medido por una chica en un campo de flores,
                                                                                un sueño a gritos en un tren de medianoche.
                                                                                Esto lleva años sucediendo... años y años y años...
                                                                                No puedo empezar ni a describirte cómo me siento.

                                                                                  (Sueños de trenes. Nick Cave & Bryce Dessner)

En su día el viejo Arn le habló a Robert de que en este mundo todo estaba entretejido. Más tarde Claire le dice algo parecido:


En el bosque cada nimiedad es importante. Todo está entrelazado. No sabes dónde termina una cosa y empieza otra, si lo piensas bien. Los pequeños insectos que ni ves son tan vitales como el río. Un árbol muerto es tan importante como uno vivo, Creo que deberíamos aprender algo de eso.


Robert le pregunta entonces: "¿Y qué pasa cuando uno ya no tiene nada que dar?" A lo que Claire le responde: "El mundo necesita tanto a un ermitaño como a un predicador". A lo que añade: Los dos lo somos a nuestra manera... esperando a ver para que seguimos aquí"


Y ya hacia el final de su vida, en un viaje a Spokane, observando en un televisor una cápsula espacial orbitando alrededor de la Tierra, reflejando en un espejo el paso del tiempo en su rostro, montando en un aeroplano para ver la tierra como los pájaros, Robert empieza a comprender su vida. Allí arriba, en el aeroplano, donde esa elevación funciona como un cambio de orientación y de perspectiva., le retornan las imágenes de su vida: el vago recuerdo de un abrazo que rodeaba al niño que fue, su felicidad con Gladys y con Kate, su nombre pronunciado por ella, el compañero asiático al que asesinaron en el ferrocarril, la intimidad que pudo tener con Claire, el apoyo y la amistad que recibió de Ignatius Jack en los momentos más difíciles, los grandes bosques con sus árboles, el sueño de la vuelta de Kate, la dulce mirada del viejo Arn pronunciando al final aquellas palabras: “Precioso, ¿eh? Es precioso”.


Ese momento final conmueve tanto porque no ofrece redención fácil. No repara nada. No devuelve a los muertos ni cancela la melancolía. Pero permite otra relación con ella. Como si Robert, después de haber habitado durante años ese espacio del “entre dos muertes”, pudiera al fin salir de él, no para recuperar lo perdido, sino para consentir a haber vivido. Y sólo entonces, por fin, morir.


Voz en off: Cuando Robert Grainier murió mientras dormía en noviembre de 1968, su vida se apagó en silencio, tal y como había empezado. Jamás compró un arma de fuego ni habló por teléfono. No llegó a saber quiénes habían sido sus padres y no dejó heredero alguno. Pero ese día de primavera, habiendo perdido la noción del arriba y del abajo, al fin sintió la conexión con todo.


Cuando la voz en off nos dice que murió en silencio, como había empezado, la frase no suena ya sólo triste, suena también serena. Porque algo se ha reunido al final. Algo se ha ligado; el hilo casi suelto se ha vuelto a entretejer. La película no nos ofrece una biografía ejemplar, ni una identidad cerrada, sino una conexión última con todo aquello que, disperso y doliente, había compuesto su existencia.

 

Tal vez por eso Sueños de trenes deja esa impresión tan extraña al terminar: la de haber asistido no sólo a una historia de pérdida, sino a una meditación profundamente humana sobre la vida cuando ha sido herida y, aun así, persiste. Sobre la melancolía, sí, pero también sobre esa mínima y frágil reconciliación que a veces sólo llega al final, cuando ya no se trata de salvar la vida, sino de poder reconocerla.




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