Hay películas que no terminan cuando aparecen los créditos. Su eco continúa tras el impacto de sus imágenes y de su historia, y algo nos dice que hemos quedado capturados en una región de la memoria donde ya no sabemos bien si lo recordado pertenece a la película o a algo nuestro que la película ha rozado. Sueños de trenes (Clint Bentley, 2025) es una de ellas. Su historia deja una huella en el espectador. Su belleza no es decorativa, sino expresiva; no embellece el dolor, sino que lo acompaña con una delicadeza extraña, como si supiera que hay pérdidas que sólo pueden aprehenderse poéticamente.
Desde sus primeras imágenes, la película de Clint Bentley sitúa su relato en una frontera. La llegada del ferrocarril a las tierras salvajes de Idaho, a comienzos del siglo XX, no sólo anuncia la expansión del progreso sobre la naturaleza, sino también el choque entre dos mundos. El tren aparece como emblema de civilización, sí, pero también como fuerza que la atraviesa a riesgo de arrasarla. A veces se dice que construir un puente consiste en unir dos orillas. Pero no toda unión es encuentro. También hay uniones que son invasión y conquista, la desaparición de un mundo bajo el peso de otro.
La voz en off lo dice con palabras de leyenda:
“Una vez hubo pasajes hacia el viejo mundo, sendas extrañas, rutas veladas. Con sólo doblar una esquina te topabas cara a cara con el gran misterio, el fundamento de todas las cosas, y aunque ese viejo mundo ya no exista, aunque haya sido enrollado cual pergamino y encerrado en algún lugar, aún puede sentirse su eco.”
Ese eco recorre toda la película y persiste luego en nosotros. Recorre, sobre todo, la vida de Robert Grainier, interpretado por Joel Edgerton con una sobriedad admirable. Porque Robert pertenece también a una frontera que no es sólo geográfica ni histórica, sino otra más íntima y silenciosa: la frontera de quienes parecen vivir siempre un poco al borde, sin llegar a habitar del todo su propia vida.
Quizá por eso Robert encarna tan bien una cierta figura de la melancolía. No la tristeza sin más, ni siquiera el duelo en sentido estricto, sino algo más radical: una dificultad de estar plenamente vivo, una especie de suspensión del ser. Aquí es donde la lectura lacaniana del “entre dos muertes” se vuelve sugerente. No porque Robert sea una figura equivalente a la Antígona de Lacan, sino porque también él parece habitar, a su manera, una zona intermedia, una frontera en la que la vida no termina de ligarse del todo al deseo, a los otros y al mundo. Como si algo en él hubiera quedado desde siempre un poco fuera del tiempo. De ahí también la forma singular de belleza trágica que sugiere el personaje. Pero la suya es una belleza que podemos situar en la dignidad de la sobrevivencia melancólica, caracterizada por un “entre dos muertes” en el que el ser mora ligado a un espacio de espectros que ni viven ni mueren.
Durante años vive “sin norte ni propósito”. Nada despierta su interés. La existencia pasa ante él como pasan los trenes: con estruendo, con polvo, con dirección, pero sin que él suba realmente a ninguno. Sin embargo, lejos del heroísmo ético de Antígona, la melancolía de Robert hallará un respiro provisional en el encuentro amoroso.
La vida de Robert transcurre entre los períodos en los que puede estar felizmente con su familia y aquellos otros que le obligan a alejarse para trabajar y ganar dinero. El trabajo como leñador, o en el ferrocarril, es duro, y junto a algunos personajes con los que entabla cierta amistad también se suceden la muerte violenta y los accidentes. La impotencia con la que presencia el asesinato de un compañero asiático le genera un sentimiento de culpa que le pesa, aunque nada podía hacer.
¿Tú crees que las malas acciones nos persiguen toda la vida?” - le dice a su amigo Arn Peeples (William H. Macy) -
Y ese pesar le hace temeroso de aquello con lo que la culpa suele venir acompañada: el castigo.
Voz en off: A Grainier le preocupaba que algo terrible anduviera tras él, que la muerte le pillara allí, lejos del único lugar en el que quería estar.
Y quizá toda melancolía conoce esa pesadumbre silenciosa: la sensación de que lo terrible no llega del azar, sino de alguna culpa o deuda secreta, una culpa de límites poco precisos que se encarna en unas cosas y en otras, aunque quizá en Robert esté en el simple hecho de haber nacido.
Poco podía imaginar que aquello terrible que creía que le perseguía iba a arrebatarle no la vida, sino justo el lugar en el que quería estar; iba a arrebatarle aquello que más quería, aquello que le había devuelto a la vida y dado un sentido.
Talamos árboles que llevan aquí 500 años. Nuestra alma sufre, lo reconozca o no […] En este mundo todo está entretejido, muchachos. Cuando tiramos de un hilo no sabemos si acabará por deshacer algo. En la Tierra somos niños que tiran tornillos de la noria jugando a ser dioses.
La imagen que nos ofrece es bella porque desvela la arrogancia humana como torpeza. No somos dueños del tapiz, apenas unas manos torpes que tiran de hilos sin saber sus consecuencias. Antes bien, de nosotros tirará un día ese hilo que acabará descolgándonos de la vida.
La muerte de Arn, absurda y repentina, tiene algo de recordatorio: basta una rama para derribar una vida. Basta un segundo para que la naturaleza, que parecía obedecer, nos devuelva a nuestra condición de criaturas expuestas, vulnerables. Tras ir perdiendo poco a poco sus facultades mentales, acompañado por Robert hasta sus últimos instantes, Arn susurra algo hermoso, algo que lo reúne con el todo y, a la vez, con la nada: “Precioso, ¿eh? Es precioso. Todo ello. Cada pedacito.” Son palabras que resplandecen precisamente porque aparecen en el umbral de la desaparición.
Para Robert será la primera muerte de alguien cercano, aunque también hubiera podido decirse que nunca lo había perdido porque jamás lo tuvo hasta que apareció Gladys. Sin embargo, esa rama caída, mensajera de la parca que se llevará a Arn, adquiere para él un tono aún más siniestro en función de la culpa persecutoria que lo abate. Poco puede imaginar Robert que ese temor no se cebará sobre él, sino sobre algo mucho más doloroso para su alma: un incendio que arrasará su casa junto al río Moyie, llevándose con sus llamas a Gladys y Kate.
También la disociación le ayuda a sobrevivir:
Sabes —le dice también a Claire—, a veces es… es como que la tristeza se me vaya a comer vivo, pero otras veces es como si le hubiera pasado a otro…
Es precisamente esta condición la que, en cierta manera, lo acerca a la Antígona lacaniana, no en el registro de un acto heroico y ético, sino en el de un sujeto que se queda atrapado en el “hueco” entre una muerte física ya acontecida y una muerte simbólica que no termina de cerrarse, con el resultado de una vida en duelo y sin porvenir.
Aquí la película alcanza una extraña belleza. Porque no trata a Robert como un caso, ni como un héroe, ni como un loco. Lo mira con una compasión honda, porque entiende que algunos seres no regresan del todo del lugar donde los ha dejado la pérdida. Entiende que hay vidas que no se rompen de golpe, sino que quedan suspendidas, flotando en una especie de niebla donde el mundo sigue ahí, aunque ya no puede tocarse plenamente.
Y, sin embargo, Robert no desaparecerá del todo. Lo sostendrán Rojiza, una perra y su camada, la compañía de Ignatius Jack (Nathaniel Arcand), el tendero indio del pueblo, y más tarde la de Claire Thompson. Vínculos que le mantienen en cierto contacto con la vida y con los vivos. Pequeños hilos que lo sostienen para que no caiga por completo fuera de la vida.
En su día el viejo Arn le habló a Robert de que en este mundo todo estaba entretejido. Más tarde Claire le dice algo parecido:
En el bosque cada nimiedad es importante. Todo está entrelazado. No sabes dónde termina una cosa y empieza otra, si lo piensas bien. Los pequeños insectos que ni ves son tan vitales como el río. Un árbol muerto es tan importante como uno vivo, Creo que deberíamos aprender algo de eso.
Robert le pregunta entonces: "¿Y qué pasa cuando uno ya no tiene nada que dar?" A lo que Claire le responde: "El mundo necesita tanto a un ermitaño como a un predicador". A lo que añade: Los dos lo somos a nuestra manera... esperando a ver para que seguimos aquí"
Ese momento final conmueve tanto porque no ofrece redención fácil. No repara nada. No devuelve a los muertos ni cancela la melancolía. Pero permite otra relación con ella. Como si Robert, después de haber habitado durante años ese espacio del “entre dos muertes”, pudiera al fin salir de él, no para recuperar lo perdido, sino para consentir a haber vivido. Y sólo entonces, por fin, morir.
Voz en off: Cuando Robert Grainier murió mientras dormía en noviembre de 1968, su vida se apagó en silencio, tal y como había empezado. Jamás compró un arma de fuego ni habló por teléfono. No llegó a saber quiénes habían sido sus padres y no dejó heredero alguno. Pero ese día de primavera, habiendo perdido la noción del arriba y del abajo, al fin sintió la conexión con todo.
Cuando la voz en off nos dice que murió en silencio, como había empezado, la frase no suena ya sólo triste, suena también serena. Porque algo se ha reunido al final. Algo se ha ligado; el hilo casi suelto se ha vuelto a entretejer. La película no nos ofrece una biografía ejemplar, ni una identidad cerrada, sino una conexión última con todo aquello que, disperso y doliente, había compuesto su existencia.
Tal vez por eso Sueños de trenes deja esa impresión tan extraña al terminar: la de haber asistido no sólo a una historia de pérdida, sino a una meditación profundamente humana sobre la vida cuando ha sido herida y, aun así, persiste. Sobre la melancolía, sí, pero también sobre esa mínima y frágil reconciliación que a veces sólo llega al final, cuando ya no se trata de salvar la vida, sino de poder reconocerla.













